Los selfis los carga el diablo
La foto es correcta. Demasiado correcta. Por eso molesta. En ella aparecen el Rey, miembros del Gobierno y fuerzas de seguridad, en bloque, compareciendo ante una catástrofe ferroviaria con decenas de muertos. Su asistencia no tiene nada de inapropiada. Al contrario: su presencia es obligatoria. En una tragedia así, el poder debe abandonar otros asuntos para investigar lo sucedido, responsabilizarse de alguna manera en mayor o menor medida simbólica, y ofrecer consuelo, acompañar. Representan al Estado cuando el Estado falla porque un descarrilamiento con sus familias destruidas y sus vidas segadas, antes que nada es un fallo del sistema. Si no estuviera, la crítica sería atronadora: ausencia, frialdad, desconexión. La indignación sería bíblica.
Y, sin embargo, la imagen no deja de provocar rechazo y suscitar comentarios donde el pueblo se siente chuleado por el privilegio, una vez más. No por lo que muestra, sino por lo que transmite.
La fotografía tiene algo de anacrónico, de escena heredada. Evoca ese imaginario español de las fuerzas vivas de la posguerra (el cura, el guardia civil, el médico, el notario y el alcalde comegambas con barriga inabarcable): autoridad alineada, gesto grave, orden institucional frente al desastre. El tren siniestrado aparece como fondo decorativo; el padecimiento, fuera de plano. Todo está compuesto, limpio, abrillantado. Y ahí empieza el problema.
No se percibe desbordamiento, sino control. No se observa fragilidad, sino compostura. Y en una tragedia reciente, con cuerpos aún templados, esa estética resulta como poco indecorosa, muy en clave cines español del señorito Iván, franquismo estético, que es casi peor que el ideológico.
El enfado no es protocolario, ni operativo. Ni siquiera es político. Es emocional y simbólico. No se cuestiona que estén allí, sino cómo están. La imagen no representa duelo; falta desorden, falta humanidad. Y hoy el corazón colectivo no tolera que el poder «salga guapo» de una escena de muerte.
Es interesante que la foto incomoda también a muchos monárquicos, y no por republicanismo sobrevenido. El Rey no falla por ser rey, sino por aparecer ejerciendo autoridad cuando lo que se espera es resonancia con el sufrimiento. En una catástrofe, la jefatura del Estado no debe imponerse visualmente; debe casi borrarse. No es cercanía lo que se pide, sino humildad, modestia ante el dolor irresistible y ajeno cuando eres una institución premoderna en un ecosistema posmoderno.
El Estado comparece entero, limpio, estructurado, frente a un accidente que es, en parte, consecuencia de su propia negligencia. Y llega después, cuando ya no puede evitar nada. Y lo hace sin despeinarse, sin una grieta visible. Esa asimetría —entre ciudadanos rotos y representantes intactos— es lo que la imagen exhibe sin pudor (y es casi insoportable).
No se les exige que sufran. Nadie sensato pide que el poder tenga su propio accidente para ser digno de respeto. Pero tampoco se le perdona un posado erguidos, representativos (de sus privilegios), bien vestidos, ilesos, allí donde todo lo demás está destruido, junto al caos terrorífico que no han sabido evitar, indemnes, ante su propio fracaso. ¿No tienen nada que hacer?
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