Dr. Javier Ampuero: «La obesidad y la diabetes están detrás del aumento de la enfermedad hepática»
"Hoy podemos identificar la fibrosis hepática sin necesidad de biopsia en muchos casos"
"La mayoría de los pacientes con hígado graso no sabe que lo tiene"

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OKSALUD entrevista al Dr. Javier Ampuero, uno de los mayores expertos españoles en enfermedad hepática metabólica, para analizar una patología cada vez más frecuente y todavía infravalorada: el hígado graso metabólico. En esta conversación aborda los retos del diagnóstico precoz, la importancia de identificar a los pacientes con mayor riesgo de progresión y los avances que están transformando el tratamiento de una enfermedad que puede evolucionar de forma silenciosa hasta fases graves como la fibrosis avanzada o la cirrosis.
El Dr. Javier Ampuero es jefe de la Unidad de Hepatología y Trasplante Hepático del Hospital Universitario Virgen del Rocío de Sevilla, investigador del Instituto de Biomedicina de Sevilla (IBiS) y director del Registro HEPAmet de la Asociación Española para el Estudio del Hígado (AEEH). Su trayectoria investigadora se ha centrado especialmente en la enfermedad hepática metabólica, el estudio de la fibrosis hepática y la búsqueda de nuevas estrategias para mejorar la detección y el manejo de los pacientes con riesgo de progresión. Considerado uno de los referentes nacionales en este campo, participa activamente en proyectos de investigación orientados a lograr una atención más personalizada y eficaz para las personas con enfermedades del hígado.
Pregunta.- Cada vez se habla más de la enfermedad hepática metabólica, pero muchas personas todavía no saben qué es. ¿Cómo explicaría qué ocurre en el hígado cuando hablamos de esta enfermedad?
Respuesta.-La enfermedad hepática metabólica (conocida hasta hace poco como hígado graso no alcohólico) es una alteración en la que el hígado comienza a acumular grasa en exceso, principalmente como consecuencia de problemas metabólicos como la obesidad, la diabetes tipo 2, el colesterol elevado o la resistencia a la insulina.
Para entenderlo de forma sencilla, podemos imaginar al hígado como una gran «fábrica» encargada de procesar nutrientes, almacenar energía y eliminar sustancias tóxicas. Cuando el organismo mantiene durante años un exceso de calorías, especialmente asociado a una mala regulación del metabolismo, esa fábrica empieza a almacenar más grasa de la que puede gestionar. En una primera fase, esa acumulación puede no dar síntomas y parecer inofensiva, pero con el tiempo puede desencadenar inflamación, daño en las células hepáticas y, en algunos casos, fibrosis o cicatrización progresiva del tejido.
P.- ¿Estamos ante una de las grandes enfermedades del siglo XXI? ¿Cuántas personas podrían estar afectadas actualmente en España y en el mundo?
R.- Sí, probablemente estamos ante una de las grandes enfermedades del siglo XXI, porque va de la mano del aumento global de la obesidad, la diabetes tipo 2 y el sedentarismo.
Se estima que alrededor del 30% de la población mundial (más de 1.500 millones de personas) podría padecer enfermedad hepática metabólica. En España, afecta aproximadamente a uno de cada cuatro adultos, muchas veces sin que lo sepan, ya que suele no dar síntomas en sus fases iniciales.
P.- Durante años se ha asociado el hígado graso al consumo de alcohol, pero hoy sabemos que existe otro tipo relacionado con factores metabólicos. ¿Qué ha cambiado en nuestra forma de entender esta enfermedad?
R.- Durante años, cuando se detectaba grasa en el hígado, se asumía casi automáticamente que la causa principal era el consumo de alcohol. Sin embargo, en los últimos años hemos comprobado que muchas personas desarrollan esta alteración sin tener una ingesta alcohólica significativa.
Lo que ha cambiado es que hoy entendemos que, en la mayoría de estos casos, el origen está en alteraciones metabólicas como la obesidad, la diabetes tipo 2, el exceso de grasa visceral o la resistencia a la insulina. Es decir, el hígado refleja un problema sistémico relacionado con cómo el organismo gestiona la energía y el metabolismo.
Este cambio de enfoque ha sido muy importante porque nos ha permitido entender que no estamos ante una enfermedad exclusivamente hepática, sino ante una manifestación más de la epidemia metabólica que caracteriza a nuestra sociedad actual.
P.- ¿Por qué una persona puede tener grasa en el hígado y no notar ningún síntoma durante años?
R.- Porque el hígado es un órgano extraordinariamente resistente y con una gran capacidad de adaptación. En las primeras fases puede acumular grasa y seguir realizando sus funciones con relativa normalidad, sin generar señales de alarma evidentes.
El problema es que este proceso suele avanzar de forma lenta y silenciosa durante años. Mientras no aparece inflamación o un daño más importante en el tejido hepático, la mayoría de las personas no nota síntomas o presenta molestias muy inespecíficas, como cansancio o sensación de pesadez, que rara vez se relacionan con el hígado.
Precisamente esa ausencia de síntomas es uno de los mayores desafíos de esta enfermedad, porque cuando se diagnostica en fases avanzadas puede existir ya un daño hepático significativo.
P.- Uno de los grandes retos es detectar qué pacientes tienen riesgo de evolucionar a fibrosis o cirrosis. ¿Cómo se identifica actualmente a esos pacientes?
