David Uclés se cae del cartel (y no precisamente por un tropiezo)
Hay escritores que escriben novelas y otros que escriben escenas. David Uclés, joven autor celebrado, premiado, reeditado y convenientemente colocado en la vitrina del compromiso cultural contemporáneo, ha decidido que su última performance no necesitaba editor, sino cartel. Y lo ha hecho cayéndose de él. Literalmente. O simbólicamente. O ambas cosas, que en estos tiempos de sensibilidad extrema nunca se sabe dónde acaba el gesto y empieza la pataleta.
Porque resulta que el autor de La península de las casas vacías —otra vuelta más a la Guerra Civil, ese pozo inagotable donde algunos siguen pescando identidad, épica y subvención emocional— se ha escandalizado al comprobar que en una feria literaria compartía espacio tipográfico con José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros. Y, claro, el drama. El crujir de togas invisibles. El «yo con esta gente no». El intelectual, al parecer, no puede respirar el mismo aire de imprenta que quienes piensan distinto.
Lo curioso es que no se trataba de una mesa redonda ni de una tertulia dialéctica. Nadie le pedía debatir, contrastar argumentos ni, Dios nos libre, dialogar. Sólo compartir cartel. Papel. Tinta. Tipografía. Pero incluso eso, para ciertos espíritus finamente ideologizados, resulta una agresión intolerable. El pluralismo, cuando no coincide con el propio catecismo, se vive como una forma de violencia.
Así que Uclés se bajó del cartel con gesto grave, como torero que se retira de la plaza sin pasar por la enfermería, aunque aquí no hubo cornada sino ofensa moral. Y para justificar la espantada, se recurrió al comodín universal: los derechos humanos, esa plastilina argumental que sirve igual para un manifiesto que para una excusa. No se concretan mucho, no vaya a ser que alguien pregunte, pero quedan fenomenal en un comunicado.
Lo que subyace, sin embargo, es más viejo que la máquina de escribir: la confusión entre crear y pontificar. Entre escribir novelas y ejercer de conciencia superior de la nación. Ese frentismo de salón donde el intelectual no discute: descalifica. No rebate: se aparta. No confronta ideas: desprecia personas. Y todo ello envuelto en una pátina de superioridad ética que, curiosamente, nunca admite contraste.
El escritor, que debería ser el primero en tolerar la incomodidad, se convierte así en un ser frágil, incapaz de compartir espacio simbólico con el discrepante. Mucha Guerra Civil en la ficción, pero cero guerra dialéctica en la realidad. Mucha memoria histórica, pero poca memoria democrática. Mucha épica del conflicto, pero alergia absoluta al disenso pacífico.
Al final, lo del cartel no va de Aznar ni de Espinosa de los Monteros. Va de Uclés. De una generación de autores que confunde compromiso con exclusión, valores con veto y cultura con trinchera. Escritores que hablan mucho de puentes, pero sólo los cruzan si al otro lado hay un espejo.
Y así, entre milongas morales y gestos altisonantes, David Uclés no se ha caído de un cartel literario. Se ha bajado, voluntariamente, del incómodo —pero imprescindible— cartel de la convivencia intelectual. Una lástima. Porque la literatura, a diferencia de algunos de sus autores, sí sabe dialogar.
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