La psicología lo avala: los niños que aprenden a gestionar la frustración desarrollan mayor inteligencia emocional
La psicología del desarrollo viene mostrando que los niños que aprenden a atravesar frustraciones a través de un acompañamiento y sin la intervención de un adulto que resuelva todo por él, ayuda a que ese niño empiece a formar una base de autorregulación
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La psicología del desarrollo viene mostrando que los niños que aprenden a atravesar frustraciones a través de un acompañamiento y sin la intervención de un adulto que resuelva todo por él, ayuda a que ese niño empiece a formar una base de autorregulación.
Este comportamiento de dejar que el niño aprenda a gestionar sus frustraciones le permitirá en un futuro tener mejores resultados sociales, académicos y emocionales. Aunque también es cierto que la frustración no es el problema, sino el hecho de no aprender a atravesar la frustración.
Muchos adultos, con el fin de proteger, se adelantan a que el niño pueda o no resolver un problema. Si el hijo se enfada, el padre o la madre intervienen; al igual que si pierde, se le premia; y si se frustra, rápidamente cambian la situación. Y aunque el alivio es inmediato, el coste es a largo plazo. Debido a que la tolerancia a la frustración no nace sola, se forma cuando el niño vive dificultades que son manejables y él mismo descubre que puede esperar, adaptarse y seguir, aunque algo no haya salido como él quería. Y esa es una parte primordial de la inteligencia emocional.
Dicho de otra manera, un niño que aprenda que no puede ganar todo el rato, que no siempre se hace lo que él quiera o que un viaje se suspenda, está entrenando algo que a largo plazo le va a ayudar a su desarrollo como persona.
No solo con el objetivo de ‘portarse mejor’, sino para entender qué le pasa por dentro sin provocar un berrinche cada vez que la realidad no coincida con su deseo.
Una revisión metaanalítica sobre la autorregulación en la infancia descubrió justamente que tomar estas habilidades en edades tempranas se asocia con mejores vínculos sociales, mejor rendimiento y menos problemas emocionales y de conducta a largo plazo, incluso en etapas más avanzadas de la vida.
Si a tu hijo le pasa esto, ya hay una señal importante. No hace falta esperar a la adultez para ver si esta capacidad está creciendo. Hay señales mucho más cotidianas.
Por ejemplo, si su niño se frustra, pero puede volver; protesta, pero después acepta; pierde y no queda hundido en media hora; o algo le sale mal y, aunque se enfade, lo intenta otra vez. Eso no significa que sea un niño ‘fácil’, sino que es algo mejor; lo que está haciendo es construir una recuperación emocional.
En un estudio sobre estrategias de afrontamiento frente a la frustración en niños, los niños que utilizan recursos para manejar esos momentos están relacionados con mejores niveles de autocontrol y autorregulación valorados por docentes. Por lo que no es un detalle menor.
La forma en que un chico enfrenta la frustración y aprende habilidades para la autogestión, después influye mucho en cómo convive, aprende y se organiza.
Por eso, una escena tan simple como esperar el turno, aceptar una regla, perder en un juego o tolerar un límite dice bastante más de lo que parece. Y no solo se está viendo el carácter del momento.
Ahí se está entrenando una parte del sistema emocional que después será clave en amistades, trabajo, pareja y decisiones difíciles. Esta última es una inferencia razonable a partir de la evidencia que vincula la autorregulación infantil con resultados sociales y emocionales posteriores.
El error más común es confundir la inteligencia emocional con una calma permanente. Existe un malentendido bastante instalado, ya que mucha gente cree que un chico con inteligencia emocional es el que nunca llora, el que nunca se enfada y el que nunca protesta.
Pero la psicología no habla de chicos apagados ni obedientes, habla de chicos que, aun sintiendo tristeza o impotencia, aprenden a nombrar, tolerar y modular eso que sienten. La emoción no desaparece; lo que mejora es la forma de atravesarla.
Y aquí es donde aparece otra clave que cambia todo, el hecho de lidiar con frustraciones desde temprano no es lo mismo que criar con dureza. No se trata de dejar solo a un chico con su malestar ni de ‘que se curta’.
Al contrario, las investigaciones sobre el desarrollo muestran que la mejor base aparece cuando hay acompañamiento, pero sin sobreprotección. Es decir, un adulto presente que ayuda a poner en palabras, sostiene el límite y no le evita al niño cualquier incomodidad.
Un ejemplo muy simple es que, si un chico pierde un juego y un adulto le dice «no pasa nada, tomá, ganaste igual», no es el niño quien aprende a lidiar con la frustración. En cambio, si se le dice “sí, perder genera frustración; quieres respirar un poco y volver a jugar”, otra cosa ocurrirá.
De esta manera, el chico no se queda solo, pero tampoco aprende que la única salida es que alguien le acomode el mundo. Y ese matiz vale oro para la vida adulta.
Esta última idea es una inferencia apoyada en la evidencia sobre reacciones parentales de apoyo a emociones negativas y mejor regulación emocional posterior.
¿Qué es la inteligencia emocional?
La inteligencia emocional es la capacidad de reconocer, comprender y gestionar las emociones propias y ajenas. Aunque también se la conoce como coeficiente emocional, y, del mismo modo que el coeficiente intelectual, puede desarrollarse con el tiempo.
Tener una buena inteligencia emocional es esencial para establecer relaciones sociales, así como para fortalecer una comunicación efectiva y ser capaz de resolver conflictos. Aunque algunas personas puedan llegar a pensar que la inteligencia emocional es algo innato, hay estudios que han demostrado que se puede cultivar mediante la práctica y el entrenamiento.
Y para desarrollar tu inteligencia emocional, el primer paso es comenzar a conocerte, reconociendo tus propias emociones y el impacto que tienen en tu entorno. Llevar un registro diario y conectar los diferentes ámbitos de tu vida con tus principales objetivos es fundamental. El segundo paso es tener una atención plena y una muy buena empatía, dos aspectos fundamentales para desarrollar una alta inteligencia emocional.
Escuchar es clave para entender y mantener un lenguaje corporal atento, lo que fomenta la comunicación efectiva, y por otro lado, la adaptabilidad permite ajustar tu enfoque según las prioridades. Y el tercer y último paso es reflexionar sobre tus experiencias pasadas, lo cual ayuda a prepararse mejor para próximas situaciones emocionales.