Opinión

¿Por qué la monarquía española es ejemplarizante?

Muchos de nuestros representantes políticos tienen la costumbre de querer compararnos con otros países. Dichos políticos creen haber encontrado la solución a nuestros potenciales males en otros lugares del continente e incluso del planeta. Así, para la cuestión catalana, el presidente Sánchez nos trae de vuelta el caso de Quebec y Canadá. Cuando hablamos de Educación, no son pocos quienes izan la bandera de Dinamarca o Suecia o cuando se aborda la desigualdad social quienes también lanzan la supuesta ejemplaridad nórdica. Posiblemente, detrás de aquellos que se entretienen comparando y buscando modelos más allá de nuestras fronteras, hay una verdadera incapacidad para encontrar recetas ajustadas a la realidad española.

Provoca cansancio la comparación permanente y el hacernos creer que estamos en inferioridad respecto a nuestro entorno. El complejo de inferioridad español está muy presente en todas las partes de nuestra población y no son pocos quienes a estas alturas de nuestro desarrollo democrático siguen erre que erre con el mismo mantra. Del Spain is different de los años 60, que realmente fue un reclamo turístico que puso en marcha uno de los principales sectores generadores de crecimiento económico en España, hemos pasado a una versión con connotaciones negativas que pretende situarnos a años luz del club de países más desarrollados. Detrás de los agitadores de dichos eslóganes de la inferioridad española se sitúan, por un lado, los sectores del nacionalismo que necesitan nutrir sus argumentarios centrífugos con aseveraciones que calen entre sus partidarios. Y, por otro lado, quienes cuestionan la propia Transición española y pretenden abrir un nuevo proceso constituyente, como ocurre con Podemos.

Los podemitas suelen ser los más activos a la hora de reivindicar los modelos de Suecia, Dinamarca o Noruega. Pero qué curioso, obvian que los tres países mencionados tienen a un monarca como jefe de Estado. Sí, igual que España. Pero con grandes diferencias. La separación de poderes existente en España no sólo está incluida en la Constitución, sino que además es efectiva y real. Aquí, es sólo el Gobierno quien ejerce el poder ejecutivo. Por el contrario, en Dinamarca, Suecia o Noruega el poder ejecutivo reside en el rey o la reina. En casos como Noruega es la Constitución la que obliga al monarca a profesar la religión luterana y evangélica, al igual que hasta poco la mitad de los miembros del consejo de ministros debían profesar la religión oficial del Estado. Si en lugar de referirnos a Noruega estuviéramos hablando de España, ¿verdad que nos parecería estar ante un auténtico anacronismo? Pues bien, Noruega ha sido uno de los últimos países en tener una religión estatal y no ha sido hasta hace pocos años cuando se introdujeron modificaciones en la Constitución. Al ejemplo citado de Noruega, hay que sumar los de las otras monarquías del entorno, como también sucede en Inglaterra donde la reina tiene un liderazgo absoluto sobre la iglesia anglicana y sobre el Estado.

Al ejemplo de la religión se podría añadir el de la transparencia. La monarquía española es una de las más transparentes de nuestro entorno. Desde la llegada al trono del Rey Felipe VI, el jefe del Estado no ha hecho más que dar pasos en la modernización de todo lo relacionado con sus funciones. Y eso ha tenido un impacto directo en la opinión pública española. De hecho, entre las grandes preocupaciones de los españoles, la monarquía sólo preocupa al 0,1%. Es decir, una cifra muy testimonial. El prestigioso politólogo Ronald F. Inglehart aseguró que las monarquías tenían un impacto definitivo en el desarrollo de los estados. Afortunadamente para España, desde la llegada de la democracia y restauración de la monarquía los datos son concluyentes: desde 1975 hasta el  2000 el PIB creció un 89% y en los últimos 20 años se ha incrementado en un 142,5%.