Del «sí se puede» al «sí se cobra»: rumbo a la OIT y la OMS

Hay una vieja maldición de la política española: nadie dimite, nadie desaparece. Los unos acaban en un consejo de administración; los otros, en un organismo internacional. Es la jubilación anticipada del poder, ese lugar donde las derrotas se disfrazan de prestigio y los fracasos se convierten en nombramientos con membrete de Organización Mundial de algo. El pueblo cambia de autobús para llegar al trabajo; los ministros cambian de avión como si tal cosa y la revolución cabe en un despacho con vistas en Ginebra.
Resulta difícil no apreciar la ironía. Quienes hicieron carrera denunciando a «las élites», a «la casta», a «los privilegiados» y a «los poderosos» terminan aspirando a convertirse, precisamente, en eso; ahora como gratificación de Pedro Sánchez. El revolucionario siempre acaba encontrando muy cómodo el sillón cuando el sillón tiene chófer, secretaria, inmunidad diplomática y un sueldo que multiplica varias veces el salario medio de quienes decía representar; es decir, hablan las malas lenguas de 300.000 y 50.000 para gastos personales y 250.000 euros en otros foros de media; se sabrá, en todo caso, el nuevo sueldo exministerial.
Si finalmente Yolanda Díaz culmina su salto a la Organización Internacional del Trabajo, donde España ha aumentado un 22% su aportación –casualidad– y Mónica García encuentra acomodo en la Organización Mundial de la Salud, donde se han aportado 60 millones de euros –casualidad–, tras darse de bruces con Díaz Ayuso primero en Madrid, muchos ciudadanos tendrán la sensación de asistir a un viejo clásico de la política: el ascensor nunca deja de funcionar para quien ya vive en el último piso.
Ya lo dijo Pablo Iglesias con pulla afilada sobre Yolanda Díaz: «Será la afiliada de CCOO mejor pagada». ¡Anda! ¿Cómo te queda el cuerpo, ministra?
Hay algo profundamente simbólico en todo ello. Durante años, las dos ministras comunistas han pedido sacrificios a empresarios, autónomos y clases medias; han hablado de repartir riqueza, de limitar privilegios y de combatir las desigualdades. El discurso estaba lleno de pueblo, de obreros, de camareras de piso, de riders, de sanitarios agotados –Mónica, ¿lo recuerdas?– y de jóvenes condenados a encadenar contratos. Ahora, cuando aparece la posibilidad de ocupar un despacho internacional, el pueblo parece quedarse abajo, esperando el siguiente turno.
Hace unos años, en otras opiniones –Las Perlas, las llamaba– escribí que en España el poder tiene una extraordinaria capacidad para cambiar de chaqueta sin cambiar de piel. Y he repetido, de igual forma, en numerosas ocasiones, que aquí la memoria dura exactamente hasta el siguiente cargo. Quizá en ambos traté de describir el mismo fenómeno: la facilidad con la que algunos convierten la política en una carrera profesional donde nunca existe la palabra «fin», como Patxi López, que se encarama a cualquier fachada, ya sea autonómica o del mismo congreso y con distintos cargos.
La paradoja adquiere una dimensión todavía mayor cuando se observa el contraste entre el discurso y la realidad. Durante décadas, buena parte de la izquierda hizo bandera de la austeridad, de la igualdad y de la crítica permanente a los privilegios. Hoy muchos ciudadanos contemplan con escepticismo cómo quienes denunciaban las puertas giratorias celebran destinos internacionales que, aunque legales y perfectamente legítimos si se producen, inevitablemente alimentan la percepción de que existe una élite política que siempre aterriza de pie.
Especialmente llamativo resulta el caso de la sanidad. Mientras miles de pacientes esperan una consulta, una prueba diagnóstica o una intervención y el conflicto con buena parte del colectivo médico continúa a corazón abierto, la sola posibilidad de un salto internacional transmite una imagen difícil de explicar; por eso, Mónica García piensa recalar, de momento, en Madrid. Vamos a una breve transición.
Yolanda Díaz llegó prometiendo dignificar el trabajo. Mónica García irrumpió como la médica que encabezaba manifestaciones, levantaba pancartas y denunciaba el deterioro de la sanidad pública. Aquella imagen de protesta formaba parte de su identidad política, o eso decía. Hoy gobierna desde el Ministerio mientras los médicos mantienen un conflicto enquistado que ha tensado aún más el sistema sanitario. La pancarta ha sido sustituida por el segundo Consejo de Ministros más amplio de la democracia. El megáfono, por no argumentar nada. La rebeldía, por la no gestión. Es la transformación que tantas veces produce el poder: hacer nada, cobrar demasiado.
Decía George Orwell que algunos animales terminaban pareciéndose demasiado a aquellos contra quienes se habían rebelado. La frase sigue conservando una incómoda actualidad. Las revoluciones suelen acabar donde empiezan las alfombras.
Porque quizá el verdadero problema no sea que dos ministras puedan aspirar a responsabilidades internacionales. El problema es la imagen que proyecta una política que parece ofrecer siempre un destino confortable a quienes ya han disfrutado del poder, mientras tantos ciudadanos siguen atrapados en la precariedad, las listas de espera, las dificultades para acceder a una vivienda o la incertidumbre laboral. Y, sobre todo, por el sindicalismo. ¡Ay, sindicalistas, quién os ha visto y quién os ve! Si no hubiera tantas ayudas públicas…
El pueblo llano —ese al que tantos discursos invocan— no dispone de una OIT, de una OMS ni de una oficina internacional esperándole cuando termina su jornada. Tiene hipotecas, alquileres, oposiciones, contratos temporales y facturas. Ellos hacen cola; los gobernantes, carrera en organismos.
Y ahí reside la mayor ironía. Los que prometían asaltar los cielos han terminado instalándose, con notable comodidad, en ellos. En España todo sigue igual.
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