Encíclica al punto más de corrección política

Encíclica Papa León XIV

No es una novela y son 111 páginas, pero su lectura también es una oportunidad para abandonar los autos, los informes y los sumarios del multi-caso Sánchez/PSOE; y para los españoles es la credencial oportuna con la que viene a visitarnos esta semana su Santidad el Papa León XIV.

Para que continúen leyendo los ateos y agnósticos, aclaro que sólo en la introducción, que sirve de presentación del «problema», y en la conclusión, se desarrolla una visión más espiritual y teológica, que se puede resumir en la frase «edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos». Pero luego se refugia en la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), que no decimos que esté mal, pero es que se apoya más en la versión más ideológica de Francisco que en la de la Rerum Novarum de León XIII. Y apela a esa doctrina como solución genérica, sin aportar soluciones concretas porque evidentemente no las tiene, pero a su vez desproveyéndola casi por completo de un sentido pastoral. La DSI como solución para los problemas planteados en las sociedades tecnológicas, como «un camino para el discernimiento comunitario», pero con referencias solo tangenciales al evangelio.

La visión geopolítica quizá aparece muy sesgada en unas cuestiones y demasiado equidistante en otras. La oposición a la confrontación y a la agresión es completa y transversal; pero con una obsesión por mantener un statu quo político que pareciera que el bien a defender son principalmente los países y no tanto los ciudadanos, los individuos o las personas en cuanto que hijos de Dios. Y además considerando a todos los Estados en un plano de igualdad e idealizando la negociación y el diálogo; en ningún caso se otorga un plus de valor ético a la democracia liberal y a los estados democráticos, que son los que salvaguardan los derechos del hombre y, específicamente, la libertad religiosa.

Considera, con razón, a la inteligencia artificial (IA) como una nueva forma de poder y de propiedad, y por tanto susceptible de ser, con no tanta razón, limitada y redistribuida; evitando que sea manejada por «unos pocos actores económicos y tecnológicos» y siguiendo el que denomina «destino universal de los bienes» que huele demasiado a ideología. Reclama a los Estados y a las instituciones supranacionales que garanticen «reglas justas y mecanismos de protección eficaces», tomando partido por un intervencionismo casi colectivista en vez de por un liberalismo y un individualismo matizados por el bien común y por los principios del cristianismo.

Creemos, al contrario que el Papa, que los problemas humanísticos que puede generar la IA no vienen por ser desarrollada por empresas particulares en vez de por los Estados; sino porque, como en otras muchas obras del hombre materialista, no hay ninguna espiritualidad, no hay muchos valores y, por supuesto, no está presente Dios. Los Estados no aportan nada de eso, y los que tienen regímenes dictatoriales o autocráticos menos que nada.

Pretende con el sugerente concepto de «desarmar la IA», sustraerla de la lógica del lucro y la competencia, ya sea cognitiva, económica o incluso armamentística. Y resulta muy ingenuo, porque en su desarrollo, como en cualquier avance tecnológico, confluyen esas ambiciones, que no tienen que ser eliminadas sino enmarcadas dentro de las leyes y de los preceptos éticos.
Insiste, por otro lado, en que «el ser humano permanezca en el centro de todas las decisiones», y eso va contra un objetivo primario del desarrollo tecnológico, que pretende (como los frenos ABS o el control de tracción de un automóvil) sustituir y mejorar las capacidades humanas.

También pensamos con el Papa que los objetivos primordiales de la IA no deben ser los procesos que «sacrifiquen sistemáticamente el empleo», pero, sin embargo, creemos que el dejar sin trabajo a una persona no la deshumaniza, sino que la sitúa en un plano de renovación, formación o readaptación que hasta puede hacer crecer sus capacidades. Y, además, tampoco creemos que haya que estigmatizar el objetivo de reducir costes y de obtener mayores beneficios.

Más acertada es la reivindicación que realiza de la verdad, frente a la propaganda y el manejo del relato, anhelando una sociedad donde la verdad sea tratada como un «bien común y no una propiedad de quienes tienen poder o visibilidad». Refuerza a la educación como forma de evitar ser alienado y, citando a Hannah Arendt, alerta sobre la creación de súbditos ideales para el totalitarismo: «Personas para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción».

Una de las partes más polémica es el acercamiento a «la nueva gramática de la guerra». Denuncia que la IA puede estar modificando la dinámica de los conflictos y que contribuye a ver a los hombres como bajas estadísticas o como daños colaterales. Es cierto que la guerra, y no desde ahora sino desde que se desarrollaron armas que hacen innecesario el enfrentamiento directo y físico, se ha hecho más impersonal, pero la realidad nos dice que eso no es necesaria y objetivamente peor si se tienen en cuenta los daños que se genera a la población. Frente a lo que llama el «nihilismo histórico» de considerar la guerra como «instrumento de política internacional» propone un «sano realismo» que rechace la retórica agresiva que precede a la violencia; pero eso no deja de ser, a su vez, un nihilismo buenista que la historia de la humanidad siempre se encarga de desmentir.

En resumen, es de agradecer el esfuerzo del Papa por ocuparse de cuestiones rabiosamente actuales, pero se echa de menos que lo haga hablándonos y poniendo prioritariamente a Dios en la ecuación, que para eso es su especialidad. Y porque sin esa visión teológica, y sólo con el acercamiento político, social y económico a los problemas, algunos de sus planteamientos resultan ingenuos y voluntaristas. La IA es consecuencia de la evolución exponencial de los desarrollos tecnológicos; no se ha auto creado sino que, aunque la llamemos artificial, no es sino un impresionante logro de la propia inteligencia humana, de la que solamente se desprenderá en las películas de ciencia ficción.

Por otra parte, León XIV nos muestra demasiado del relativismo de Francisco. Bien haría en no dejarnos olvidar que hay buenos y malos; que hay regímenes que no merecen existir y que, aunque no a cualquier precio, lo mejor es que desaparezcan cuanto antes; y que, aunque todas las guerras son injustas, especialmente para los inocentes que son víctimas de ellas, unas son más injustas que otras.

Un escrito, por tanto, más filosófico y político que teológico. Que, en la línea de su predecesor, en alguna de sus partes nos retrotrae a algunos de los tratados de filosofía del derecho de autores marxistas. Desde luego que la Magnifica Humanitas no sobra, pero permite una interpretación torticera por parte del progresismo ateo para intentar justificarse y, al contrario, puede que se quede un poco corta para los anhelos doctrinales y pastorales de la comunidad católica.

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