Nada será igual sin Carlos
Nunca necesitó proclamar sus méritos, nunca buscó medallas ni reconocimientos
Hay muy pocos políticos en el Partido Popular de Palma que puedan afirmar, con la serenidad de la conciencia tranquila, que estuvieron siempre al pie del cañón, ‘a las duras y a las maduras’. En los días luminosos y en los más oscuros. Cuando el viento soplaba a favor y cuando arreciaba en contra. Carlos Veramendi fue uno de ellos.
No podrá decirlo ya. Y quizá ahí radique la grandeza de su figura: nunca necesitó proclamar sus méritos, nunca buscó medallas ni reconocimientos. Trabajó en silencio, con constancia y lealtad, convencido de que el servicio a su partido y a su ciudad era un deber, no un escaparate. Como tantas veces ocurre, será ahora, en su ausencia, cuando muchos descubran la dimensión de su entrega.
La historia política reciente de Palma suele señalar a quienes ocuparon los focos, a quienes encarnaron los grandes liderazgos. Pero toda historia necesita cimientos sólidos, manos discretas y voluntades firmes que sostengan el edificio desde abajo. Carlos fue ese cimiento. Mientras otros pronunciaban discursos, él recorría calles, llamaba a puertas, escuchaba a vecinos y tejía, barrio a barrio, la red humana que mantuvo unido al partido en los momentos decisivos. La leyenda política de más peso en la historia reciente de Palma dice que José María Rodríguez fue el hombre que mantuvo unido al PP de Palma y que gracias a ello los ‘populares’ consiguieron la alcaldía en varias legislaturas. A quien cuenta la leyenda se le escapa que quien hacía el trabajo calle a calle, puerta a puerta, barrio a barrio, era el amigo Veramendi.
Con una media sonrisa, solía definirse como el ‘fontanero’. Y lo decía con orgullo. Porque entendía que la política también es eso: reparar, conectar, hacer que las cosas funcionen aunque nadie vea el esfuerzo. Y en esa tarea fue incansable y extraordinariamente eficaz.
También conoció la injusticia. Fue señalado y sometido a un proceso que hirió su nombre y su honor. Sin embargo, la justicia terminó por devolverle lo que nunca debió arrebatarle: su razón y su dignidad. Pudo vivir ese desagravio, y quienes le quisieron saben cuánto significó para él.
Se ha ido como vivió: sin hacer ruido, con discreción, con elegancia. Sin estridencias. Pero dejando una huella profunda en quienes compartieron camino con él. Se va un hombre bueno, leal, trabajador. Se va el amigo siempre dispuesto, el consejero prudente, el compañero firme. Hoy su familia, sus amigos y su partido sienten un vacío difícil de llenar. Porque con Carlos se marchan el cariño sincero, la experiencia serena y la eficacia silenciosa. Se marcha una forma de entender la política como servicio y como compromiso real con los ciudadanos.
Estas palabras apenas alcanzan a esbozar lo que fue y lo que significó. Carlos merece un reconocimiento mucho mayor que cualquier texto. Quienes lo tuvimos cerca —y también quienes lo admiraron desde la distancia— lo echaremos profundamente de menos.
Descanse en paz.
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