La Nueva Musicología se cuela en el Festival Pianino en la Cartuja de Valldemossa
Me quedo con escuchar a Chopin a través de la sonoridad del Pleyel de 1851, lo más parecido a su época
Sobre el papel resultaba interesante acudir el 9 de mayo al Festival Pianino en la Cartuja de Valldemossa, donde iban a reunirse cinco nombres propios de la musicología para hablarnos de las nuevas tendencias o perspectivas a la hora de abordar con ojos contemporáneos el legado de Frédéric Chopin.
Cinco ponentes iban a practicar una singular autopsia que inevitablemente entra en conflicto con lo universalmente establecido a propósito de Chopin, de manera que la controversia estaba servida y con patatas. Acudir a estos encuentros sin ideas preconcebidas, solo por curiosidad, y hacerlo además en una suerte de templo de respetuosa admiración anclada en el pasado, que de eso va incondicionalmente la Celda nº 4, es la condición ideal para que suenen las alarmas cuando ciertas afirmaciones te silban en los oídos.
Lo vivido en el altillo de la Celda nº 4 me hizo pensar, de inmediato, que la Nueva Musicología se había colado en el Festival Pianino, en el corazón de un invierno en Mallorca. Precisamente esa tarde del 9 de mayo diluviaba en Valldemossa. Llegados al turno de preguntas, me dirigí a Francisco J. Albo, pianista, investigador y profesor en Georgia State University, para ver si me podía ampliar por qué la música de Chopin se significa por su ambigüedad y, más en concreto, si ello respondía a las ideologías surgidas en la segunda mitad del siglo XX o, por el contrario, era debate interno de la musicología.
Mis alarmas ya estaban disparadas por la fuerte conexión que existe entre la Nueva Musicología y esa cosa llamada la Nueva Izquierda. Un dato, que lo aclaraba todo. En efecto, la Nueva Musicología, surgida a partir de los 80 del siglo pasado, desarrolla sus trabajos desde una perspectiva influenciada por ideologías críticas como feminismo, teoría queer y el postcolonialismo. Es decir, metiendo todo lo woke y lo queer en el mismo tarro de mermelada hiperideologizada, y argumentando todo con absoluta naturalidad, lo que ha llevado a una transformación radical en la reinterpretación de Chopin. Así, por ejemplo, la musicología feminista interpreta la delicadeza de Chopin no como debilidad, sino como una sofisticación técnica que desafiaba todas las normas patriarcales de la época romántica.
Me he referido anteriormente a que la Nueva Musicología analiza el pasado con ojos contemporáneos, introduciendo en sus estudios nuevas materias en sintonía con la sociología, la historia de las ideas, la psicología, incluyendo al mismo tiempo el postcolonialismo, el mismo que abrió las puertas a ese movimiento indigenista de las últimas décadas y tan cargado de prejuicios. La ideología, por tanto, se ha adueñado de los estudios académicos, lo que nada tiene de particular, sabiendo que no pocas universidades relevantes se encuentran infectadas severamente por el wokismo.
Beyond The Notes, el nombre genérico de este encuentro en el marco del Pianino, tenía una segunda parte: el recital de Juan Carlos Fernández Nieto a base de reunir baladas, polonesas, nocturnos y mazurcas, cerrando con el andante spianato que precede a la Grande Polonaise brillante. Lo curioso de este recital es que se ajustaba al dictado de la Nueva Musicología, muy en especial allí donde revelan investigaciones recientes sobre la digitación original de Chopin; que sus elecciones estaban diseñadas para producir los matices tímbricos específicos y una mayor expresividad física. Imagino lo último –mayor expresividad física– como una invitación a aporrear teclas sin parar, que en eso consistió el recital de Fernández Nieto, quien, llegado el bis, apelando a una íntima complicidad, anunciaba sotto voce: «Albeniz».
Un inciso en defensa del pianista invitado, al tiempo que interviniendo de pleno derecho en el simposio. Juan Carlos Fernández Nieto despliega en sus recitales una excelente técnica y una asombrosa digitación, lo cual es perfectamente compatible con boutades, como la vivida en la Celda nº 4.
Es literalmente cierto que Juan Carlos Fernández Nieto fue aporreando las teclas de principio a final, dicho en el sentido de ampliación del volumen, incluso llegado el spianato, que traducido es: suave, nivelado. Solo unos metros más allá reposaba el Pleyel de cola de 1851 con la tapa bajada, a la manera de testigo mudo de unas agresiones verbales amamantadas en todo lo que implican las ideologías woke y queer de la Nueva Izquierda del XXI que, aplicadas a la música, y en este caso concreto, lo que se busca es dejar atrás la imagen de Chopin como mero poeta del piano y, por añadidura, derribar valores del romanticismo, por ser cómplices del heteropatriarcado.
¿Fue un error de los organizadores del Pianino convocarnos al simulacro de la Nueva Musicología reinterpretando a Chopin? Creo que no. Más bien, lo que fue es curiosidad ante la propuesta del musicólogo Antoni Pizà, que con el apoyo de The Graduate Center de la Universidad de Nueva York, llamó a participar en este simposio a John Rink, de Cambridge; Francisco Javier Algo, George State University; Moritz Weber, SRF-Schweizer Radio, y el pianista Juan Carlos Fernández Nieto, del Real Conservatorio de Madrid.
En cualquier caso, lo cierto es que la Nueva Musicología vino a colarse en el Festival Pianino, que sigue caracterizándose por lo inquieto de cuantas propuestas nos hace llegar. Aunque yo me quedo con escuchar a Chopin a través de la sonoridad del Pleyel de 1851, lo más parecido a su época.