‘Antígona’ y ‘Clitemnestra’: dos tragedias femeninas en Mérida con resultados muy desiguales
‘Antígona’ y ‘Clitemnestra’, obras interpretadas este fin de semana en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, tuvieron desigual resultado sobre las tablas y, desde luego, dejaron también desigual sabor de boca en sus espectadores.
En la versión de David Gaitán, con Irene Arcos como Antígona, el texto clásico fue herido por el exceso de vanguardia. Fernando Cayo, que interpretaba al rey de Tebas, Creonte, demostraba una vez más que es dueño de una interpretación sin paragón. Hizo participar al público con acierto y pasión, proyectó la voz con la perfección que brinda la profesionalidad –no debería sorprendernos esta capacidad a estas alturas, pero…–. En definitiva, sobresalió sobre resto de los personajes con la excepción de ‘Sabiduría’, interpretada por Clara Sanchís.
Hay que apreciar los intentos de Gaitán por darle un aire nuevo a una historia compleja que, además, posee tantísimos matices sociales y éticos importantes detrás. Sin embargo, el momento del rap de Antígona fue prescindible. No se escuchaba bien y, por ende, tampoco invitaba a la comprensión del discurso que pretendía transmitir.
No cabe duda, el texto reinterpretado por Gaitán pretende ser combativo cuando habla de justicia, democracia y debate. Un aspecto loable que, por otro lado, jamás pierde actualidad. Pero, desafortunadamente, todo estaba aliñado con tal caos de sillas en frenético movimiento que la historia de la hija de Edipo quedó sepultada bajo un mareante mobiliario. No sé si el público de Mérida llegó a comprender qué había pasado finalmente con Antígona. ¿Muerte, suicidio, salvada por algún Dios en el último momento? Habría que preguntar a los presentes en el koilon.
A 50 kilómetros de Mérida, en la sede del festival en el pueblo de Medellín, se preparaba otra tragedia griega, ‘Clitemnestra’, la historia de la reina de Micenas que dio muerte a Agamenón, uno de los grandes guerreros griegos, versionada por José María Castillo. Con una puesta en escena acertada y sencilla–apenas un trono y un pódium servían de atrezzo– la Clitemnestra de Castillo, con música de toques flamencos y arreglos de Alejandro Cruz, daba el dramatismo perfecto al relato, las interpretaciones vocales llegaban al corazón y la voz de Millán dio la puntilla a un texto perfecto.
Castillo retrató a la hermana de Helena de Troya como una mujer libre, que goza de los placeres carnales sin sentimiento de culpa y, sobre todo, dueña de su destino gracias a sus decisiones personales e individuales, a pesar de ganarse el desprecio de su pueblo, de la Historia y de sus hijos. Gracias a esta reinterpretación, los trazos de mujer cruel, infiel y perversa dan paso a la libertad, la independencia y la valentía para desafiar las normas dentro de una sociedad encorsetada.
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