Psicología

La psicología sugiere que las personas que fingen ser amables pero en realidad son tóxicas prefieren usar el desprecio para herir a otros antes que discutir

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  • Fernando Larruscain
  • Estudiante de periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Redactor de SEO en OKDIARIO. Apasionado del deporte y de las MMA.

La psicología clínica y del comportamiento respalda firmemente la premisa de que las personas con perfiles de toxicidad encubierta, como los agresores pasivos o los narcisistas encubiertos, eligen el desprecio silencioso por encima de la discusión abierta. Esta preferencia no es casual y se debe a una estrategia calculada de supervivencia emocional. Para estas personas, sostener una discusión madura implica un riesgo inaceptable: quedar expuestas, tener que argumentar con lógica y perder el control de la narrativa.

El desprecio les permite atacar la autoestima del otro de manera quirúrgica, sin ensuciarse las manos y protegiendo a toda costa su fachada pública de amabilidad y corrección política. Este desprecio no suele manifestarse con insultos directos, sino a través de microagresiones sofisticadas y difíciles de denunciar ante terceros, pero que hacen mella en la persona que los recibe.

Narcisistas enmascarados

Este tipo de personas emplean el uso del sarcasmo mordaz disfrazado de humor, el tratamiento de silencio para castigar la disidencia, los suspiros de fastidio, el acto de rodar los ojos o la emisión de elogios envenenados que desestabilizan a quien los recibe.

Al recurrir a estos mecanismos o mañas, el manipulador se asegura una ventaja psicológica. Si la víctima se queja o reacciona de forma visible, el agresor puede victimizarse inmediatamente, acusándola de «ser demasiado sensible», «exagerada» o de «interpretar todo a mal», consolidando así una dinámica que recibe el nombre de gaslighting o «hacer luz de gas».

El impacto de esta táctica en la salud mental de la víctima es devastador debido a que se acumula en su cerebro, desgastándola. Mientras que un conflicto abierto ofrece la oportunidad de defensa, réplica o cierre, el desprecio encubierto obliga a la persona a un estado crónico de duda e hipervigilancia que le carcome. Con el tiempo, la víctima internaliza la desvalorización silenciosa, desgastando su autoestima de forma invisible para el entorno.

Al final, esta preferencia por el desprecio antes que por la palabra demuestra que el objetivo de la persona tóxica encubierto nunca es resolver un problema o llegar a un entendimiento, sino mantener una posición de superioridad moral y control psicológico absoluto sobre los demás.

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