Opinión

El pecado de Babel

El capítulo 9 del libro de Génesis explica que, tras el diluvio, «Dios bendijo a Noé y a sus hijos, y les dijo: ‘Sed fecundos, multiplicaos y llenad la tierra’». Los bisnietos de Noé, dirigidos por Nemrod, llegaron a la tierra de Senaar, en el valle formado por el Tigris y el Éufrates en Mesopotamia. Allí decidieron «edificarnos una ciudad (Babel) y una torre con la cúspide en los cielos, y hagámonos famosos, por si nos desperdigamos por toda la haz de la tierra», conforme al relato bíblico. Por su parte, el historiador judeo-romano Flavio Josefo dejó escrito en sus Antigüedades judías que Nemrod los incitó a construir la torre de Babel tan alta para que así «si Dios se proponía ahogar al mundo de nuevo… las aguas jamás las alcanzarían».

Fuera, pues, para incumplir el mandato de dispersarse y llenar la tierra, como explica la Biblia, fuera para evitar que las aguas de un nuevo diluvio les alcanzasen, como cuenta el historiador, el pecado de Babel fue en todo caso el deseo de los nietos de Noé de conseguir saltarse la ley para lograr su autonomía de la autoridad. Exactamente, lo mismo que quieren hacer Puigdemont y el resto de independentistas catalanes, de la mano de Otegi, los proetarras y los recogenueces vascos. Igual que los habitantes de Babel quisieron saltarse la ley de Dios para ser autónomos de su autoridad, independentistas vascos y catalanes quieren saltarse la Constitución para independizarse de la soberanía nacional, que sólo «reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado» conforme al artículo 1 de nuestra Carta Magna.

Para evitar que los habitantes de Babel se salieran con la suya, Dios, en vez de enviarles otro diluvio, que había prometido que no volvería a hacerlo dejándoles el arcoíris como señal de esa alianza -y además ya se ve que no había servido para nada- los condenó diciendo «confundamos su lenguaje, de modo que no entienda cada cual el de su prójimo» porque, hablando un mismo idioma, «nada de cuanto se propongan les será imposible». Y efectivamente así fue, los habitantes de Babel, sumidos en la confusión, dejaron la torre a medias y se desperdigaron por toda la tierra, como Dios les había mandado. Está por ver lo que va a ocurrir a partir de hoy en el Congreso de los Diputados, nueva torre de Babel de España, donde, como un nuevo Nemrod, Pedro Sánchez ha cedido al chantaje de los independentistas para mantener su corona de rey.

Igual que en la torre de Babel, desde hoy en el Congreso se hablará, además de en español, en catalán, euskera, gallego, valenciano y aranés, que son las otras lenguas cooficiales cada una en su respectiva comunidad, así como en aragonés y bable, que ni siquiera lo son en ningún sitio. Ninguna de estas lenguas es oficial ni en Madrid ni fuera de sus respectivas comunidades, de ahí la dudosa constitucionalidad de la reforma del Reglamento del Congreso, que tendrá lugar en el pleno del jueves con los votos del PSOE y sus socios nacionalistas y separatistas.

Para ello la socialista Francina Armengol, ha destinado 280.000 euros hasta final de año a la puesta en marcha de un sistema de traducción en la Cámara Baja, contratando traductores e instalando dispositivos electrónicos. Estos pinganillos son el método con el que los nuevos habitantes de Babel creen que van a poder reírse de la diosa Constitución para así lograr autonomía sobre su jurisdicción.

Pobres ilusos. En su mediocridad quieren medirse al pueblo español, que somos su máxima autoridad, como dioses para ellos. Nos desafían y pretenden someternos a su voluntad.

Con pinganillos o sin ellos, Sánchez y sus socios golpistas y proetarras entenderán que, como dice la Ley a la que están sometidos, «la Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles». Y los que no estén conformes que cojan sus cosas y, como los habitantes de Babel, se desperdiguen por toda el haz de la tierra.