El amigo de los asesinos
Juan Carlos Monedero es un estómago agradecido de la dictadura venezolana, siniestro altavoz en Europa del populismo chavista —también en la educación pública española— y amigo de la misma recua de asesinos que en los dos últimos meses ha matado a 75 personas y ha herido a más de 15.000. A pesar de la represión salvaje que padecen los ciudadanos del país caribeño, el bolsillo pesa más que la conciencia para el profesor de la Universidad Complutense de Madrid. Hasta el punto de retorcer la realidad y tratar de convertirla en una falsedad que justifique a los sicarios y exonere al dictador. De ahí que siga rindiendo pleitesía a Nicolás Maduro, el hombre que controlaba el Banco del Alba cuando le pagaron 425.000 euros por un informe que jamás presentó. Una cantidad que, para más inri, «olvidó» declarar a Hacienda para total descrédito de cualquier idea, lección o razonamiento que pueda salir de su boca.
Con la teoría asentada sobre los postulados de la izquierda radical y la billetera bien anclada en la gratitud al pagador —y financiador de Podemos junto a Irán— no es de extrañar que Monedero tenga la desvergüenza de llamar «fascistas» a la oposición venezolana. Habría que recordarle que criminalizar a aquéllos que luchan por la libertad es lo mismo que apoyar a los verdugos. Una diabólica connivencia a la que también se ha unido el coordinador federal de Izquierda Unida, Alberto Garzón, quien justifica la acción del ejército con una frase lamentable: «Está muriendo gente de un lado y del otro». La oposición es la gran mayoría de un país que parece más una mezcla de cárcel, campo de concentración y escenario de batalla que uno de los territorios más ricos en recursos de aquella región geográfica. Los ciudadanos luchan contra la injusticia armados con su voz, el régimen de Maduro, con fusiles y tanquetas. Pura democracia.
De ahí que los juicios de valor de Monedero valgan menos que nada. El ínclito ideólogo de Podemos se hizo rico y se hizo casta gracias a los mismos que hoy escandalizan con su represión a toda la comunidad internacional. Los gritos de Leopoldo López desde su celda advirtiendo de que lo estaban torturando han dado la vuelta al mundo. No obstante, no son motivos para el profesor de Ciencias Políticas, cuya fascinación por la Venezuela bolivariana viene de lejos. Primero fue Chávez, al que dedicó una frase elegíaca pocos meses antes de su muerte en marzo de 2013 que es ya todo un clásico de la cursilería lírica en español: «He amanecido con un Orinoco triste paseándose por mis ojos», dijo ante la enfermedad del entonces dictador venezolano. Después se agarró a la urbe estatal ordeñada por Nicolás Maduro, al que aún hoy, cuestionado por cualquier líder que se precie, reitera su apoyo. Ni siquiera recapacita ante las palabras de la fiscal general de Venezuela, Luisa Ortega, que denuncia «la ruptura del orden constitucional». Monedero está bien amaestrado, no muerde la mano que le da de comer… aunque esa mano esté cubierta de sangre.
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