La ópera bufa del funeral de Jason Arday: la izquierda quiere convertir al plagiador de Cambridge en mártir
Toda la cursilería, toda la farsa litúrgica que ha ido acumulando el progresismo, la grimosa izquierda moderna, desde 1968, estalló como un fin de fiesta del absurdo en homenaje a un fraude académico en Londres.
Unas 30.000 personas, según los organizadores, acudieron vestidas mayoritariamente de negro a una vigilia por Jason Arday, el profesor de Cambridge fallecido pocos días después de dimitir en medio de un escándalo sobre plagios, credenciales académicas y diversos prodigios de su biografía, por no hablar de un currículum que no le habría permitido entrar en la Universidad de Mombasa, no digamos Cambridge.
Ya había ganas, que la apoteosis de San George Floyd queda lejos. Y en Trafalgar Square no faltó de nada: hubo flores, canciones, discursos, puños levantados, un minuto de silencio, pancartas con «Rest in Power», políticos laboristas, activistas de Stand Up to Racism, una cantante famosa y hasta un pastor.
La cantante de soul Beverley Knight cantó Bridge Over Troubled Water. La laborista Diane Abbott compareció para aportar al recogimiento la sobriedad que la caracteriza y su correligionaria Bell Ribeiro-Addy aseguró que Arday había mantenido abierta la puerta para que miles pudieran pasar detrás. El activista negro Lord Simon Woolley habló de «ejecución pública». Las flores se amontonaron al pie de la columna de Nelson, que lleva casi dos siglos resistiendo la lluvia, las palomas y las ocurrencias de sus compatriotas. Stand Up to Racism puso la organización y la multitud coreó el nombre de Arday en esa mezcla de funeral, mitin político, concierto benéfico y canonización laica que ha sustituido a la misa entre quienes dejaron de creer en Dios pero no renuncian a una abigarrada liturgia sacra.
El inconveniente, menor, en este caso con respecto al de Floyd, es que Arday se ha quitado voluntariamente la vida, sin la menor duda según la Policía Metropolitana: no hay modo de culpar físicamente a algún siniestro agente del supremacismo de su muerte. Pero sí, claro, hay ‘culpables morales’, asesinos metafóricos. Los medios, para abrir boca, que además bajan la cabeza y aceptan el papel. Ayer eran ya más de 107.000 los firmantes de una petición que reclama una investigación pública sobre la responsabilidad de los medios en la muerte del profesor. Van a investigar a los medios por el crimen de investigar a Arday.

Aunque no hacía falta un especial animus contra Arday para hurgar un poco. Al contrario, lo raro era tragarse sus fábulas inverosímiles. Cambridge lo había presentado en 2023 como el profesor negro más joven de sus ocho siglos de existencia, una precisión que revela bastante bien qué aspecto del nombramiento producía mayor satisfacción a la universidad.
Arday había aprendido a hablar a los once años y a leer y escribir a los dieciocho, según la biografía repetida innumerables veces por una prensa entonces mucho más simpática. Después recuperó el tiempo perdido con una energía que habría dejado exhausto a Leonardo da Vinci. Se doctoró, pasó por varias universidades, obtuvo una cátedra, escribió libros, hizo investigación, combatió el racismo, inspiró a los desfavorecidos, corrió treinta maratones en 35 días y aseguró haber recorrido 600 millas entre Edimburgo y Londres en seis días. Cuando alguien hizo las cuentas, resultó que habían sido doce porque entre los seis días de carrera había seis de descanso, sistema de medición del tiempo que debería estudiarse porque permitiría reducir considerablemente la duración de la Guerra de los Cien Años.
También había recaudado cinco millones de libras para obras benéficas. Preguntado por los detalles y por quienes habían participado en semejante recaudación, explicó que acuerdos de confidencialidad impedían identificarlos. La caridad, como los servicios secretos, tiene sus misterios. Surgieron asimismo dudas sobre cargos, afiliaciones universitarias y otros detalles de una biografía cuya principal característica era que cada vez resultaba más apasionante comprobarla.
Plagió su tesis doctoral (como Sánchez)
La tesis doctoral proporcionó la diversión académica. Más de cien pasajes fueron señalados por su extraordinario parecido con los de una tesis anterior de Paula Zwozdiak-Myers. La Liverpool John Moores University, que había concedido el doctorado, examinó el asunto y encontró errores «honestos y razonables», conclusión tranquilizadora para todas las partes, especialmente para la Liverpool John Moores University. El periodista Jack Grove, de Times Higher Education, siguió mirando y acabó reuniendo 97 páginas de documentación sobre el trabajo académico, el currículo y otras afirmaciones de Arday, que remitió tanto a Cambridge como a la universidad que le había otorgado el título.

Grove tuvo por su curiosidad una recompensa poco habitual en el periodismo académico: una llamada de Scotland Yard. Arday lo había denunciado por acoso y un agente le indicó que dejara de ponerse en contacto con él. La Policía Metropolitana reconocería después que no debió haberlo hecho. Grove había enviado tres correos durante dos meses, había ofrecido derecho de réplica y estaba haciendo esa actividad exótica que antiguamente recibía el nombre de periodismo. Times Higher Education había preparado ya en 2025 un artículo sobre las acusaciones de plagio, pero lo guardó después de recibir una carta de Carter-Ruck, uno de los bufetes de difamación más temidos de Londres.
