Los expertos en seguridad lo advierten: nunca cortes tu tarjeta bancaria caducada antes de tirarla a la basura por este motivo
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Durante años, se ha extendido la recomendación de cortar la tarjeta bancaria cuando caduca, una práctica que muchas personas consideran una medida de seguridad para evitar posibles fraudes. Sin embargo, los expertos advierten de que esta costumbre puede entrañar riesgos para la salud y resultar perjudicial para el medio ambiente.
Las tarjetas criptográficas dinámicas incorporan diferentes componentes electrónicos, entre ellos una pequeña pantalla, una antena NFC y una microbatería de litio diseñada para generar códigos de seguridad que cambian cada hora. Precisamente, esta batería es uno de los elementos que pueden hacer que cortar la tarjeta con unas tijeras no sea una buena idea.
¿Por qué no debes cortar la tarjeta bancaria antes de tirarla?
Lo habitual es que, cuando una tarjeta ya no sirve, se tire directamente a la basura. Muchas personas, además, optan por cortarla en varios trozos antes de desecharla, como medida de seguridad para evitar que alguien pueda hacerse con sus datos. Aunque esta práctica puede parecer la más prudente, no siempre es la forma adecuada de deshacerse de una tarjeta bancaria.
¿El motivo? Las tarjetas se consideran RAEE (Residuos de Aparatos Eléctricos y Electrónicos) y, por tanto, no deberían acabar en el contenedor de basura convencional. Este tipo de residuos puede contener materiales y componentes que requieren una gestión específica. Además, las tarjetas pueden incorporar pequeñas cantidades de metales de valor, como oro, cobre o paladio, que se pueden recuperar mediante procesos de reciclaje específicos.
Por este motivo, antes de cortarla y tirarla la basura, lo mejor es entregarla a la entidad bancaria para que se deshaga de ella mediante los sistemas de reciclaje correspondientes. Si no existe esta posibilidad, otra alternativa es llevarla a un punto de recogida destinado a residuos electrónicos.
RAEE (Residuos de Aparatos Eléctricos y Electrónicos)
Según el artículo 3.a del Real Decreto 110/2015, de 20 de febrero, se consideran aparatos eléctricos y electrónicos (AEE) a «todos los aparatos que para funcionar debidamente necesitan corriente eléctrica o campos electromagnéticos, y los aparatos necesarios para generar, transmitir y medir tales corrientes y campos, que están destinados a ser utilizados con una tensión nominal no superior a 1.000 V en corriente alterna y 1.500 V en corriente continua».
Estos residuos están formados por una gran variedad de piezas y componentes presentes en dispositivos como móviles, televisores, frigoríficos y otros aparatos eléctricos y electrónicos. Entre ellos se encuentran piezas metálicas y de plástico, tarjetas de circuitos impresos, carcasas fabricadas con plástico, madera o metal, tubos de rayos catódicos, pantallas de cristal líquido, cables, pilas, baterías y otros componentes eléctricos y electrónicos. También pueden contener diferentes fluidos, contrapesos de hormigón, cartuchos de impresión y motores eléctricos.
Todos estos elementos están compuestos, a su vez, por una amplia variedad de materiales. Entre los más habituales se encuentran los metales, tanto férreos como no férreos, además de polímeros, vidrio y otros materiales como la madera, el caucho o el cartón.
En el caso de los aparatos eléctricos y electrónicos de carácter tecnológico o relacionados con las telecomunicaciones, pueden encontrarse más de 60 elementos diferentes. En un teléfono móvil, los metales pueden representar aproximadamente el 23% de su peso y en su composición pueden aparecer alrededor de 40 elementos de la tabla periódica. Entre ellos se encuentran metales básicos como el cobre y el estaño; metales especiales como el cobalto, el indio y el antimonio; y metales preciosos como la plata, el oro y el paladio.
Muchos de estos dispositivos también incorporan tierras raras, que son necesarias para el funcionamiento de numerosas aplicaciones tecnológicas. Además de materiales aprovechables, los aparatos eléctricos y electrónicos pueden contener sustancias potencialmente peligrosas que requieren una gestión adecuada cuando los dispositivos llegan al final de su vida útil. Entre ellas se encuentra el cadmio, presente en una elevada proporción en determinadas pilas recargables, así como el plomo, que puede encontrarse en baterías, soldaduras de circuitos impresos, lámparas y tubos fluorescentes.
El mercurio es otra de las sustancias que pueden estar presentes en estos residuos, especialmente en determinadas pilas y sensores de posición, además de pequeñas cantidades asociadas a relés y lámparas fluorescentes. Otros componentes que pueden encontrarse son el cromo hexavalente, utilizado como inhibidor de la corrosión en determinados sistemas de refrigeración, y el níquel, presente en baterías de níquel-cadmio.
Asimismo, algunos aparatos antiguos pueden contener PCB o bifenilos policlorados, especialmente en condensadores y transformadores. También pueden aparecer compuestos bromados y determinados retardantes de llama, así como sustancias utilizadas en sistemas de refrigeración y espumas aislantes, entre ellas los clorofluorocarbonos (CFC), hidrofluorocarbonos (HFC), perfluorocarbonos (PFC) y hexafluoruro de azufre (SF6). En los cables de PVC también pueden encontrarse cloroparafinas, mientras que otros elementos como la plata, el cobre, el bario o el antimonio pueden formar parte de distintos componentes.
Por todo ello, reciclar correctamente los residuos de aparatos eléctricos y electrónicos es fundamental. Estos dispositivos contienen numerosos materiales que pueden recuperarse y reutilizarse, contribuyendo al desarrollo de una economía circular.