La psicología concluye que las personas nacidas entre los años 70 y 90 son la última generación con buena orientación espacial, y no es porque sean más inteligentes
Contrariamente a lo que uno creería, la orientación espacial no es innata. Es, ante todo, una habilidad que se entrena, se refuerza o se deja oxidar según el uso que le demos. Y es justo donde ahí evidentemente destaca una generación muy concreta: la de quienes nacieron en España entre 1975 y 1990.
Un grupo de investigadores lleva años analizando por qué esta franja de edad conserva mejor esa capacidad que las generaciones más jóvenes. Sorprendentemente, la respuesta tiene menos que ver con la genética y mucho más con un objeto cotidiano que hoy casi nadie usa.
Por qué la generación nacida entre 1975 y 1990 tiene mejor orientación espacial
La respuesta que dan los expertos es tan sencilla como contundente. La generación que nos compete en esta ocasión aprendió a leer mapas de papel y a planificar rutas antes de que el GPS se generalizara. Esa práctica, repetida durante años, entrenó una parte muy concreta del cerebro.
Así lo demuestra uno de los estudios más citados sobre este fenómeno es el que firman Louisa Dahmani y Véronique Bohbot, de la Universidad McGill, publicado en la revista Scientific Reports. El trabajo analizó a 50 conductores habituales y, a un grupo de ellos, los volvió a evaluar tres años más tarde.
La conclusión fue clara: quienes llevaban más años usando GPS mostraban peor memoria espacial a la hora de moverse sin ayuda digital.
Y en el seguimiento posterior, ese declive resultó todavía más pronunciado en las zonas del cerebro vinculadas al hipocampo.
¿Qué pasa en el cerebro cuando dejamos de usar mapas y confiamos en el GPS?
El fenómeno tiene una explicación biológica bastante clara. Cuando una persona se orienta por sí misma (sin indicaciones externas) el cerebro activa con fuerza el hipocampo, la región encargada de construir lo que los neurocientíficos llaman un mapa cognitivo.
Justamente, ese mapa permite calcular distancias, recordar puntos de referencia y trazar rutas alternativas si algo falla por el camino. Es una de las estructuras cerebrales con más plasticidad, capaz de modificarse físicamente según cómo se entrene.
Y como uno puede anticipar, con el GPS funciona de otra manera. Un equipo liderado por el neurocientífico Hugo Spiers, del University College London, lo demostró en un estudio publicado en la revista Nature Communications.
Con 24 voluntarios que navegaban por una simulación del centro de Londres, comprobaron que al seguir las indicaciones de un navegador, el hipocampo y la corteza prefrontal apenas se activaban.
En su lugar, se activa el núcleo caudado, una zona vinculada a los hábitos automáticos y no a la comprensión real del espacio. Es la diferencia entre aprender una coreografía de memoria y entender el porqué de cada paso.
Así, en la práctica, seguir al pie de la letra las órdenes de una aplicación convierte la navegación en un acto casi mecánico, parecido a un piloto automático, sin que el cerebro necesite construir ningún mapa propio del espacio.
¿Qué pasa con la orientación espacial de las generaciones más jóvenes?
El otro lado de la moneda son quienes nacieron ya con el móvil integrado en la vida diaria. Nunca tuvieron que aprender a plegar un mapa de carreteras ni a fijarse en un cruce concreto para no perderse.
Los mismos investigadores advierten de que esto no es un simple detalle anecdótico. La memoria espacial podría estar relacionada, a largo plazo, con la salud del hipocampo, una de las estructuras que antes se resiente en enfermedades como el alzhéimer.
La buena noticia es que el hipocampo conserva plasticidad en la edad adulta. Guardar el móvil de vez en cuando y forzar la memoria para llegar a un sitio conocido basta para ejercitarlo, sin necesidad de renunciar del todo a la tecnología.
A continuación, se enlistan algunas rutinas sencillas ayudan a mantener esta capacidad activa:
- Guardar el GPS en trayectos ya conocidos y confiar en la memoria.
- Fijarse en puntos de referencia (edificios, comercios, cruces) en vez de seguir flechas.
- Intentar dibujar de memoria el plano de un barrio habitual.
- Usar un mapa de papel de vez en cuando para planificar una ruta nueva.
El entrenamiento cerebral de los taxistas de Londres, la prueba más citada
El caso de los taxistas londinenses sigue siendo el ejemplo más citado por la comunidad científica. Para aprobar ‘The Knowledge’ (el examen que permite conducir un taxi negro en la ciudad) hay que memorizar más de 25.000 calles y 20.000 puntos de referencia.
En este contexto, la neurocientífica Eleanor Maguire estudió el cerebro de estos conductores y publicó los resultados en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences ya en el año 2000.
Sus resonancias magnéticas mostraron que cuanto más tiempo llevaba un taxista ejerciendo, más grande era la parte posterior de su hipocampo, la misma región que hoy se resiente por el uso constante del GPS.