Opinión

Leftist Matrix Reloaded

La ciencia política nos dice que los partidos y organizaciones políticas deberían servir para canalizar y hacer más efectiva la participación o la influencia de los ciudadanos en la gestión y administración de la sociedad. Y en esa lógica, esos partidos y organizaciones deberían enfrentar y solucionar los problemas de la sociedad y de los ciudadanos. Pero es que ni una ni otra. A pesar del espejismo del 15M, en España no existe una gran masa social a la izquierda de la izquierda (vamos, en la extrema izquierda), y el número de potenciales adeptos, y aún más de votantes, mengua de forma considerable a poco que se radicaliza la oferta ideológica. Y la agenda de la izquierda nunca ha permitido enfrentarse con eficacia a los principales problemas que afectan o preocupan a los españoles: mensajes populistas en los planteamientos sociales y políticos; recetas trasnochadas en lo económico; y posicionamientos equivocados, y muchas veces desleales y entreguistas, ante peligros y amenazas tan graves como el terrorismo, el reto independentista o el alineamiento en la política internacional.

Como estábamos en tiempo de Carnaval, se han pasado una semana dando la murga con reuniones, juntas, alianzas, reencuentros y refundaciones, que les han servido para concluir que se tienen que reunir, juntar, aliar, reencontrar y refundar. Es imposible resistirse a la transcripción literal de alguno de los mensajes que se han lanzado en la sala Galileo (Rufián), en Valladolid (las podemitas Belarra y Montero) o en el Bellas Artes (Sumar-MM-IU- Comunes…+): Se ha acabado la melancolía en la izquierda, La gente quiere izquierda, Nuestra tarea es que nadie se sienta huérfano, Venimos aquí para ser la izquierda, Izquierda feminista, antirracista, ecologista y antifascista. En fin, después de eso nada; bueno, eso también es nada. Ahora bien, en una cosa coinciden todos: en ese antifascismo intransigente, intolerante y sectario que resulta depuradamente fascista.

Y la irrupción de Rufián sólo ha añadido la referencia expresa al derecho de autodeterminación y lo de la dignificación de las condiciones de vida (la suya desde luego aparenta ser más digna ahora que cuando llegó a Madrid con la impresora y las camisetas dirty-graffiti). De lo demás que se debería incluir en algo parecido a un proyecto o a un programa político, o bien no sabe no contesta, o repite machaconamente el continente eludiendo hábilmente el contenido: programa, programa, programa o vivienda, vivienda, vivienda. Y es que, por ahora, las cabezas cuadradas de Moncloa sólo le han preparado la calculadora electoral y, como le pasaba en el chiste de Forges a aquel técnico estadístico de la UCD, han concluido que para detener la marabunta de Vox hay que votar a ERC en el Pallars, a Bildu en Durango o a Compromís en Onteniente.

Respecto a cómo hay que abordar los problemas reales de España y de los españoles a ninguno se le ha oído mucho, por no decir nada. Y es que pudiendo estar a la altura de su gurú Chomsky y hablar de cosas interesantísimas como el anarcosindicalismo o el socialismo libertario (o del ambiente histérico respecto a los abusos sexuales que le escribía el anciano filosofo a Epstein), quien va a estar a nimiedades como la vivienda, la inflación, el índice de pobreza, la financiación autonómica, la emigración ilegal, la protección efectiva de las mujeres o la seguridad interior o exterior. Porque tampoco habría estado de más una referencia a la guerra de Putin, que hoy cumple 4 años, para confirmarnos si apoyan su negociación farsa y su única intención de, y da igual el orden, someter y destruir Ucrania.

Pero resulta que la cosa no va de como arreglarán, sí llegan al poder, unos problemas reales que están contribuyendo a generar ellos mismos estando en el poder. La cosa, efectivamente, va de ellos mismos, de cómo van a evadirse esta vez de la realidad de su inconsistencia y recargarse en el matrix del sanchismo. En 2023 fue con las cosas chulísimas que iba a hacer Yolanda Díaz, y ahora quizá sea con el oxímoron de la unión independentista del charnego de Santa Coloma. Al contrario de lo que confiesan, los objetivos y los principios son lo de menos; lo importante son ellos mismos y da igual cuál sea la nomenclatura. Dejarán, como en Amanece, que no es poco, de ser la Guardia Civil para pasar a ser la Secreta; todos menos la ministra Yolanda que, por exigencias de guion y hasta que se acoja en el PSOE, quedará fuera de las fuerzas de la izquierda. No obstante…, ¡un aplauso muy grande para la ministra Yolanda!