Vendedores de crecepelo y el relato mentecato
En el Gobierno han leído a Gramsci. Al menos, alguien en el Gobierno sabe quién es Gramsci. Y por qué lo que dijo hace más de un siglo sigue teniendo vigencia en la actualidad. Repetía el insigne comunista italiano que la seducción de las masas no depende tanto de la penetración política de los cuadros apesebrados, sino del control ejercido en los principales resortes, estáticos, de poder institucional: academia, cultura, medios de comunicación. Desde que la izquierda entendió lo que debía controlar –y por ende manipular a conciencia–, su éxito o fracaso político ya no dependía tanto de una buena o mala campaña electoral, sino del volumen de mentes compradas a partir de intenciones y no de realidades.
Con las aportaciones modernas del socialista Laclau, la evolución populista de la progresía fue palpable. En su Hegemonía y estrategia socialista, aventuraba este argentino cómo pasar de la lucha de clases a la lucha de causas, enfrentando a la población por segmentos contrapuestos: heterosexuales contra homosexuales, mujeres contra hombres, gente del campo contra urbanitas, ecologistas frente a ecolojetas, etc. y en ello siguen, sabedores de que la polarización incrementa la adhesión del votante de izquierdas al conflicto, mucho menos apegado a motivaciones lógicas de comportamiento.
Esa razón populista es lo que ha llevado estos días a vendedores de crecepelo y falsos gurús a vender la moto de una sabiduría electoral inexistente, propia de una trayectoria más llena de fracasos que de éxitos, con objeto de inocular en la población una suerte de mantras que al sanchismo le convienen introducir en el debate público, a saber:
A) Que Sánchez puede revalidar porque la clave está en la población desmovilizada que le irá a votar a él a pesar de la corrupción, las mentiras y el empobrecimiento social.
B) Que España es un Estado plurinacional, la Constitución así lo reconoce y que las nuevas generaciones necesitamos un nuevo texto jurídico integrador y moderno.
C) Que no hay alternativa a un sistema de partidos donde la putrefacción se ha instalado más allá de los resortes políticos de poder. Y, por lo tanto, todo se circunscribe al tablero -inclinado- donde la izquierda marca las normas y cierta derecha (ahora la llaman plural), acomplejada, pasa por el aro.
Entienden la comunicación como un arma de construcción masiva de eslóganes, performances bolivarianas y retórica hueca pero efectiva, donde la ventana de Overton se abre hacia un extremo peligroso e inaceptable: empezaron con el aborto y se acaba reconociendo España como nación de naciones.
En esas entelequias dialécticas y políticas, los nuevos gurús de manual saben que no se trata de lo que sabes, sino de cómo vendes lo que sabes. El reto de la era actual reside en construir una comunicación que comparte voluntades y que no compite por razones y lógicas. Vivimos un cambio de época en el que las palabras adquieren un nuevo sentido: y en eso está el sanchismo y adláteres: en renombrar para seguir conservando el poder. Donde ya no somos lo que hicieron, sino lo que son capaces de vender. No se trata de cuántas palabras baratas replican de manera falaz, sino de si las reciben y exportan por los canales y medios adecuados. Por eso es tan peligroso prestarles atención y espacio. Porque ya no interpretan solo la realidad, crean una nueva, en ese relato mentecato que no dice nada, pero lo explica todo. Y actúan en consecuencia, porque hemos aceptado como sociedad lo que hace años era inaceptable.
Ahora, se dedican a explicar las mentiras como si fueran una verdad natural, jurídica e innegociable. Mentiras redomadas, sin base histórica ni sociológica. Mentiras cocinadas a fuego lento, para que se acepte con el tiempo en su tablero inclinado falaz. Mentiras sanchistas, de manual.
El comunicador exitoso, y lo sabe en la Moncloaca, es aquel que es consciente de esta máxima para potenciar su soberanía ante las masas con su oratoria y no su servidumbre ante lo que le atenaza: el miedo a perder el poder. Hasta los vendedores de crecepelo entienden a Gramsci mientras practican a Maquiavelo.