Irte silenciosamente de una fiesta no siempre es mala educación: la psicología lo relaciona con autocuidado emocional
Hay quien disfruta del ruido y de la interacción continua, aunque otros lo experimentan como un exceso sensorial que los agota enseguida
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En toda fiesta y encuentro con amigos, todos seguimos una serie de reglas: nada más llegar, saludar; conversar un rato y despedirse al irse. Pero a pesar de ello, hay personas que no se encuentran a gusto con este protocolo, al ser una situación para ellos incómoda y tensa. La psicología explica que cada uno reacciona en los entornos sociales de manera diferente.
Hay quien disfruta del ruido y de la interacción continua, aunque otros lo experimentan como un exceso sensorial que los agota enseguida. En ese momento, el cuerpo suele activar una necesidad de retirada inmediata, ya sea irse sin saludar o desaparecer de la escena.
El psicólogo José Martín del Pliego ha explicado que muchas personas desaparecen directamente porque llegan a un nivel de saturación y el cuerpo les pide retirarse, como una forma de autorregulación. «No tiene que ver con falta de educación o falta de habilidades sociales», ha advertido.
Según el psicólogo, esos entornos sociales pueden elevar el nivel de activación del sistema nervioso, por lo que alejarse puede ayudar a devolver el equilibrio. En ese estado, el hecho de despedirse puede ser peor al implicar contacto extra y explicaciones. Es por ello que hay personas que prefieren salir en silencio.
Consejos prácticos de la psicología
El psicólogo también propone herramientas para quien se reconoce en este comportamiento. Por ejemplo, aceptarse al ser un autocuidado; avisar antes para reducir la culpa y poder despedirse sin presión; escuchar al cuerpo; identificar qué activa más y buscar apoyo profesional como terapias como SSP (Safe and Sound Protocol), que ayudan a regular el nervio vago.
En conclusión, irse sin saludar no habla de los modales que tenga una persona, sino de cómo su mente y cuerpo gestionan la energía. Para la psicología, se trata más de un acto de protección emocional que de un gesto descortés.
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