Rozalén y Luisa Gavasa invocan el espíritu de Chavela Vargas

Hay voces que, aunque se apaguen físicamente, dejan un eco que retumba en las paredes de la historia. La de Chavela Vargas es, sin duda, una de esas vibraciones que no entienden de tiempo ni de fronteras. Por eso, el anuncio de Chavela, la última chamana no es simplemente el estreno de un musical más en la Gran Vía madrileña; es la apertura de un portal hacia el México de la pasión, el tequila y el desgarro. Del 12 al 29 de marzo, el Teatro Marquina se convierte en el templo donde se oficiará este ritual sonoro, una pieza que busca atrapar la esencia de una mujer que hizo de su libertad su mayor bandera.
La propuesta no escatima en talento para estar a la altura del mito. Contar con la sensibilidad de Rozalén y la presencia imponente de la actriz Luisa Gavasa ya sitúa las expectativas en un listón muy alto. Ambas, junto a un elenco femenino de excepción compuesto por Paula Iwasaki, Raquel Varela, Laura Porras y Nita, se encargan de dar cuerpo y alma a los recuerdos de la cantante. Todo ello bajo la dirección musical de Alejandro Pelayo, mitad del dúo Marlango, quien se encarga de que el piano y la música en directo sean el hilo invisible que conecte el escenario con el más allá.
El realismo mágico toma las tablas del teatro
A los mandos de esta nave onírica encontramos a Carolina Román, una regidora que ya ha demostrado en montajes como Juguetes rotos o Luciérnagas una capacidad única para transitar por los márgenes de la emoción humana. En esta ocasión, Román apuesta por el realismo mágico para narrar el tránsito final de la artista. No espere el espectador una biografía lineal o un recopilatorio de grandes éxitos al uso. Lo que se despliega en el Marquina es un espacio donde el tiempo se dilata, donde los fantasmas de la vida de Chavela se funden con sus canciones más emblemáticas.
La puesta en escena está diseñada para ser un espejo. La figura de la «Chamana» se presenta como un símbolo de rebeldía que interpela directamente al patio de butacas. Es una invitación a mirarse por dentro, a cuestionar nuestras propias ataduras y a entender que, como decía la propia Chavela, uno nace y muere donde le da la gana, pero siempre con autenticidad. La escenografía, a cargo de Javier Ruiz de Alegría, y la videoescena de Ezequiel Romero, terminan de configurar ese universo de ensueño donde lo tangible y lo espiritual se confunden.
Un reparto que alterna para multiplicar la magia
Uno de los puntos más interesantes de esta producción es la estructura de su elenco. La obra ha sabido adaptarse a las agendas y registros de sus intérpretes, ofreciendo dos configuraciones distintas según el día de la función. Los jueves y viernes, el escenario contará con la fuerza de Nita, cuya garra vocal es bien conocida por los seguidores de Fuel Fandango. Los sábados, domingos, martes y miércoles, será Rozalén quien recoja el testigo para aportar esa dulzura quebrada que tan bien casa con el repertorio de la de Costa Rica.
Acompañando a las voces, el trabajo de Luisa Gavasa promete ser el ancla dramática de la función. La veterana actriz, capaz de decir más con un silencio que otros con un monólogo, encarna esa sabiduría y ese cansancio vital de quien lo ha vivido todo. Junto a ellas, el movimiento escénico y el coach vocal de Óscar Martínez Gil aseguran que cada nota y cada paso tengan el peso de la verdad, huyendo de la imitación barata para buscar una interpretación desde las entrañas.
El legado de la mujer que rompió todos los moldes
Es imposible entender este espectáculo sin mirar atrás, hacia la figura de Isabel Vargas Lizano. Nacida en Costa Rica en 1919 pero mexicana por voluntad propia («los mexicanos nacemos donde nos da la santísima gana», solía decir), Chavela fue una pionera en un mundo de hombres. Se quitó el vestido para ponerse el poncho, se soltó el pelo y le cantó al amor entre mujeres con una crudeza que asustaba a la sociedad de los años 50.
Su amistad con Frida Kahlo, su complicidad con José Alfredo Jiménez y su eterno romance con la soledad forman parte de una leyenda que falleció en 2012, pero que este marzo renace en Madrid. Chavela, la última chamana es, en última instancia, un recordatorio de que la inmortalidad existe para quienes se atreven a ser fieles a sí mismos hasta el último suspiro. El Teatro Marquina, situado en la calle de Prim 11, se prepara para recibir a los devotos de la ranchera y a los buscadores de emociones fuertes en una cita que durará apenas 100 minutos, pero que aspira a quedarse grabada en la memoria mucho tiempo después de que caiga el telón.