R.- Efectivamente, uno de los grandes retos es que no todos los pacientes con enfermedad hepática metabólica van a desarrollar formas graves. La mayoría tendrá una evolución estable, pero un porcentaje puede progresar hacia fibrosis, cirrosis o incluso insuficiencia hepática, y el desafío está precisamente en identificar a esos pacientes a tiempo.
Actualmente, utilizamos una combinación de herramientas no invasivas. En primer lugar, se analizan factores clínicos como la presencia de obesidad o diabetes tipo 2 o síndrome metabólico, y se complementa con análisis de sangre que permiten calcular índices de fibrosis. Además, disponemos de técnicas de imagen como la elastografía, que mide la rigidez del hígado y ayuda a detectar si existe cicatrización del tejido.
El objetivo es poder identificar precozmente a los pacientes con mayor riesgo y actuar antes de que aparezca un daño hepático irreversible.
P.- Su equipo ha trabajado en herramientas como el sistema Hepamet para identificar fibrosis avanzada sin necesidad de recurrir siempre a pruebas invasivas. ¿Qué aporta este tipo de herramientas al diagnóstico?
R.- Herramientas como Hepamet Fibrosis Score o FIB-4 han supuesto un avance importante porque nos permiten identificar de forma mucho más precisa qué pacientes tienen un mayor riesgo de presentar fibrosis avanzada sin necesidad de recurrir, en muchos casos, a procedimientos invasivos como la biopsia hepática.
Estas herramientas combinan datos clínicos y analíticos del paciente para estimar la probabilidad de daño hepático significativo de una forma sencilla, accesible y aplicable en la práctica diaria. Esto facilita detectar antes a los pacientes que necesitan un seguimiento más estrecho o estudios complementarios, al tiempo que evita pruebas innecesarias en aquellos con bajo riesgo.
P.- ¿Hasta qué punto la obesidad y la diabetes tipo 2 están detrás del aumento de esta enfermedad?
R.- La obesidad y la diabetes tipo 2 son probablemente los principales motores del aumento de esta enfermedad. La acumulación excesiva de grasa corporal, especialmente la grasa visceral, junto con la resistencia a la insulina, favorecen que el hígado empiece a almacenar grasa y, con el tiempo, pueda inflamarse y desarrollar fibrosis.
De hecho, la enfermedad hepática metabólica se ha convertido en una de las manifestaciones más claras de la actual epidemia de trastornos metabólicos. Cuanto mayor es la prevalencia de obesidad y diabetes en la población, mayor es también el número de personas con afectación hepática, lo que explica el crecimiento sostenido que estamos viendo en todo el mundo.
P.- ¿Qué avances farmacológicos podrían cambiar el futuro de los pacientes con enfermedad hepática metabólica?
R.- Estamos viviendo un momento especialmente prometedor porque, por primera vez, empezamos a disponer de tratamientos capaces de modificar la evolución natural de la enfermedad. Un ejemplo muy relevante es resmetirom, el primer fármaco aprobado específicamente para pacientes con formas avanzadas de enfermedad hepática metabólica con fibrosis, que ha demostrado reducir la grasa hepática y mejorar el daño inflamatorio y fibrótico del hígado.
Además, otros tratamientos desarrollados inicialmente para la obesidad o la diabetes, como los agonistas del receptor GLP-1, están mostrando resultados muy prometedores al conseguir una pérdida de peso mantenida y mejorar de forma indirecta la salud hepática.
Todo apunta a que estamos entrando en una nueva era terapéutica, en la que combinaremos cambios en el estilo de vida con tratamientos dirigidos a perfiles concretos de pacientes, algo que hace apenas unos años parecía impensable.
P.- ¿Cuál es el error más frecuente que cometen los pacientes cuando reciben el diagnóstico de hígado graso?
R.- Probablemente el error más frecuente es restarle importancia al diagnóstico. Muchos pacientes escuchan “hígado graso” y lo interpretan como un hallazgo menor o reversible sin darle demasiada relevancia, especialmente porque en la mayoría de los casos no existen síntomas.
Sin embargo, aunque en fases iniciales puede ser una alteración reversible, en algunos pacientes la enfermedad puede progresar silenciosamente durante años hacia fibrosis, cirrosis o complicaciones cardiovasculares. Otro error habitual es pensar que se trata únicamente de un problema del hígado, cuando en realidad refleja un trastorno metabólico más amplio que suele estar relacionado con el exceso de peso, la diabetes o hábitos de vida poco saludables.
P.- Después de años dedicado al estudio del hígado, ¿qué es lo que más le sigue sorprendiendo de este órgano y de su capacidad de recuperación?
R.- El hígado es un órgano extraordinariamente resistente, capaz de seguir funcionando incluso cuando existe un daño importante y, en determinadas circunstancias, de recuperar parte de su estructura y función cuando eliminamos la causa que lo está lesionando. Pero, al mismo tiempo, también impresiona su capacidad para “sufrir en silencio”. Puede acumular daño durante años sin dar síntomas, y cuando finalmente aparecen las manifestaciones clínicas, a veces llegamos tarde.
Esa dualidad —ser uno de los órganos con mayor capacidad de regeneración del cuerpo y, a la vez, permitir que la enfermedad avance de forma silenciosa— es lo que sigue haciendo del hígado un órgano fascinante y un gran desafío para quienes nos dedicamos a estudiarlo.
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