Opinión

CAT: vencedores y vencidos

Exhaustos y fracasados, Puigdemont y su tropa de rebeldes y sediciosos emprenden ya el camino de regreso. ¿Hacia dónde? Hacia ningún lugar confortable ni seguro. Y lo más determinante: no lo decidirán ellos sino jueces y fiscales. Han planteado el desafío a una nación entera y lo han materializado en forma de un rosario de delitos sin reparar en el día después, cobardemente, como una pandilla de lunáticos a los que, en contra de sus alucinaciones, no hay un solo país del mundo que les haya reconocido sus fechorías. Ni lo hará. ¡Ni siquiera el tarado de Corea del Norte, el loco de los misiles!

Lo de la ahora cariacontecida banda de golpistas es innombrable. No satisfechos con haber arruinado la economía, producido una fractura civil y escenificado el ridículo político como no se recordaba en la historia reciente de Europa, ahora tantean embajadas en las que esconderse y buscan despachos en la clandestinidad desde los que seguir firmando decretos cuyo valor es el del papel higiénico que termina en el inodoro. ¿Dónde está la línea de meta de esta carrera de majaderías protagonizada por estos exdirigentes cabeza de chorlito? ¿No hay límite para la insensatez? ¿Qué clase de aldabonazo les hará despertar para dejar de actuar como auténticos mequetrefes? ¿Acaso el que se produce en medio del gélido vacío, con evocaciones metálicas, de una celda en Soto del Real?

Daba la impresión de que nunca llegaríamos aquí. Por las acciones a velocidad de moviola/tortuga de Rajoy, por tanto aviso exasperante y estéril, por la falta de nervio en la represión a los iluminados de esta República Independiente que, con aires caribeños, pretendían fundar a la orilla del Mediterráneo. Pero hemos llegado. El defenestrado insurrecto del flequillo y sus legiones de sublevados plantearon un órdago en términos bélicos. Y hoy comparecen estruendosamente derrotados y humillados, a la espera de multa y cárcel; rendidos irremisiblemente frente a los vencedores: la mayoría abrumadora de españoles que le han exigido al inquilino de La Moncloa, en las calles y rojigualda en mano, la activación de una maquinaria cuyo objetivo logrado (en un proceso largo y aún inacabado) no ha sido otro que el de frenar en seco a una cuadrilla de revolucionarios de barretina amotinados en su propia incompetencia y desvergüenza.

Es el momento de los tribunales. Toda guerra no llega a su fin hasta que se escucha el veredicto. Y es nuestro deber y responsabilidad como ciudadanos demandar que sea implacable con los facinerosos (alguno ya entre barrotes preventivamente) que han planteado una confrontación de descaste: descarnada, sucia, cruenta y agotadora. Han violado todas las reglas, no han reparado en medios, se han recreado en su salvajismo y lo han confiado todo -algo propio de inconscientes o cretinos- a que una España llena de orgullo tiraría la toalla falta de músculo y de energía, desmayada, sin aliento para seguir plantándoles cara. Han causado un gran sufrimiento y un colosal desgarro. Han volado alto con alas de cera. Pero las elevadísimas temperaturas generadas por nuestro encendido patriotismo las han derretido hasta llevarles al suelo: doblegados, caídos, estrellados.