Dr. José R. Rumoroso: «La pérdida de sodio y potasio por el calor favorece la aparición de arritmias»
"Cuando aparece la sed, ya existe un grado de deshidratación real"
"Las personas mayores son especialmente vulnerables porque su capacidad de adaptación al calor está reducida"
Las altas temperaturas, la deshidratación, el aumento del consumo de alcohol y los cambios de hábitos propios de las vacaciones pueden convertirse en un riesgo para la salud cardiovascular.
Durante el verano, el organismo realiza un mayor esfuerzo para regular su temperatura, una situación que puede favorecer bajadas de tensión, alteraciones del ritmo cardíaco y otras complicaciones, especialmente en personas con enfermedades cardiovasculares previas, hipertensión, diabetes, obesidad o en la población de edad avanzada. Para conocer cómo afectan estos factores al corazón y qué medidas conviene adoptar, OKSALUD ha hablado con José Ramón Rumoroso, director de la Fundación EPIC.
PREGUNTA.- ¿Por qué las altas temperaturas del verano pueden aumentar el riesgo de sufrir problemas cardiovasculares y qué personas deberían extremar especialmente las precauciones?
RESPUESTA.- El calor obliga al organismo a realizar un esfuerzo continuo para mantener su temperatura interna dentro de los límites seguros. Para lograrlo, los vasos sanguíneos de la piel se dilatan y el corazón tiene que bombear más sangre hacia la superficie corporal. A esto se suma la pérdida de líquidos por el sudor, que reduce el volumen de sangre circulante y hace que el corazón trabaje con más dificultad. El resultado es una sobrecarga cardiovascular que, en condiciones normales, el organismo compensa sin problema, pero que en situaciones de calor extremo o en personas con el corazón ya comprometido puede desembocar en una complicación seria.
Las personas que deben extremar más las precauciones son aquellas con enfermedades cardiovasculares previas —insuficiencia cardíaca, enfermedad coronaria, arritmias—, pero también quienes tienen hipertensión, diabetes u obesidad, aunque se encuentren estables. Las personas mayores son especialmente vulnerables porque su capacidad de adaptación al calor está reducida y a menudo perciben menos la sed, lo que facilita la deshidratación silenciosa. Y no hay que olvidar a los trabajadores expuestos al calor durante horas y a los deportistas que mantienen entrenamientos intensos en verano.
P.- La deshidratación es uno de los principales riesgos durante los meses estivales. ¿Cómo afecta la pérdida de líquidos y electrolitos al corazón y qué señales de alerta no deberíamos ignorar?
R.- Cuando perdemos líquidos y no los reponemos, la sangre se concentra y se vuelve más viscosa. Esto tiene dos consecuencias directas sobre el corazón. Por un lado, tiene que hacer más fuerza para bombear esa sangre más espesa; por otro, aumenta el riesgo de formación de coágulos, lo que puede desencadenar un infarto de miocardio o un ictus. Además, la pérdida de electrolitos —especialmente sodio y potasio— puede alterar la actividad eléctrica del corazón y favorecer la aparición de arritmias.
Las señales de alerta que no deben ignorarse son la sensación de mareo al levantarse, la sequedad de boca acompañada de orina oscura y escasa, los calambres musculares, las palpitaciones o la sensación de que el corazón «da un salto». Y hay que subrayar algo importante: cuando aparece la sed, ya existe un grado de deshidratación real. No hay que esperar a tener sed para beber. En pacientes con insuficiencia cardíaca o que toman diuréticos, el equilibrio es especialmente delicado y conviene revisar con el médico las pautas de hidratación antes de afrontar el verano.
P.- Los expertos hablan del llamado «holiday heart syndrome», relacionado con el consumo de alcohol durante las vacaciones. ¿En qué consiste este fenómeno y qué consecuencias puede tener para la salud cardiovascular?
R.- El holiday heart syndrome es un fenómeno bien conocido en cardiología, aunque menos en la población general. Fue descrito por primera vez en los años setenta y hace referencia a la aparición de arritmias cardíacas —fundamentalmente fibrilación auricular— en personas sin cardiopatía conocida, tras un consumo agudo o excesivo de alcohol. El nombre viene precisamente de su asociación con períodos festivos o vacaciones, cuando el consumo de alcohol tiende a aumentar.
El mecanismo no es trivial. El alcohol tiene un efecto directo sobre las células del músculo cardíaco y sobre el sistema nervioso autónomo que regula el ritmo del corazón. Puede provocar una excitabilidad eléctrica anormal en las aurículas y desencadenar episodios de fibrilación auricular que, aunque en muchos casos se resuelven espontáneamente al cesar el consumo, pueden causar palpitaciones intensas, sensación de ahogo o mareo, y en algunos casos requerir atención urgente. Lo que resulta especialmente relevante desde el punto de vista clínico es que la fibrilación auricular, incluso en episodios breves, aumenta el riesgo de formación de trombos en el corazón y, con ello, el riesgo de ictus. No es un fenómeno inofensivo. A esto hay que añadir que el alcohol deshidrata, dilata los vasos periféricos y puede interaccionar con algunos fármacos cardiovasculares, amplificando sus efectos o reduciendo su eficacia.
P.- Entre los cambios de rutina, el calor y una alimentación menos saludable, ¿qué recomendaciones básicas daría para proteger la salud del corazón durante las vacaciones?
R.- Las recomendaciones son sencillas, pero requieren constancia: hidratarse de forma regular a lo largo del día sin esperar a tener sed, evitar el alcohol o reducirlo al mínimo, no hacer ejercicio intenso entre las doce y las cinco de la tarde, buscar ambientes frescos durante las horas de máximo calor y no modificar nunca el tratamiento cardiovascular sin supervisión médica. Y ante síntomas como dolor en el pecho, palpitaciones que no ceden, dificultad para respirar o pérdida de conocimiento, buscar atención médica sin demora. En cardiología, el tiempo es un factor crítico.
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