Uno no elige a los padres
La muerte de Carmen Franco vuelve a llenar las redes sociales de bilis e inmundicia. Uno no elige a los padres en particular ni a la familia en general. Por ello, relacionar el comportamiento de esta mujer con el dictador Francisco Franco, o alegrarse de su muerte, es abyecto desde el punto de vista moral y ético. No por ser la hija de Franco, sino como persona que jamás ha propiciado ningún tipo de controversia o escándalo. Nadie pone en duda que Francisco Franco Bahamonde fue uno de los personajes más nefastos de nuestra historia reciente. Su dictadura sepultó las libertades y los derechos de la gran mayoría de los españoles bajo el yugo de la opresión durante casi 40 años. No obstante, una cosa era el militar y su labor al frente del Gobierno de España y otra muy distinta su descendencia.
De ahí que estos ataques cibernéticos contra Carmen Franco resulten igual de condenables que con cualquier otra persona cuya muerte haya provocado que las redes sociales se hayan llenado de oprobios. Esas actitudes tabernarias sólo denotan una grave inmadurez como sociedad. La misma que exhiben con demasiada frecuencia algunos dirigentes de la izquierda radical y del populismo bolivariano. Un ejemplo claro lo encontramos en la figura del sinvergüenza fiscal Juan Carlos Monedero, hombre de confianza de los dictadores Chávez y Maduro y que, sin embargo, en más de una ocasión ha osado decir que a España aún «le huelen los pies a franquismo». Distorsiones como esas son las que espolean comportamiento de una violencia verbal inaceptable entre los radicales.
Ciertas personas y ciertos grupos se esconden tras el aparente anonimato que da el mundo digital —sólo aparente porque el Tribunal Supremo ya ha condenado a una persona por este tipo de actividades— para verter lo peor de ellos mismos a base de insultos y ofensas que, la mayoría de las veces, nacen de los prejuicios y el desconocimiento. Así lo hemos visto anteriormente con la muerte de Ángel Nieto —al que acusaron de franquista— o con la de los toreros Iván Fandiño o Victor Barrio. Una turba de descerebrados celebró la muerte de todos ellos con alegría. Si hay algo antihumano es precisamente eso. De ahí que, ante la barra libre de insultos y amenazas que puebla las redes sociales, nuestros representantes deban endurecer el artículo 510 del Código Penal, que hasta ahora castiga este tipo de delitos con entre uno y cuatro años de cárcel. Así, nuestro país será un sitio más respetuoso y respetable. En definitiva, un mejor lugar donde vivir.
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