La sabiduría de los proverbios árabes sobre la literatura: «Un libro es como un jardín que se lleva en el bolsillo»
Los proverbios árabes llevan siglos condensando ideas complejas en frases breves, fáciles de recordar y transmitir de generación en generación. Quizás las hemos oído de un abuelo, un padre, un tío o hasta de viejos amigos. Nos centraremos en uno de los más citados en el ámbito de la literatura, que compara los libros con un elemento de la naturaleza que todos reconocen.
Antes de analizar qué quiere decir realmente esta comparación, conviene mirar hacia atrás y entender por qué la cultura árabe medieval llegó a tratar los libros casi como si fueran objetos sagrados.
¿Qué quiere decir realmente el proverbio árabe que compara un libro con un jardín?
Hay que releer el proverbio para analizarlo en detalle:
«Un libro es como un jardín que se lleva en el bolsillo».
Parece ser que la frase juega con dos ideas que parecen opuestas: la inmensidad de un jardín y lo pequeño que puede ser un libro cerrado. Un jardín real necesita tierra, agua y un lugar fijo; un libro, en cambio, cabe en una mano y viaja a cualquier parte sin perder nada de lo que contiene.
La comparación no habla solo de tamaño, sino de lo que ambos ofrecen a quien los visita. Un jardín cambia según la estación, según la luz del día, según cuántas veces se recorra el mismo camino entre sus plantas.
En este sentido, un libro funciona igual: una relectura nunca es idéntica a la anterior, porque quien lee ha cambiado entre una vez y otra.
Otros proverbios árabes insisten en esta idea desde ángulos distintos. Uno de ellos asegura que «libros, caminos y días dan al hombre sabiduría», situando la lectura al mismo nivel que viajar o simplemente vivir el paso del tiempo.
¿De dónde nace el amor por los libros que reflejan los proverbios árabes?
Este tipo de sabiduría no surgió de la nada. Durante el siglo IX, el califa Harún al-Rashid impulsó en Bagdad la Casa de la Sabiduría, una institución que su hijo Al-Mamún convirtió en la mayor biblioteca del mundo conocido.
Allí trabajaban traductores dedicados a pasar al árabe textos griegos, persas e indios sobre matemáticas, astronomía, medicina y filosofía.
Ese proyecto, conocido como el Movimiento de Traducción, se mantuvo activo durante casi dos siglos y convirtió a Bagdad en el mayor centro de conocimiento de su época.
No es casual que, en ese contexto, comparar un libro con algo tan valioso como un jardín resultara una imagen natural y no una simple exageración poética.
¿Cómo lograron los árabes que un libro cupiera en un bolsillo?
Durante mucho tiempo, los libros fueron objetos pesados y frágiles, escritos sobre pergamino o papiro, poco aptos para viajar en un bolsillo. Eso cambió gracias a una tecnología que los árabes adoptaron tras la batalla de Talas, en el año 751, contra las tropas chinas de la dinastía Tang.
Según la tradición histórica, prisioneros chinos capturados tras esa batalla conocían el secreto de la fabricación de papel y lo transmitieron a sus captores.
Pocas décadas después, en el año 795, Bagdad ya contaba con su propio taller de papel, y esta técnica se extendió por todo el mundo islámico, sustituyendo poco a poco al papiro.
El papel resultó más ligero, más barato y más fácil de producir en grandes cantidades que cualquier soporte anterior. Gracias a él, los libros dejaron de ser objetos exclusivos de palacios y monasterios y empezaron a circular entre comerciantes, estudiantes y viajeros, cada vez más parecidos a esos jardines de bolsillo que describe el proverbio.
Esa expansión del conocimiento tuvo también su capítulo español. En Córdoba, el califa Al-Hakam II reunió durante el siglo X una biblioteca con más de 400.000 volúmenes, atendida por unas 500 personas y con un catálogo que ocupaba 44 tomos.
¿Qué se perdió cuando ese amor por los libros casi desapareció para siempre?
Ese amor por los libros no estuvo a salvo de la destrucción. En 1258, las tropas mongolas de Hulagu Kan arrasaron Bagdad y quemaron la Casa de la Sabiduría hasta los cimientos.
Según los relatos de la época, el río Tigris corrió negro durante días por la tinta de los miles de manuscritos arrojados a sus aguas.
Solo se salvaron unos 400.000 manuscritos, rescatados a tiempo por el astrónomo Nasir al-Din al-Tusi y trasladados a la ciudad de Maragheh, muy lejos del alcance de las tropas invasoras.
El resto de aquella biblioteca inmensa desapareció para siempre bajo las aguas del mismo río que, siglos antes, había visto nacer la costumbre de tratar un libro como el jardín más valioso que alguien pudiera llevar consigo.