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Mónica García contradice su propio mensaje sobre el tabaco: la ciencia apunta al humo, la ley mira hacia otro lado

La cuestión no es afirmar que las alternativas sin humo sean inocuas. No lo son. ¿Pueden ayudar a dejar el tabaco?

El propio mensaje difundido por el Plan Nacional sobre Drogas, dependiente del Ministerio de Sanidad, pone de manifiesto una aparente contradicción con la reforma de la ley del tabaco impulsada por la ministra Mónica García. Mientras la Administración reconoce que la mayor parte del daño asociado al tabaquismo procede de la combustión y del humo, la nueva regulación no diferencia entre el cigarrillo convencional y las alternativas sin humo, que contienen muchas menos sustancias tóxicas y que, según sus defensores, podrían desempeñar un papel en la cesación tabáquica de fumadores adultos que no consiguen dejar de fumar por otras vías. En este sentido, sí hay países que han conseguido resultados extraordinarios, como Suecia, Reino Unido o Nueva Zelanda, entre otros.

Porque la cuestión es mucho más compleja. Hasta ahora, las políticas impulsadas en España para combatir el tabaquismo no han conseguido, ni de lejos, reducir de forma significativa el consumo de cigarrillos ni ayudar a un número suficiente de fumadores a abandonar un hábito tan perjudicial para la salud. Se han sucedido leyes, restricciones y prohibiciones, pero España sigue figurando entre los países europeos con una elevada prevalencia de fumadores. La pregunta es inevitable: ¿qué resultados diferentes aportará esta nueva ley?

El mensaje del Plan Nacional sobre Drogas introduce una cuestión clave en el debate sobre el tabaquismo: la principal causa de las enfermedades relacionadas con el consumo de tabaco es la combustión. Así, si el humo es el origen del mayor daño, cualquier política pública orientada a reducir el riesgo debería tener en cuenta esa diferencia.

Sin embargo, mientras organismos dependientes de Sanidad trasladan este enfoque, las propuestas regulatorias avanzan hacia una equiparación cada vez mayor entre el cigarrillo convencional y las alternativas sin humo. El resultado es una aparente contradicción: se reconoce que la combustión es el principal problema, pero se regula como si la presencia o ausencia de combustión careciera de relevancia.

En este contexto, un artículo publicado en la revista Nature Health por los expertos en salud pública Robert Beaglehole, Ruth Bonita y Tikki Pang —todos ellos con una larga trayectoria vinculada a la OMS— advierte de que las políticas actuales de control del tabaco avanzan de forma insuficiente para alcanzar los objetivos globales de reducción de enfermedades no transmisibles. Según los autores, la implementación del Convenio Marco para el Control del Tabaco (FCTC) se ha ralentizado en muchas regiones y el impulso político ha perdido fuerza.

En este sentido, estos expertos han dejado constancia de la «necesidad» de apelar a las alternativas sin humo, como las bolsas de nicotina, el tabaco calentado y el cigarrillo electrónico «bien regulado» no como en España y acabar con la lacra del tabaquismo.

La cuestión no es afirmar que las alternativas sin humo sean inocuas. No lo son. El debate radica en si tiene sentido aplicar el mismo tratamiento regulatorio a productos que generan humo y a otros que no lo generan. Cuando la regulación elimina cualquier diferenciación entre ellos, transmite implícitamente a los fumadores adultos el mensaje de que todas las opciones presentan un riesgo equivalente.

Esa es la paradoja. Por un lado, la propia Administración explica que el daño deriva fundamentalmente del humo producido por la combustión. Por otro, ese mismo criterio apenas encuentra reflejo en la regulación propuesta, lo que puede acabar enviando a la ciudadanía un mensaje distinto del que trasladan los propios organismos de Sanidad.

Nuevo estudio

La futura ley antitabaco impulsada por la ministra de Sanidad, Mónica García, vuelve a abrir el debate sobre si todos los productos con nicotina deben recibir el mismo tratamiento legal. El anteproyecto, aprobado por el Consejo de Ministros, equipara las restricciones aplicables al cigarrillo convencional con las del tabaco calentado y los cigarrillos electrónicos, pese a que diversos estudios científicos describen diferencias significativas en las emisiones de compuestos tóxicos asociadas a cada uno de ellos. Y es que, un nuevo estudio publicado en Toxics concluye que los aerosoles del tabaco calentado contienen niveles significativamente inferiores de compuestos tóxicos asociados a la combustión que el humo del cigarrillo.

¿Qué dicen los especialistas?

Dos referentes internacionales en prevención cardiovascular, el profesor Silvio Festinese y el doctor Dimitris Richter, han publicado recientemente una revisión científica que vuelve a situar en el centro del debate el papel de los productos de nicotina sin combustión como estrategia de reducción del daño asociado al tabaquismo. Los expertos sostienen que, junto a las medidas tradicionales de control del tabaco, las alternativas sin combustión pueden desempeñar un papel relevante para ayudar a reducir el impacto sanitario del tabaquismo, especialmente entre aquellos fumadores que no consiguen abandonar el cigarrillo por otras vías.

El trabajo, titulado Cardiovascular effects of electronic cigarettes and heated tobacco products: Clinical evidence from a narrative review, analiza la evidencia disponible sobre cigarrillos electrónicos y productos de tabaco calentado desde una perspectiva cardiovascular. La revisión reúne datos procedentes de ensayos clínicos aleatorizados, estudios observacionales y análisis de cohortes, con el objetivo de evaluar cómo impacta el cambio desde el cigarrillo convencional hacia alternativas sin combustión.