ZP, una mentira pública
Se esperaba con interés el masaje cervical a Zapatero en la televisión pública por su compañero de cenas favorito, Javier Ruiz. Faltaba en la entrevista la otra mitad de la cena. Suponemos que, después del masaje protagonizado por el bulero oficial del régimen, autopresentado como periodista, compartirían confidencias y argumentarios entre bambalinas. Igual ahí, en la intimidad de la trola, contaría el amigo de dictadores vivos de dónde sacó las joyas que todavía no ha declarado.
La entrevista fue un esperpento previsible que desestima cualquier defensa jurídica y política del presunto delincuente. Para la izquierda, el único tribunal que reconoce, porque lo conoce y manipula a su antojo, es el de la opinión pública. De ahí que se fuera don Talente a expurgar culpas y a disipar sombras sobre la procedencia de sus talentos.
Ni una cosa ni la otra. Salió de ahí tal y como entró. Con las condenas que llegarán pendientes de una sentencia que celebraremos. En su monserga televisada, Zapatero ha intentado imponer a los acólitos de lobotomía diaria y a masoquistas curiosos un discurso sobre la inocencia de una víctima que no es tal y de un perseguido que no existe. Su estrategia ante el servil Ruiz de alargar las respuestas, pausando sus tonos, como si quisiera darle solemnidad a un proceso que acabará con sus cejas en los tribunales y sus huesos haciéndole compañía a Ábalos y a super Santos Cerdán.
Su discurso se ha basado en la repetición de mensajes inanes y anodinos, no por conocidos menos mezquinos, y en el desplazamiento del foco desde las acusaciones concretas hacia el respeto al Estado de derecho y la presunción de inocencia, mantra repetido de manera cansina y tacticista que busca imponer en el imaginario colectivo afín una sensación de indefensión frente a la maquinaria judicial, policial y política. Guardó silencio sobre las evidencias probadas y no disipó las dudas fehacientes sobre sus corruptelas. Los indicios que le vinculan a una organización criminal que lideró y dirigió son tan abrumadores que, cuando empiece el paseíllo ante el juez, los más preclaros defensores del faro moral de la izquierda guardarán silencio, tomarán distancia o negarán, como buenos Judas políticos, haberle conocido nunca.
Si no salimos del cuadro de activismo en el que Sánchez y su admirador José Pablo han convertido TVE, podríamos pensar que la tranquilidad impostada de José Luis era certeza de inocencia. Sus vanos intentos de reconducir la conversación hacia ese marco narrativo, intentando demostrar transparencia, lo abocan al fracaso, porque lo explica en un contexto social y reputacional que tiene perdido de antemano. De ahí que dijera poco, minimizara riesgos y se enfrentara con alegría cómoda a la cerviz de Ruiz, que se dobló hasta su mito una docena de veces, con la seguridad de jugar con las cartas marcadas, el árbitro a favor y las normas trucadas. Lo que ha hecho siempre con impunidad, hasta que le han pillado. Zapatero, en suma, sabía dónde estaba y por qué eligió TVE y a ese presentador para comparecer públicamente, tras más de un mes sin dar explicaciones. Aunque en comunicación política se trabaja en un plano contrario, en esta ocasión, lo verosímil no está resultando más poderoso que la verdad.
Sobre el tema de las joyas, la empresa de sus hijas o Julio Martínez dio una imagen de seguridad impostada y discurso repetitivo, en línea con la del Gobierno. A partir de ahora veremos cómo la Agencia Tributaria, delegación especial controlada por la cueva de Alí Ferraz, impondrá en sus formularios una nueva casilla que rece: Incremento de patrimonio sin afán. Y los socialistas contribuyentes, pocos, seguirán a su faro moral y marcarán Exenta. En una actualización del eslogan zapateril, es justo decir que el socialismo es trincar mucho y estar dispuesto a declarar poco.