Opinión

¿Cuántos bombardeos hacen falta para acabar con los ayatolás?

  • Pedro Fernández Barbadillo
  • Columnista de Internacional. En la editorial Homo Legens ha publicado 'Eternamente Franco' y 'Los césares del imperio americano'. Su último libro es 'Eso no estaba en mi libro de historia del Imperio español' (Almuzara).

Los ejércitos de Israel y de Estados Unidos han empezado los bombardeos sobre Teherán y otras ciudades iraníes. El motivo es la detención definitiva del plan de desarrollo de armamento nuclear por parte de la república islámica iraní. Y la primera pregunta que uno se hace es: ¿de qué sirvió entonces la Guerra de los Doce Días, en junio de 2025?

Cuando terminó esta campaña de bombardeos sobre instalaciones militares iraníes (algunas de ellas subterráneas) y de asesinato de científicos y generales, Washington declaró que se había suprimido la capacidad del régimen islámico para desarrollar armamento nuclear. Si se ha lanzado otra campaña de mayor intensidad, es que la primera no cumplió sus objetivos y, por tanto, la Casa Blanca mintió. 

Varios analistas señalan que no se trata ya de destruir la capacidad iraní para elaborar armamento nuclear, sino misiles balísticos intercontinentales (ICBM, por sus siglas en inglés). Este programa, según las agencias de inteligencia de EEUU, proporcionaría medios para transportar ojivas nucleares por todo el mundo. Es decir, un tipo de proliferación nuclear de bajo nivel.

La actual operación ha comenzado en cuanto el portaaviones Gerald Ford ha llegado a las costas de Israel, en el Mediterráneo, mientras diplomáticos de Washington y Teherán estaban negociando en Ginebra. La misión del Gerald Ford y de su grupo de apoyo consiste en proteger a Israel de misiles iraníes. Los ataques realizados por la fuerza aérea de EEUU parten de otro portaaviones, el Abraham Lincoln, situado en el mar Arábigo. 

A la vez, dos vecinos de Irán, Afganistán y Pakistán, han entrado en guerra, después de meses de escaramuzas y enfrentamientos. ¿Causalidad o correlación? Pakistán, aliado de EEUU y de Arabia Saudí, tiene a sus fuerzas armadas movilizadas y puede desplegarlas en su frontera occidental para fijar parte de las iraníes y obtener información de sus movimientos.

Tanto en su primer mandato como en lo que llevamos de este segundo, Trump ha tenido como uno de sus objetivos principales en política exterior reconstruir Oriente Próximo en favor de Israel (más seguridad y más territorio), animado por el primer ministro Netanyahu y por su propio yerno, el empresario Jared Kushner, que estaba en Ginebra como negociador. 

Hace unos días, Trump reconoció que él puso como presidente de Siria al antiguo terrorista yihadista, buscado por la CIA, Ahmed al-Charaa. Y desde entonces, el país, antiguo aliado de Irán y de Rusia, ha cambiado de bando. 

La experiencia de las últimas décadas en Oriente Próximo demuestra que una guerra no se gana ni con bombardeos ni con infantería (boots on the ground). Después de 20 años de ruinosa presencia, en agosto de 2021 la OTAN huyó de Afganistán y los talibanes volvieron a tomar Kabul. La victoria en este tipo de guerras ya no depende de la superioridad tecnológica, sino de la decisión de asumir más bajas que el otro bando, hasta que éste se desangre.

Así que no habrá ningún desembarco de tropas, como en Irak o Afganistán. Tampoco se producirá una captura de los gobernantes iraníes, a la manera de la efectuada en Venezuela, ya que para desarrollarla es imprescindible contar con la colaboración de sectores del régimen que quieran sobrevivir y pactar con el gran Satán, y el iraní parece ser berroqueño. El aplastamiento de las últimas protestas populares, al precio de cientos, sino miles, de civiles asesinados, es la prueba de su unidad y su dureza.

Podemos decir que Washington busca una versión renovada de la declaración del general Curtis LeMay en los años 60 de bombardear Vietnam hasta devolverlo a la edad de piedra, pero más limitada y, en consecuencia, efectiva: despojar a Irán de toda la tecnología, la infraestructura y el personal que puedan convertirlo en un peligro militar para Israel. Si se consiguiera, además, el derrocamiento del régimen de los ayatolás, sería otro premio.  

En Oriente Próximo, la Administración Trump está arriesgando su futuro. El presidente ganó las elecciones en 2016 con la promesa de poner fin a «las guerras interminables». En su primer viaje internacional el año pasado, precisamente a la península arábiga, arremetió contra los fracasados «constructores de naciones», en alusión al grupo de los neocones que han dirigido la política exterior del país hacia el belicismo desaforado. 

Esta nueva operación militar, sobre todo si se alarga, puede enajenarle a Trump el apoyo del MAGA en las elecciones parlamentarias de noviembre, que ya las encuestas y los datos parciales le dan por perdidas.