Opinión

Sin noticias de Gurb en el Congreso

La investidura paripé, de la que dimos cuenta el miércoles en primera sesión, vivió este viernes su segunda vuelta ajena a la previsible futura algarada de la masa, que amenaza con rebelarse por hacerle conjugar en fiestas la pandereta y el voto. En un país que festeja tanto y por todo ni siquiera motiva acudir a legitimar a quien hace de la política el arte de lo odioso, el sectarismo más inquieto, el circo mediático que entretiene a la plebe acrítica de sillón y relato en familia. Seguimos, como escribiera Mendoza, sin noticias de Gurb en el Congreso.

El miércoles hablé con varios diputados que me confesaban su estupor (sic) por la situación sobrevenida, retratando culpables en bancadas ajenas. Ninguno quiere terceras elecciones, pero todos trabajan por no evitarlas. Hace un año, el bipartidismo envejecía entre peticiones de renovación o muerte. Abrazamos el mosaico multipartidista como el remedio a todos los males del cortijo parlamentario de populares y socialistas. Somos tan parecidos a los italianos que hasta hemos copiado y mejorado su descojone político de los últimos decenios.

Rajoy y Sánchez, antes uno y ahora otro, disfrutan jugando al dilema del prisionero, aquel problema de la teoría de juegos que describía cómo dos personas pueden no llegar a trabajar juntos ni cooperar, aunque ello fuera en perjuicio de ambas partes. Ambos concentran en su persona el ego y la huevina de quien confunde poder y posición, interés general con interés de la gente. Sólo se hablan por mandato parlamentario o para que los directores de tertulia cansina tengan algo que contar y con lo que especular. Hasta la prensa está en crisis creativa de titulares. No importa. Ya se encargará la comunicación política de explicar lo que la política no es capaz de lograr. Hasta en eso nos estamos americanizando. Ni Pericles tendría ahora argumentos para su discurso fúnebre, salvo para condenar esta democracia de esclavos que parece deconstruirse a cada golpe de investidura.

Lo cierto es que el Congreso, y España, están bloqueados en el dilema de los prisioneros Rajoy y Sánchez, pero también por los intereses de los nuevos representantes de la sociedad. Tanto líder de jornaleros, tanto rufián de calle, tanto vocero descubierto, tanto intelectual de moral triple, han convertido el hemiciclo en un Babel sin escrúpulos ni sentido de Estado. Mucho menos de país. La política como entremés de sus pasiones, capa de sayo de quienes hacen de su escaño su patria vanidosa. Hemos castigado la corrupción dándole poder y oportunidad a ese grupo de interés que representa el despotismo más iletrado. Y lo estamos pagando. Ahora tendremos que ir a votar de nuevo (ya ni el optimismo te salva de la realidad). De tanto llamar «fiesta de la democracia» a esto último, acabaremos por celebrar un botellón por cada debate en el Parlamento. Madrid se inundará de carteles anunciando el espectáculo de gladiadores y fieras en el Coliseo de San Jerónimo. Y es que la fuerza siempre fue el derecho de las bestias. Hasta repartirán palomitas al pueblo.

P.S: Uno, de momento, irá este domingo —11.00horas, Plaza de España— a apoyar la democracia en Venezuela, mientras los amigos y defensores de las manifas en plazas y calles condenarán que se pida libertad en un país que no la tiene. Ellos son más de concentraciones espontáneas que luego patrimonializan o de marchas subvencionadas en dólares o patrocinadas por pistolas. Y casualmente, son los que piden estos días que la democracia popular triunfe. Nunca la unión de dos bellas palabras crearon una mentira más grande.