Mónica García desangra la sanidad española

Mónica García desangra la sanidad española
Diego Buenosvinos

He venido a hablar de la sanidad, que en España siempre es una forma de hablar del país entero cuando ya es tarde. Porque la sanidad española no se rompe: se agota. Y ahora, según anuncian los médicos, entra en huelga indefinida. Una palabra —indefinida— que en realidad significa algo más antiguo: nadie sabe ya cómo arreglar esto sin romper otra cosa antes al llevar la ministra demasiado lejos un atroz enfrentamiento con sus colegas médicos.

Cinco semanas de tensión, dicen. Cinco semanas que en política son como cinco inviernos en Galdós: largos, acumulativos, con olor a pasillo hospitalario y a despacho cerrado. Y ahora septiembre como frontera. El final del verano convertido en el principio del conflicto.

En medio de este paisaje aparece Mónica García, ministra de Sanidad, como figura política atrapada entre dos lenguajes que no se entienden: el del diagnóstico médico y el de la negociación parlamentaria rota por empecinamiento. El primero pide precisión, el segundo no admite ambigüedad; se ha pasado siete pueblos con un gremio duramente castigado. Y entre ambos, el sistema cruje como nunca lo ha hecho. ¿Ineptitud?

Los médicos hablan de «bloqueo estructural». Palabra hermosa, casi arquitectónica. Como si la sanidad fuera un edificio de hormigón cansado, donde las columnas ya no sostienen lo que antes parecía inevitable. Dicen que no hay propuestas. Dicen que hay ausencia. Dicen que el diálogo se ha convertido en eco. Y es cierto. Mónica García sólo quiere Madrid para quizá saltar luego a la OMS, porque sabe que no batirán a Díaz Ayuso, que ha lanzado a la región entre las punteras de Europa. Pero quizá sí, no está mal un sueldo de conformidad durante un tiempo y ahí os quedáis, madrileños. 

Y Madrid, mientras tanto, mira todo esto como quien ha visto demasiadas crisis para sorprenderse del todo. Madrid es Galdós, es Azcona y es mucho para no darse cuenta de lo que pasa. De que llegará  Ione Belarra para otro sueldo y otro para Óscar López. Aquí todo conflicto se convierte en paisaje.

Los médicos piden estatuto propio, jornada de 35 horas, jubilación flexible. No suena a reivindicación moderna: suena a reparación de una profesión que ha vivido demasiado tiempo en modo resistencia. Hablan de penosidad, de agotamiento, de sistema. Palabras que en la sanidad española ya no son conceptos: son biografía.

Y la política responde con su propio idioma, que es más lento, más administrativo, más paciente. Pero la enfermedad del sistema no espera a los tiempos de la agenda legislativa.

Mónica García llega a este conflicto desde un lugar incómodo: el de quien conoce el sistema desde dentro y ahora lo administra desde arriba, pero sin saber gestionar; eso se nota. Lo quiere gestionar como habla, a toda prisa, sin medir, ni calcular. Por eso, esa transición siempre es peligrosa en política, porque lo que antes era diagnóstico ahora se convierte en responsabilidad.

Y mientras tanto, la oposición observa el tablero como si fuera una escena madrileña más: Mónica García desde la sanidad pública (Belarra) —ya más gesto que estructura— sosteniendo la memoria de lo que fue una promesa de transformación total y no cumplió con nada.

Madrid sigue siendo el gran escenario económico de España, su motor administrativo, su centro de gravedad. Una ciudad que nunca se detiene del todo, aunque a veces parezca que sí en los titulares. Aquí se gobierna con cifras, y ahí están.

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