Las tractoradas son el retrato de la España real frente a los cuentos sanchistas
Lo que está ocurriendo en España es lo que viene ocurriendo en otras naciones de la UE, con el añadido de que aquí hay un Gobierno que es la expresión más papanata del ecologismo de salón: la rebelión del campo se extiende y el Gobierno trata de evitar que las marchas paralicen el país ordenando a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado que extremen el celo contra los manifestantes. Ni que fueran la kale borroka. Las marchas han roto los esquemas del Ejecutivo socialcomunista, pero también de los sindicatos agrarios y la patronal -por cierto, si la mayoría de los agricultores que protestan son autónomos se echa en falta la voz de los presidentes de las asociaciones del ramo, cómodamente instalados en un silencio atronador-.
Lo que estamos viendo es que miles de trabajadores del campo, a los que el secretario general de Comisiones Obreras llama despectivamente «empresarios», han decidido echarse a las carreteras de toda España hartos del Ejecutivo y también de los sindicatos. No va a detenerlos el Gobierno con desprecios ni reproches -ya sólo queda que los meta en el saco de la fachosfera- porque sus protestas están plenamente justificadas y porque no tienen mucho más que perder al haberlo perdido casi todo. En estas circunstancias, las manifestaciones son la legítima manera que tiene el sector de rebelarse contra la dictadura ecojeta y esa Agenda 2030 que es una soga al cuello de agricultores, ganaderos y pescadores. Las tractoradas son la expresión de una indignación labrada día a día a causa de una PAC que se ha caracterizado por subvencionar la no producción -es decir pagar por abandonar la agricultura-, un disparate que ahora se traduce en un incremento insostenible de los precios. Ha sido una Política Antiagraria Común la que ha destrozado el sector. Eso y gobiernos como el español que han hecho de lo verde un falso reclamo progresista, además de un negocio.