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La psicología concluye que las personas que siempre se quejan no es que sean pesimistas, sino que tienen emociones internas mal gestionadas

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Blanca Espada

Hay personas que parecen tener siempre un motivo para quejarse. Da igual el contexto ya que da la sensación de que cualquier momento es bueno para decir la suya. Ya sea que hace calor, o que hace frío, que el trabajo no les convence, o que el tráfico está insoportable, cualquier pequeño contratiempo se convierte en una fuente de malestar y para este modo de actuar o de ser, la psicología tiene una respuesta clara.

A simple vista, muchos pensarían que se trata simplemente de personas pesimistas. Sin embargo, la psicología ofrece una explicación bastante más compleja, y también más interesante, sobre este comportamiento. Lo cierto es que detrás de la queja constante no siempre hay una forma negativa de ver la vida, sino una dificultad para gestionar lo que se siente.

La psicología concluye que las personas que siempre se quejan no es que sean pesimistas

Quejarse, en sí mismo, no es algo negativo. De hecho, todos lo hacemos en algún momento. Expresar incomodidad o frustración puede ser incluso saludable cuando ayuda a identificar un problema y buscar una solución, pero el problema aparece cuando esa queja deja de ser puntual y se convierte en una forma habitual de reaccionar ante todo.

Según explican los especialistas, en estos casos la queja suele ser una especie de «lenguaje emocional». Es decir, una manera indirecta de expresar que algo no está bien, aunque la persona no sea del todo consciente de lo que le ocurre o no sepa cómo afrontarlo de otra forma.

El filtro mental que lo cambia todo

Una de las claves está en cómo se interpreta la realidad y es que hay personas que, casi sin darse cuenta, desarrollan lo que en psicología se conoce como un sesgo hacia lo negativo. Esto significa que su atención se dirige de forma automática a los fallos, los problemas o lo que no funciona.

Por ejemplo, pueden tener un buen día, pero quedarse únicamente con ese pequeño detalle que salió mal. Y al final, esa es la parte que domina su percepción. Con el tiempo, este patrón se refuerza. Cuanto más se fijan en lo negativo, más motivos encuentran para quejarse. Y cuanto más se quejan, más consolidan esa forma de ver el mundo.

Cuando la frustración no encuentra salida

En otros casos, la queja tiene más que ver con la sensación de no poder cambiar las cosas ya que cuando alguien siente que no tiene control sobre su vida o sobre determinadas situaciones, expresar el malestar puede convertirse en una vía de escape. Es una forma de liberar tensión, aunque sea momentáneamente, pero el problema es que, si no hay una acción detrás, esa descarga emocional no resuelve nada. La persona sigue sintiéndose igual, pero con el paso del tiempo entra en una especie de bucle.

La queja también une 

Puede sonar extraño, pero quejarse también puede tener una función social. En determinados entornos, compartir lo que va mal sirve para conectar con los demás. Es una manera de generar empatía, de sentirse comprendido o incluso de reforzar vínculos.

El problema llega cuando esa dinámica se convierte en la base de la relación. Cuando todo gira en torno a lo negativo, las personas del entorno pueden empezar a sentirse saturadas. Y lo que al principio generaba cercanía, termina provocando distancia.

No todas las quejas son iguales

Aunque la queja se vea siempre como algo negativo, hay un tipo de queja que podríamos llamar «útil» y que es aquella que señala un problema y abre la puerta a cambiar algo. Por ejemplo, cuando alguien detecta que una situación le incomoda y busca soluciones. Pero también existe la queja repetitiva, la que no lleva a ninguna parte. Esa que se repite una y otra vez sin intención de cambiar nada. En este caso, más que ayudar, acaba alimentando el malestar.

¿Puede haber algo más detrás?

No es raro que, detrás de una queja constante, haya algo más que simple inconformismo. En algunos casos, puede estar relacionado con momentos de ansiedad o de bajón anímico. Cuando ocurre, la forma de ver las cosas cambia  y todo pesa más con lo negativo, que parece ocuparlo todo, pero no deja de ser el reflejo de cómo se siente la persona por dentro. Eso no significa que todas las personas que se quejan tengan un problema psicológico. Pero sí es una señal a tener en cuenta cuando el patrón es muy frecuente y afecta a la vida diaria.

Cómo salir de este patrón o cómo convivir con él

Si convives con alguien que se queja constantemente, lo más recomendable es no entrar en ese bucle. Escuchar está bien, pero sin reforzar la negatividad. Y una cosa que puedes hacer es algo tan sencillo como cambiar el enfoque puede marcar la diferencia. Por ejemplo, lanzar una pregunta directa: «¿qué podrías hacer para cambiar eso?». No siempre habrá respuesta, pero ayuda a salir del automatismo. Y si te has reconocido en este comportamiento, el primer paso es precisamente que te des cuenta

Muchas veces no somos conscientes de cuánto nos quejamos. Llevar un pequeño registro durante unos días puede resultar revelador. A partir de ahí, se pueden trabajar alternativas como buscar soluciones concretas, cambiar el foco o incluso practicar la gratitud por lo que sí funciona. Porque al final, la clave no está en dejar de quejarse por completo, sino en no convertir la queja en la única forma de relacionarse con lo que nos pasa.

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