¿Alguien se acuerda de que hay una guerra en Ucrania?
¿Se acuerdan de las banderas ucranianas en los perfiles de redes sociales, las discusiones encendidas e interminables, las amenazas de una invasión rusa de Europa? Parece que fue hace un montón de años, pero ni siquiera fue ayer: es hoy. Porque esa guerra sigue, aunque apenas nadie se interese por ella, eclipsada por la explosiva situación en el golfo Pérsico.
Rusia sigue ocupando en torno al 20% del territorio ucraniano, mantiene la presión en el Este y continúa lanzando ataques con misiles y drones a gran escala. Pero el conflicto iraní amenaza con cambiar esa guerra europea de forma sustancial, empezando por el olvido de sus socios occidentales.
En 2022 y 2023, Estados Unidos y Europa volcaron recursos masivos sobre Kiev. Solo Washington llegó a destinar más de 180.000 millones de dólares en distintos programas de ayuda. Hoy, esa cifra se ha desplomado: apenas 3.900 millones en 2025 y unos 220 millones previstos para 2026.
Algo similar ocurre con la ayuda militar. En verano de 2025, la administración estadounidense llegó a suspender temporalmente el envío de misiles Patriot, munición guiada y otros sistemas clave, justo cuando Rusia intensificaba sus ataques. Pero, en pleno siglo XXI, cuando el control de la narrativa es uno de los principales objetivos militares, no es menor esa otra baja que se ha producido en el conflicto: ya no está en nuestras pantallas y se difumina en la agenda de los líderes aliados.
Ucrania ha dependido siempre de la inteligencia estadounidense: imágenes satelitales, interceptación de comunicaciones, seguimiento de movimientos rusos y alertas tempranas de ataques. Sin ese flujo constante de datos, su capacidad de defensa —y sobre todo de ataque— se reduce drásticamente. En marzo de 2025, Washington llegó a cortar completamente el intercambio de inteligencia, dejando a Kiev sin información sobre movimientos de tropas rusas o lanzamientos de misiles.
Y no va a volver a lo que era. Europa no puede cubrir el hueco dejado por América, aunque lo intenta, pero incluso líderes como el presidente francés han reconocido implícitamente el problema al señalar que Francia ha tenido que asumir una parte sustancial de esa labor. Sencillamente, lo que ofrece Estados Unidos es, en palabras de responsables de la OTAN, «único» y «difícilmente reemplazable».
Washington solo tiene ojos para Irán, planteándose incluso desviar sistemas de defensa aérea destinados a Ucrania hacia otros escenarios más inmediatos.
Y para Putin, claro, es como si la Navidad se hubiera adelantado a abril este año. Rusia lleva tiempo apostando por una estrategia de desgaste. Desgaste de los recursos ucranianos, sí, pero también del interés occidental, y eso es exactamente lo que está ocurriendo. La cuestión ya no es si Rusia puede ganar rápidamente, sino si Occidente puede mantener el compromiso el tiempo suficiente.
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