Nit de l’Art de Palma: arte, cava y otras ficciones contemporáneas
Otra vez Palma, tan divina, tan nerviosa por agradar, tan wannabe Berlín en una isla que algunos idiotas esperan que huela más a aftersun y a gintonics que a revolución artística. Pues aquí sigue casi 30 años después, como gran apuesta de la ciudad como capital cultural. La Nit de l’Art 2025 volvió con toda su parafernalia, en la que se mezcla arte del bueno y del peor, luces LED, promesas de profundidad conceptual y hordas de gente vestida de negro con zapatillas blancas, como dicta el código estético del arte contemporáneo en tiempos de Instagram fatigue.
Las calles del casco antiguo parecían una pasarela patrocinada por el antiguo Podemos pero con más gafas sin cristal que talento curatorial. Lo cierto es que si el arte fuese medible en filtros de VSCO, esta edición se llevaría el premio. Pero como aún no hemos llegado a ese punto (aunque todo se andará), toca hablar de lo que vimos. O al menos de lo que fingimos ver y entender.
A mí me fascina observar a los galeristas, artistas y también coleccionistas encaramados en un ego, en mallorquín, potra en castellano, que les separa de las pseudogalerías de purpurina, verbena y un no sé qué aterrador. No entiendo a los que nunca tienen bastante y son capaces de conquistar una calle preciosa, sin que se les caiga el pelo. Cuento todo esto porque hablar de arte es muy serio, distinguir el bueno de lo peor, muy necesario, así como hacer entender a la ciudadanía que el criterio y la cultura son tan importantes como el aire que respiramos.
En la Galería Pelaires, los de siempre: nombres con pedigrí internacional y ese tipo de instalaciones donde una cuerda colgando del techo y una sombra proyectada ya te valen una subvención. La obra estrella, según susurros de los entendidos, era una performance titulada El susurro del hormigón. Una crítica poética, por supuesto, al turismo de masas, el cambio climático y, posiblemente, a tu gusto musical.
A dos calles, una artista local mostraba en una cochera reconvertida en galería «la fragilidad del yo posdigital», mediante 17 globos de helio y una grabación de su voz leyendo su horóscopo. Maravilloso. El público aplaudía entre copa y copa de cava ecológico (traducción: caliente y sin burbujas), mientras alguien gritaba: «¡Esto es arte vivo!». Bueno, viva estaba, pero el arte… discutible.
En cuanto al ambiente social, Palma no defrauda: las señoras de Son Vida estrenaron bolsos tamaño museo; los políticos municipales, en su eterno papel de figurantes con americana y discurso impostado, hablaban de «la democratización del arte» mientras buscaban la cámara de IB3; y los influencers -ese subgénero humano imprescindible en todo evento cultural- se hacían selfies delante de una pared blanca sin saber que no era una instalación, sino una simple humedad.
Entre galeristas desesperados por vender, artistas dispuestos a morir por una story bien etiquetada y turistas confundidos que pensaban que esto era parte de la ruta de las tapas, se alzaba el eterno interrogante de cada año: ¿Alguien ha venido a ver arte o sólo a dejarse ver? Spoiler: lo segundo.
La Nit de l’Art 2025 no fue un desastre, ni mucho menos. Fue un espectáculo fabuloso, perfectamente calculado, fotogénico y, por momentos, incluso conmovedor. Como una ópera de Wagner servida en versión microondas. Nos emocionamos, pero a 800W.
Palma volvió a ser capital cultural por una noche y lo hizo con la elegancia impostada de quien lleva esmoquin a un picnic: desubicada, pero decidida. Porque al final, lo importante no es si el arte nos transforma, sino si hemos conseguido una buena foto con la copa en alto y una sonrisa que diga: «Yo estuve allí, aunque no entendí nada».
Y eso, queridas y queridos, también es arte. O al menos, mi estilo de vida.
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