El Club de los Viernes: la trinchera liberal
España atraviesa una de esas etapas en las que el deterioro no se presenta como progreso . Un tiempo en el que el Gobierno habla de derechos mientras vacía de contenido las libertades, invoca la democracia mientras debilita sus contrapesos y predica igualdad mientras castiga el mérito, el esfuerzo y la excelencia. Frente a esa deriva nace —y crece— el Club de los Viernes.
No somos un fenómeno coyuntural ni una reacción emocional. Somos la respuesta racional a una anomalía política: un Estado que no deja de expandirse mientras los ciudadanos se encogen; un poder que se presenta como salvador mientras erosiona la responsabilidad individual; una clase política que exige sacrificios ajenos mientras acumula privilegios propios.
Bajo el Gobierno de Pedro Sánchez, España ha normalizado lo que antes habría provocado escándalo: pactos con fuerzas que desprecian el orden constitucional, amnistías redactadas a la carta para garantizar una investidura, colonización de instituciones, presión fiscal récord y una retórica moralizante que divide a los ciudadanos entre buenos y malos según su utilidad política. Todo ello justificado en nombre de un supuesto “progreso” que siempre coincide con más poder para el Estado y menos libertad para el individuo.
El Club de los Viernes nació para decir no. No al Estado moral que pretende decidir cómo debemos vivir. No al consenso socialdemócrata que presenta el expolio fiscal como solidaridad. No a la infantilización del ciudadano, tratado como incapaz de gobernar su propia vida sin tutela permanente.
Inspirado en las primeras sociedades liberales de pensamiento práctico, el Club de los Viernes es una plataforma apartidista que defiende sin complejos la democracia liberal, la propiedad privada y la soberanía moral del individuo. No creemos en el liberalismo avergonzado ni en la tibieza ideológica. Creemos en principios claros porque sabemos que las sociedades se destruyen cuando renuncian a ellos.
Hoy se nos dice que el Estado debe intervenir más, regular más, gastar más. Se nos promete seguridad a cambio de obediencia. El resultado está a la vista: una sociedad más dependiente, menos próspera y profundamente desmoralizada. Subsidios perpetuos, impuestos confiscatorios, deuda estructural y una demonización constante de quien produce, ahorra o emprende. El mensaje es claro: el éxito es sospechoso y la responsabilidad individual, un privilegio intolerable.
Frente a ese discurso, afirmamos una verdad elemental: el Estado no crea riqueza, no crea moral y no crea ciudadanos libres. Solo puede redistribuir —y a menudo mal— lo que otros generan. Cada nueva competencia asumida por el poder político es una parcela menos de libertad personal. Cada regulación innecesaria es una decisión arrebatada al ciudadano.
Por eso hablamos de liberalismo de trinchera. Porque esta no es una discusión académica ni un debate estético. Es una batalla cultural. Y las batallas no se ganan con eufemismos ni con complejos. Se ganan defendiendo ideas impopulares cuando son verdaderas. Se ganan combatiendo al poder cuando se extralimita. Se ganan recordando que los derechos pertenecen a las personas, no a los colectivos ni a las identidades fabricadas desde un ministerio.
El Club de los Viernes no se arrodilla ante la corrección política ni acepta el chantaje emocional del nuevo colectivismo, hoy disfrazado de ecologismo dogmático, feminismo de Estado o ingeniería social. Sabemos que detrás de ese lenguaje supuestamente compasivo se esconde una misma maniobra autoritaria: controlar la vida de los individuos en nombre de causas abstractas.
Que el Club de los Viernes esté hoy presente en once países no es un gesto simbólico. Es la prueba de que el problema es global. Desde Europa hasta América Latina, vemos cómo gobiernos de distinto signo ensayan las mismas recetas: más Estado, menos libertad; más gasto, menos responsabilidad; más propaganda, menos verdad.
Defendemos un Estado limitado, instituciones independientes y una ley que no se negocie en despachos para garantizar mayorías parlamentarias. Defendemos la libre elección en los servicios públicos, la iniciativa privada y el derecho a vivir sin ser permanentemente vigilados, corregidos o reeducados.
El problema nunca es que el poder quiera más control; eso ha ocurrido siempre. El verdadero problema empieza cuando la sociedad deja de ponerle límites. Y España está peligrosamente cerca de comprobarlo.
Ana Gómez Palomo es presidenta de El Club de los Viernes.
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