Las 50 sombras de Ábalos
Lo de Aldama no ha sido una declaración judicial, ha sido un exorcismo, o una catarsis de pelirroja despechada con memoria de elefante y gestión del rencor deficiente, todo muy en clave Sam Peckinpah. Aldama ha demostrado que, si tiene que aficionarse a las humedades de Soto del Real, se lleva por delante hasta el último aplique dorado de la Moncloa.
Quién recuerda la discreción proverbial del conseguidor. Ahora es un ventilador de lodo a tope de power y apunta directamente a «Pedro». Resulta que en la intimidad de la trama, al Presidente no se le llamaba por sus títulos. Según Aldama, Pedro no solo estaba al tanto de la actividad del grupo, sino que era una especie de Robin Hood a la inversa, robando a los contribuyentes confinados para dárselo a la saca de la financiación ilegal del partido.
Dice Aldama que a María Jesús Montero (resulta que no era médica – ¿quién difundió ese dato tan inquietante y contradictorio? – sino personal nosequé de centros sanitarios…) se le desajusta el aparato reproductivo con Ábalos. Dice Aldama que se le hacía «el coño agua» ante el magnetismo del exministro, muerta de amor, lujuria o deseo por su irresistible personalidad. Solo voy a decir dos cosas al respecto: qué gentuza nos gobierna, lenguaje grosero, romo, cliché masticado y escupido… Eso y que lo de la Montero erotizada con Ábalos (que le hacía cobras por escrito) quedó claro por los whatsapps publicados hace tiempo y así lo dije en mi cuenta de Instagram. Fin del análisis político.
Ah… Si esto de «coño agua» lo hubiera dicho un humorista en una cena, la izquierda estaría escribiendo artículos sobre machismo estructural durante una década. Dicho en el Supremo, se acepta como un dato más del atestado: se apuntan las comisiones, las licencias de fuel y los pepes acuosos, todo en la misma columna del Excel. La gran aportación del sanchismo a la teoría política será esta: la lubricación como indicador de afinidad ideológica.
Y luego está la semántica del lupanar. Aldama habla de «señoritas». Me fascina ese diminutivo. ¿Por qué nunca son «señoras»? Quizá porque la palabra señora implica una dignidad, una soberanía y una edad que no caben en un usuario pacato y machista. La profesional es una «señorita» igual que el soborno es un «detalle» o la mordida es un «kilo». Cosificación envuelta en papel de regalo de gasolinera. Señoritas, no prostitutas. Señoritas, no mujeres. Es el vocabulario del cuñado que te guiña un ojo en la boda: señorita es la palabra que usamos para fingir que hay respeto donde solo hay tarifa. Y pudor selectivo: «se le hace el coño agua» sin pestañear. Lenguaje inclusivo llega al burdel.
El peinado de Koldo merece una comisión de investigación propia. Ese hairstyle digno de un orco de Isengard que ha decidido peinarse para una comunión en el Abismo de Helm. Koldo no es un error en el sistema, es el sistema mismo. El ascenso social del sanchismo: si sabes guardar secretos y tutear a «Pedro», el cielo es el límite. Aldama asegura que le «partió la cara» al gigante. Cuesta imaginar el plano cinematográfico: el caniche de lujo, engominado y con hechuras de vividor, contra el hipopótamo ministerial.
Y, ya saben, bolsas de Zara cargadas de billetes por la sede de Ferraz con la misma naturalidad con la que se mueve un carrito de postres. El PSOE pide amparo y el banquillo del Supremo es un espejo donde se refleja la cara más cutre de nuestra democracia despreciada: una mezcla de pasión turca y ambición poligonera. Y sensación de devaluación total del escándalo, ¿no?
Hace unos años, que un acusado señalara al presidente como conocedor de una financiación ilegal habría desencadenado crisis nacional, dimisiones, harakiris. En 2026 compite en audiencia con el parte del tiempo. Llevamos tal colección de mierdas gubernamentales en la frente… que el enésimo «Pedro es malo» entra en nuestro cerebro como un jingle, donde lo único que se nos hace agua es la memoria.