Ingravidez y salud

Sin gravedad, el cuerpo cambia en Artemis II: huesos sin densidad, músculos debilitados y la visión cambia

El ser humano está construido para vivir bajo una fuerza constante: la gravedad terrestre

Artemis II efectos salud
Astronautas en Artemis II.
Diego Buenosvinos

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Lejos de la órbita terrestre, el cuerpo humano no se rompe de golpe: se transforma. La misión Artemis II, que ha devuelto a astronautas a las cercanías de la Luna más de medio siglo después, está revelando con precisión clínica cómo el organismo humano se adapta —y se deteriora— en ausencia de gravedad.

Durante apenas diez días, los tripulantes no sólo han probado sistemas de navegación o comunicaciones. Han sido, sobre todo, sujetos de estudio vivientes en uno de los entornos más hostiles conocidos.

Pero el cuerpo está diseñado para la gravedad. El ser humano está construido para vivir bajo una fuerza constante: la gravedad terrestre. Cuando desaparece, todo el equilibrio interno se reorganiza.

Uno de los cambios más visibles es la redistribución de fluidos. En microgravedad, los líquidos dejan de acumularse en las piernas y ascienden hacia el torso y la cabeza. Esto provoca la conocida «cara hinchada» de los astronautas, pero también efectos menos visibles: presión sobre los ojos, alteraciones en la visión y cambios en el sentido del gusto. No es sólo estética. Es fisiología básica funcionando en un entorno para el que no se diseñó.

Músculos y huesos: un deterioro acelerado

Sin necesidad de sostener el cuerpo, los músculos —especialmente los llamados antigravitatorios— comienzan a debilitarse rápidamente. A la vez, los huesos pierden densidad a un ritmo que en la Tierra equivaldría a años de envejecimiento.

En misiones prolongadas, esa pérdida ósea puede alcanzar entre un 1% y un 2% mensual. Aunque Artemis II es una misión corta, los datos recogidos confirman que estos procesos comienzan casi de inmediato.

El cerebro y los sentidos también cambian. El espacio no solamente afecta al cuerpo físico. También altera la percepción. Más de la mitad de los astronautas experimentan el llamado «síndrome de adaptación espacial» en los primeros días: desorientación, náuseas y problemas de coordinación.

Además, la redistribución de fluidos y la presión intracraneal pueden modificar la visión, un problema que preocupa especialmente en misiones largas.

Incluso el gusto cambia. Muchos astronautas perciben los alimentos como insípidos, lo que ha obligado a rediseñar los menús con sabores más intensos.

Un sistema inmunitario bajo presión

En el espacio, el sistema inmunitario también se debilita. Estudios recientes examinan cómo la microgravedad impacta las células T, que son importantes para la defensa del cuerpo, y cómo los virus inactivos pueden volverse activos nuevamente después de la misión.

A esto se suma la exposición a radiación cósmica, mucho mayor fuera del escudo magnético terrestre, lo que incrementa riesgos a largo plazo como el cáncer o posibles daños cognitivos.

Más allá de la biología, Artemis II también estudia la mente humana en condiciones extremas. Aislamiento, confinamiento y distancia de la Tierra forman una combinación psicológica compleja. Los astronautas son monitorizados en sueño, estrés y comportamiento para entender cómo mantener la estabilidad emocional en futuras misiones a Marte.

Volver a la Tierra: el verdadero desafío

Paradójicamente, uno de los momentos más críticos llega al regresar. Tras días o meses en microgravedad, el cuerpo debe readaptarse a un entorno donde todo pesa otra vez. El equilibrio falla, la presión sanguínea se descompensa y caminar puede convertirse en un reto. Así, la rehabilitación no es opcional: es imprescindible para recuperar funciones básicas.

La misión Artemis II no sólo es un regreso simbólico a la Luna. Es un laboratorio en movimiento para entender hasta qué punto el cuerpo humano puede sobrevivir fuera de la Tierra. Cada dato recogido —desde la pérdida ósea hasta los cambios en el sueño— será clave para diseñar futuras misiones de larga duración, especialmente hacia Marte. Porque el verdadero desafío de la exploración espacial ya no es llegar más lejos, es cómo se llega.

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