Opinión

El ‘Guernica’, manual de reparaciones (II)

  • Pedro Corral
  • Escritor, investigador de la Guerra Civil y periodista. Ex asesor de asuntos culturales en el gabinete de presidencia durante la última legislatura de José María Aznar. Actual diputado en la Asamblea de Madrid. Escribo sobre política y cultura.

Esta semana hemos asistido al paroxismo de la llamada «memoria histórica», ese artefacto totalitario destinado a provocar la voladura de los más esenciales consensos de la convivencia democrática.

Todo en la misma semana en la que se sienta en el banquillo el primero de los muchos fascículos de la corrupción estructural, el de las mascarillas de la tragedia del Covid que utilizaron para enriquecerse, en la que se ha fundamentado, desarrollado y finalmente columpiado el sanchismo.

Ha sido abracadabrante ver al brazo político de ETA colaborando en esta estrategia de enmascaramiento, nunca mejor dicho, de la ciénaga socialista que empieza a erupcionar como un rosario de géiseres.

Pero allí ha acudido solícito Arnaldo Otegi, doblemente condenado y encarcelado, por colaborar en un secuestro y por pertenencia a la banda terrorista, para intentar aliviar la presión mediática sobre el futuro penal de algunos de los que fueron ministros y cargos de sus socios socialistas.

Otegi apareció en escena a cuento de la reclamación del Guernica de Picasso por el jefe del Gobierno vasco, Imanol Pradales. Y lo hizo apuntando a Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, que, ante la exigencia del lehendakari, había reivindicado los valores de una historia común, en la que españoles de todo origen y condición han contribuido también a la riqueza cultural del País Vasco.

Citaba la líder madrileña los ejemplos del Kursaal, obra de un navarro; el Palacio Euskalduna, mitad obra de un madrileño; el puente Zubizuri, de un valenciano; o el Santuario de Aránzazu, obra de un madrileño y un navarro. Y por eso calificaba de «ciegas, catetas y absurdas» las pretensiones nacionalistas, como parte de un «burdo negocio político».

El burdo juego del victimismo ante una supuesta España opresora, compatible con el juego del árbol y las nueces, a la espera de ganancias por mor de la actividad de la gran checa etarra que disparaba, trituraba o calcinaba a quien se opusiera a su dictado ultranacionalista y marxista.

Nada importaba que entre las víctimas de esa limpieza ideológica hubiera también vascos de ocho apellidos y euskaldunes, o que hubieran sufrido cárcel con Franco, como José Luis López de la Calle o Agustín Ibarrola, si los jefes de los sicarios habían decidido señalarlos como enemigos de su proyecto totalitario.

Vino Otegi a decir a Ayuso que «la aportación de los tuyos en Gernika fue la Legión Cóndor», así a bocajarro, identificando sin pudor, sentido o moral algunos a una mujer nacida en democracia con el bombardeo nazi de la villa foral.

Ayuso tenía exactamente cinco meses de vida cuando Otegi secuestraba en febrero de 1979 a Luis Abaitua, director de Michelin en Vitoria, a quien sus captores hacían jugar a la ruleta rusa con un arma descargada. Para que nos hagamos una idea de la altura ética, rayana en el más bajo sustrato de la inmundicia, con que sermonea el interfecto contra una de las principales adversarias de su socio de La Moncloa.

El líder del brazo político de ETA, responsable de más de 850 pequeños guernicas, con sus interminables secuelas de heridas, mutilaciones, traumas, viudedades, orfandades, vidas rotas en suma por la metralla y el plomo criminales, no está para dar lecciones a nadie sobre ataques a víctimas indefensas. Veintiún ataúdes blancos coronan la vileza asesina de la checa etarra.

Con todo, la diatriba de Otegi confirma la excreción mayor del artefacto memorialista en su función totalitaria: el reparto de roles identificativos a partir de una lectura presentista del pasado, de manera que los que patrimonializan el relato histórico simplón y maniqueo se adjudican los papeles de héroes o víctimas frente a los adversarios, a los que les endosan los papeles de villanos o verdugos.

El resultado es fastuoso: un tipo condenado por delinquir como miembro de una banda terrorista se adjudica el papel de gudari víctima de la Legión Cóndor, como si decidiera convertirse en figurante de una película de la Guerra Civil, cuando con razón ha dicho en alguna ocasión el sabio Fernando Savater que los actuales herederos de la aviación nazi que arrasó Guernica son precisamente los criminales de ETA y quienes los jalean.

Fue justamente la situación que se vivía especialmente en el País Vasco bajo la dictadura de terror de ETA, como tantas veces ha recordado, lo que motivó a Isabel Díaz Ayuso a dar su primer paso en el compromiso político con el PP, entonces parte del rompeolas constitucionalista que sufría los embates criminales de la banda.

Nada significaría la desquiciada arrogancia de Otegi contra Ayuso si no fuera porque la voz del bilduetarra va ahora acompasada y ampliada con la de Sánchez —que sí se declara explícitamente heredero del golpista y bolchevique Largo Caballero, el Lenin español— en esta reactualización de clichés guerracivilistas para dividir y enfrentar a los españoles.

En este coro de la discordia, los ultranacionalistas tienen todas las de ganar, pues, como ya sabemos, a nadie le puede interesar más que haya dos Españas como a quien no quiere que haya ninguna.

Insistiré una y otra vez en la tremenda humillación infligida por Bildu al PSOE con la Ley de Memoria Democrática, forzando al partido de Besteiro y Prieto a considerarse por ley como parte del franquismo, al aceptar que la estructura de poder de este, permeable a la tortura y la desaparición, pervivió permisivamente incluso bajo el primer Gobierno de Felipe González y más allá. Y todo ello lapidariamente cincelado en las páginas del Boletín Oficial del Estado.

En este enésimo capítulo de reinvención y retorcimiento de la Historia, con el Guernica de fondo, Sánchez y Otegi han reafirmado su alianza, con el PNV de convidado de piedra, para tratar de conducir a España a un oscuro y estrecho zulo donde retumbe machaconamente la lacerante consigna de que nuestra Historia es la más triste de todas porque termina mal, como cantaba mi inolvidable Jaime Gil de Biedma. Ayuso se empeña justamente en lo contrario, y por eso no pueden con ella.