Cómo elegir un buen cable USB-C y por qué importa más de lo que crees
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Hay cosas que uno se toma en serio aunque parezcan menores. En mi caso, los cables. No porque sea un enamorado de los conectores, sino porque en demasiadas ocasiones veo cómo familiares o amigos usan auténticas birrias que no deberían estar enchufadas a ningún dispositivo. Cables USB-C sin blindaje, con conectores deformados, o que tardan una eternidad en cargar un móvil. Lo peor es que muchas veces el problema no está en el cargador ni en el móvil, sino en ese cable que nadie se preocupa por revisar.
Por qué importa el cable USB-C que usas
Vivimos rodeados de dispositivos que se cargan o conectan mediante USB-C, móviles, tablets, auriculares, consolas portátiles, e incluso portátiles. Pero hay una falsa idea bastante extendida: que todos los cables USB-C son iguales, y que “mientras encaje, ya sirve”. Nada más lejos de la realidad. Un cable de mala calidad va a ralentizar la carga, provocar errores de conexión, sobrecalentamientos o incluso averías en puertos que no están preparados para voltajes mal gestionados.
El estándar USB-C no lo define todo. Aunque el conector tenga la misma forma, hay cables que solo sirven para carga, otros que permiten transferencia de datos a distintas velocidades (USB 2.0, 3.0, 3.2, etc.), y algunos compatibles con vídeo (DisplayPort o Thunderbolt). Si usas un cable básico para conectar un monitor a tu portátil, probablemente no funcione. Y si usas uno barato con carga rápida, puedes estar limitando tu dispositivo a 10W cuando soporta 65W o más.
Qué tener en cuenta al comprar un cable USB-C
Lo bueno es que no hace falta gastarse mucho dinero para tener un buen cable USB-C. Basta con fijarse en algunos detalles. El primero es la potencia máxima soportada. Si tu cargador entrega 45W y el cable solo admite 18W, no vas a aprovecharlo. Lo segundo, la velocidad de transferencia. Un cable USB 2.0 alcanza 480 Mbps, mientras que uno USB 3.2 puede subir hasta 10 o 20 Gbps, útil para pasar vídeos o hacer copias de seguridad.
También es importante que esté bien construido. El refuerzo en los extremos evita que se suelte o se rompa con facilidad, y el blindaje interno ayuda a proteger las señales frente a interferencias. Si puedes, opta por cables certificados o de marcas reconocidas. Y si tienes un iPad Pro, un MacBook o un disco externo de alto rendimiento, comprueba si necesitas compatibilidad Thunderbolt 3 o 4.
No todo vale: riesgos de usar un cable inadecuado
He visto más de una vez cómo un cable defectuoso ha dejado inutilizable un puerto USB, especialmente en portátiles. Algunos cables mal construidos no regulan correctamente el voltaje, y pueden hacer que un cargador “se pase de rosca”. En otros casos, simplemente la carga se vuelve desesperadamente lenta, y la gente termina cambiando de cargador pensando que el problema estaba allí. También se dan errores al conectar móviles al coche o al ordenador, porque el cable no transmite datos o lo hace con interferencias.
A todo esto hay que añadir lo incómodo de estar usando un cable que ya ha perdido la rigidez, se ha pelado o no se sujeta bien. Sí, un cable USB-C cuesta poco. Pero también se usa mucho. Así que merece la pena invertir un poco más en uno que funcione bien y dure.
Mis recomendaciones personales
Después de probar decenas de cables con móviles, tablets, mini PC y portátiles, hay algunas marcas que nunca me han fallado como Anker, y UGREEN. Ofrecen opciones económicas, bien construidas y con buenas especificaciones. Si buscas algo más premium o con compatibilidad Thunderbolt, Belkin o incluso los propios cables de Apple son fiables. Pero evita a toda costa los que vienen sin indicación de velocidad o potencia, o los que venden en packs en un bazar a precio irrisorio.
Mi consejo es sencillo:, no subestimes el papel del cable USB-C en tu día a día. Revísalo, cámbialo si hace falta, y elige uno acorde al uso que le vas a dar. Es una inversión pequeña que puede ahorrarte muchos problemas. Porque sí, en tecnología, hasta lo más simple importa.
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