¿Elecciones en febrero?
Ay, españoles…
Ya saben ustedes que este país tiene una cierta querencia por el suspense político. Aquí nunca sabemos exactamente cuándo ocurrirá el desenlace o muerte política, pero tenemos la certeza de que, cuando llegue, alguien dirá que estaba escrito.
Hace no mucho se lo comentaba a David, un buen amigo, periodista veterano de medios y ahora de empresa, de esos que han visto pasar presidentes, ministros, mayorías absolutas, mociones de censura y alguna que otra catástrofe electoral sin perder del todo el sentido del humor.
—Quizá, a estas alturas —le dije—, más que analistas necesitamos narradores capaces de imaginar los distintos finales de esta historia.
Mi amigo ya me había advertido hacía tiempo de que las elecciones generales de la era sanchista y proetarra (por su condición de socios de gobierno) podrían celebrarse en febrero. Pero ahora, en este nuevo escenario, añadía una posibilidad que tenía ese punto de ironía tan español que podría haberlo firmado Larra.
—Podría ser en julio —insistió David, con una expresión contenida—, como ya dejó caer Iván Redondo hace algún tiempo. Por aquello que resultó tan acertado en las pasadas elecciones. Verano, voto por correo, Correos y demás familia.
Hizo una pausa.
—Aunque ya sabes que en la política española hasta el calendario tiene ideología —observó.
No le faltaba razón.
Porque mientras Isaac Newton descubría que las manzanas caen hacia abajo, nosotros llevamos décadas intentando descubrir hacia dónde cae un gobierno cuando pierde la gravedad parlamentaria. Y aquí seguimos.
Larra escribió aquello de Vuelva usted mañana en una España que parecía condenada a tropezar con las mismas piedras. Casi dos siglos después, hemos sofisticado el procedimiento: ahora tenemos redes sociales, asesores, algoritmos, encuestas, tertulias de veinticuatro horas y expertos capaces de explicar por qué una derrota es, en realidad, una victoria de otra naturaleza.
Mi amigo, por cierto, es incluso más radical que yo. Asegura que cortaría por lo sano con esta realidad casi nauseabunda de una política frankesteiniana —sí, Frankenstein, el monstruo de Mary Shelley, aunque en nuestro caso el problema es que alguien siempre acaba encontrando un tornillo para mantenerlo en pie— hecha de pactos imposibles, extremos, cesiones y componendas de toda naturaleza. Pero claro, con los socios de gobierno hemos topado. Es decir, con la que está cayendo, siguen mirando hacia otro lado aunque se invada media España; total, País Vasco y Cataluña están al norte; ¡hasta ahí no llegarán! Que se joda el resto, como Ceuta.
—Menos mal que la justicia no se ha doblegado —me dijo mi amigo—. Y es verdad. Siempre les deberemos agradecimiento a quienes han defendido y frenado lo que muchos hemos llegado a considerar un golpe de Estado encubierto, porque han sido capaces de poner en jaque en muy poco tiempo una democracia tan asentada como la española. Me lo decía con la solemnidad de Churchill hablando de las horas más oscuras, aunque aquí, por fortuna, no estamos en 1940 y el enemigo no viene en bombarderos sobre Londres.
Pero su reflexión tenía mucho fondo.
Porque quizá algún día podamos mirar atrás y descubrir que, en determinados momentos, fueron los propios españoles —con sus jueces, sus periodistas, sus policías, sus funcionarios y también sus ciudadanos— quienes salvaron a España de España.
Y entonces aparece la pregunta que todos quieren responder y nadie puede demostrar: ¿por qué febrero?
Porque en política, a veces, no hay que preguntarse únicamente qué quiere hacer un presidente kamikaze como Pedro Sánchez. Hay que preguntarse cuánto tiempo puede permitirse no hacerlo. Sánchez tiene sobre la mesa varias partidas abiertas: la legislatura, los socios parlamentarios, la crisis de Ceuta, el desgaste político y un otoño judicial que vuelve a colocar en primer plano asuntos que afectan al PSOE y al entorno presidencial.
La causa de Begoña Gómez, además, ha dado un paso decisivo. El pasado 8 de septiembre se celebró la audiencia preliminar previa a un eventual juicio con jurado por presunto tráfico de influencias y malversación; el juez Juan Carlos Peinado debe decidir ahora sobre la apertura del juicio oral. La Fiscalía y las defensas reclaman el archivo, mientras la acusación popular mantiene su petición. Y claro, cómo defenderse fuera de un gobierno.
Por eso, ahí está también la posibilidad de aguantar hasta bien entrado 2027, aunque Sánchez se expondría a un mayor desgaste. ¿Esperar a que cambie el viento? ¿Intentar recuperar oxígeno político? ¿O elegir el momento en el que considere que todavía conserva capacidad para decidir cómo y cuándo se juega la partida? Pero todo ello sin otro baluarte, la fallida Ley de Nietos que de momento no le va a reportar votos.
Maquiavelo, que escribió El príncipe sin conocer Twitter, ya sabía que el poder consiste en buena medida en escoger el momento. El problema es que hoy el príncipe tiene demasiados relojes. Y todos marcan una hora distinta.
Febrero tiene, en cualquier caso, una ventaja evidente: el calendario.
Unas elecciones entonces permitirían a Sánchez convertir una situación de desgaste en una decisión propia. Podría presentarse ante los españoles antes de que determinados asuntos políticos y judiciales acumulen más recorrido y, sobre todo, evitar que la legislatura se convierta en una agonía parlamentaria retransmitida en directo.
Aunque también existe la posibilidad contraria.
Resistir. Resistir hasta donde se pueda, negociar con quien haga falta como hasta ahora (no es nada nuevo), aprobar lo que se pueda aprobar y llegar a julio de 2027 esperando que el paisaje haya cambiado.
Es la estrategia del jugador que sigue en la mesa porque todavía conserva una ficha o eso cree, aunque siga apoyando a un Zapatero agónico. Y Sánchez, si algo ha demostrado durante estos años, es que no parece tener demasiada afición por abandonar una partida antes de que termine.
—Morirá matando —me advirtió mi amigo una vez más con absoluto convencimiento.
—Eso es una frase de novela —le contesté a David al instante.
—Precisamente. Y esto ya parece una novela. ¿No crees?
Tenía razón.
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