La dura confesión de Manolo García (70 años): «No sabía lo que era una ducha»
El vocalista de 'El Último de la Fila' ha vivido momentos complicados
"De pequeño no teníamos agua corriente, yo tenía que ir a la fuente pública"
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Manolo García ha puesto voz y palabras a varias décadas de la memoria sentimental de España. Sus canciones, convertidas en patrimonio emocional colectivo, han acompañado a generaciones enteras desde finales del siglo XX hasta hoy. A sus 70 años, y cuando se prepara para reencontrarse en los escenarios con su inseparable compañero de El Último de la Fila en una gira que ha despertado una expectación enorme, el músico mira atrás y recuerda un pasado marcado por la escasez, el trabajo precoz y una infancia muy alejada de la comodidad actual.
El regreso del mítico dúo, anunciado para los próximos meses, no solo supone uno de los acontecimientos musicales más esperados del año, sino también un contraste evidente con los orígenes humildes de su protagonista. La bonanza económica que traerá consigo este proyecto choca frontalmente con los recuerdos de un niño que creció en un barrio obrero de la Barcelona de los años 60, en un entorno donde el agua corriente era un lujo inexistente y la supervivencia diaria marcaba el ritmo de la vida.
La historia de Manolo García
Manolo García nació en Barcelona en 1955, en el seno de una familia trabajadora de origen albaceteño que, como tantas otras, emigró a la ciudad en plena posguerra buscando una oportunidad. Su infancia y adolescencia transcurrieron en Poblenou, un barrio industrial y obrero que en aquellos años se caracterizaba por la austeridad y por una vida comunitaria tan solidaria como exigente.
El propio artista ha recordado recientemente cómo aquel entorno dejó una huella profunda en su carácter y en su forma de mirar el mundo. Poblenou, según sus palabras, era un lugar de gente «dura y sabia», vecinos acostumbrados a ayudarse entre sí, pero también a afrontar una realidad que no concedía tregua. La falta de recursos era una constante y formaba parte del paisaje cotidiano de miles de familias.
Entre esos recuerdos, hay uno que destaca por su crudeza y por la naturalidad con la que García lo relata: «No teníamos agua corriente. Yo tenía que ir a la fuente pública con cacharros, donde los niños del barrio hacíamos cola. Las madres nos mandaban a cargar agua para cocinar, para lavarnos. Yo no sabía lo que era una ducha; no existía en mi vida. No había un grifo que abrías y salía el agua». Una confesión que resume, sin dramatismos, una época y una forma de vivir hoy casi inimaginable.
Así vivió Manolo García
La precariedad económica de la familia y sus malas calificaciones en el bachillerato empujaron a Manolo García a incorporarse al mundo laboral a una edad muy temprana. Con apenas 13 años comenzó a trabajar en una carpintería del barrio, mientras su madre sacaba adelante la casa cuidando porterías y realizando trabajos por horas.
Su padre, llegado del campo y convertido en obrero urbano, tuvo un papel decisivo en aquella transición prematura a la vida adulta. García recuerda con claridad una conversación que marcaría su destino: «Mi padre, con una actitud muy natural, me dijo que a trabajar, que había que ganarse el pan y nada de hacer aquí el zángano». No hubo reproches ni dramatismos, solo la asunción de una realidad compartida por muchas familias obreras de la época.
En la carpintería empezó desde lo más básico, realizando las tareas propias de un chico de su edad: barrer el taller, recoger la viruta, lijar madera o ir a buscar los cafés para los operarios durante el almuerzo. Tras un mes de trabajo, el carpintero habló con su padre y tomó una decisión que García recuerda con orgullo: el muchacho se quedaba y cobraría mil pesetas a la semana. Aquel salario simbolizaba algo más que dinero, era el reconocimiento de su esfuerzo y el inicio de una larga trayectoria laboral.
La trayectoria del cantante
Ese primer empleo fue sólo el comienzo. Antes de dedicarse por completo a la música, Manolo García pasó por un total de 19 empresas, talleres y oficios distintos. La Barcelona de entonces, recuerda, ofrecía trabajo a quien estuviera dispuesto a buscarlo, y él encadenó experiencias laborales que reforzaron su disciplina y su respeto por el esfuerzo ajeno.
Ese contacto constante con el mundo obrero, con la rutina de los talleres y con la dignidad del trabajo manual, terminaría impregnando su sensibilidad artística. No es casual que muchas de sus letras estén atravesadas por una mirada humanista, por la empatía hacia los perdedores y por una profunda conexión con la vida de la gente común.
El punto de inflexión llegó a finales de los años setenta, cuando empezó a recorrer las tiendas de música de Barcelona en busca de anuncios de músicos que quisieran formar una banda de rock. Aquella búsqueda, casi artesanal, acabaría desembocando en una de las carreras más sólidas y respetadas del panorama musical español.
Actualmente, Manolo García no reniega de su pasado, sino que lo reivindica como parte esencial de su identidad. La dureza de aquellos años, lejos de quebrarlo, forjó a un artista que nunca ha olvidado de dónde viene ni las fuentes humildes de las que brotó su inspiración.
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