El 12 de octubre en Ceuta

El 12 de octubre en Ceuta

La hija de Marian lleva seis días consecutivos encerrada en casa, doce en las últimas tres semanas. Su rostro empieza a asumir que la plaza en la que siempre jugaba nunca más volverá a ser lo que era. De hecho, ya no es aquella plaza. Tampoco van sus amigas a sentarse en el mismo banco de siempre, y ahora sólo puede verlas a través de una pantalla de móvil, hablando de los paseos que daban hasta el kiosco de Julián, que desde aquel 30 de julio no ha vuelto a abrir. Aún no sabe por qué sigue secuestrada en su casa, en su barrio, en su ciudad, mientras mira por la ventana sin entender ese paisaje nuevo que le han impuesto.

Marian (no es su verdadero nombre) es una ceutí atrapada entre el dolor y la indignación. Le duele ver su ciudad arrasada por la putrefacción de un régimen que repudia a sus ciudadanos y el abandono de un gobierno que no los quiere como españoles. Le indigna el olvido y complicidad de quien debería defenderla junto al resto de vecinos, esclavizados entre cuatro paredes para escapar del olor a porro y orín con el que los súbditos de Mohamed han llenado la ciudad autónoma. Un Estado que decide ignorarlos y que sólo se acuerda de ellos para exigirles el impuesto revolucionario con el que mantener a un ejército de ladrones profesionales, cuando lo que necesitan de verdad es otro ejército, ese que la Constitución obliga a defender la integridad territorial de nuestras fronteras.

Se reconoce en Marian la tristeza de lo evidente, que el 12 de octubre, día del Pilar, de las Fuerzas Armadas, de España y, por tanto, de Ceuta, el Ejército desfilará por la Castellana cuando tenía que hacerlo por el Trampolín. Ochenta mil corazones invadidos verán por la tele un ejercicio de fuerza y despliegue fáctico en Madrid, mientras unos cuantos agentes de la policía nacional y los militares de cuota que Robles manda en su bienquedismo habitual patrullan las playas de una ciudad española que no quiere dejar de serlo, aunque su gobierno la regale al enemigo invasor sin oponer más resistencia que la sonrisa de un autócrata rendido al chantaje.

Celebramos una unidad nacional que empieza a quebrarse por la pasividad de sus soberanos y la ceniza moral de sus vendedores, la izquierda Robespierre de Alá. Y todo, ante la mirada vidriosa de quienes, como la hija de Marian, han tenido el infortunio de crecer en calles multiculturales que hoy se tiñen de violación y miedo porque a los mafiosos que tenemos dirigiendo el país les sale más a cuenta mantener sus casas en Marrakech. Si aún queda decencia en la política postsanchista, el próximo 12 de octubre, el desfile militar debería celebrarse por las calles de Ceuta: por todas las Marian y sus hijas que sueñan con volver al mismo parque que les vio nacer y recuperar a las amigas —y la infancia— que el PSOE les ha robado.

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