Conviene recordar estos detalles ahora que una multitud exige investigar a la prensa por haber sido demasiado cruel con Arday: durante bastante tiempo, el problema consistió precisamente en conseguir que alguien publicara lo que sabía.
Cambridge reaccionó primero denunciando una campaña vil contra su profesor. Después debió encontrar la campaña suficientemente documentada para abrir una investigación sobre sus cualificaciones y su trayectoria. Arday dimitió el 5 de agosto. Glasgow comenzó también a revisar su paso por la institución y, dentro de la propia Cambridge, numerosos académicos exigieron saber cómo había llegado hasta allí. La pregunta resultaba mucho más incómoda que averiguar si un hombre había adornado su currículo o copiado una tesis, porque un fabulador puede colarse en cualquier institución; averiguar si la institución estaba especialmente predispuesta a dejarle entrar conduce a lugares menos agradables.
James Cleverly, antiguo ministro conservador, tuvo la ventaja táctica de ser negro al expresar lo que muchos empezaban a sospechar: las universidades estaban desesperadas por encontrar un wunderkind joven, negro y atractivo al que convertir en su muchacho del cartel. Cambridge había encontrado uno magnífico. Lo había proclamado al mundo como el profesor negro más joven de su historia y había conseguido una biografía tan inverosímilmente perfecta para las necesidades de la universidad moderna que comprobarla habría parecido casi una descortesía.
Temor a ser acusados de «racistas»
Aquí empieza el asunto que las flores de Trafalgar Square ayudan oportunamente a enterrar. Un Jason Arday puede ser un accidente; una maquinaria capaz de fabricar, acreditar, contratar y promocionar a Jason Arday plantea preguntas sobre la maquinaria. Durante años, las universidades occidentales han levantado una industria de oficinas, vicerrectorados, comités, becas, programas y funcionarios dedicados a la diversidad, la equidad y la inclusión. Han alterado criterios de contratación, han introducido objetivos raciales y han aprendido a contar obsesivamente el sexo y el color de quienes entran y salen. Descubrir ahora que todo aquello pudiera haber tenido alguna consecuencia sobre el mérito sería como averiguar que la lluvia moja.
Y abrir esa puerta resulta mucho más peligroso que revisar una tesis. Habría que saber cuántos nombramientos se hicieron con parecida benevolencia, cuántas objeciones se silenciaron por temor a resultar racistas, cuántos currículos fueron examinados con una indulgencia que jamás habría disfrutado un candidato menos útil para la fotografía institucional y cuántas cátedras, becas y premios deben algo al imperativo de producir determinados resultados demográficos. Al final quizá hubiera que investigar a los investigadores, auditar a los auditores de diversidad y someter a revisión a quienes llevan veinte años revisando los privilegios de los demás. Se comprende que resulte preferible cantar Bridge Over Troubled Water.
Hay además una particular vileza en la acusación que ha acompañado a la canonización de Arday: cargar su muerte sobre la conciencia de quienes investigaron su carrera. La relación causal se proclama sin que se conozca siquiera públicamente la causa de la muerte, pero el mensaje queda perfectamente claro para el siguiente periodista. ¿Qué debía haber hecho Grove con sus 97 páginas? ¿Guardarlas en un cajón por temor a que las preguntas disgustaran al investigado? ¿Debe un periódico ignorar indicios de fraude cuando afectan a alguien vulnerable? ¿Deben los colegas abstenerse de examinar el currículo de quien recibe un nombramiento extraordinario? Precisamente los honores extraordinarios exigen un escrutinio extraordinario, y Cambridge se había encargado de anunciar al planeta entero que el nombramiento de Arday lo era.
La hipocresía en torno a la «identidad»
La doctrina que emerge de Trafalgar Square resulta magnífica para cualquier beneficiario del sistema. La identidad puede ser relevante para conceder el puesto, pero mencionarla al preguntar cómo se concedió será racismo; el currículo puede justificar el ascenso, pero comprobarlo será acoso; una universidad puede convertir a un hombre en símbolo público, pero la prensa deberá respetar su intimidad cuando examine el símbolo. Y si el escrutinio termina en tragedia, quienes hicieron las preguntas podrán ser acusados de haberla provocado. Pocas censuras son tan eficaces como conseguir que el periodista se pregunte, antes de publicar algo verdadero, si algún día acabarán culpándole de las consecuencias.
Por eso la ópera bufa de Trafalgar Square cumplió una función mucho más útil que despedir a un muerto. Mientras Beverley Knight cantaba, los puños se levantaban y las flores cubrían los escalones bajo Nelson, desaparecía silenciosamente el asunto que había desencadenado todo aquello. Cambridge pasó de tener que explicar cómo había contratado a Arday a lamentar la persecución sufrida por Arday. Los periodistas pasaron de investigadores a investigados. Las acusaciones de fraude pasaron a segundo plano frente a las acusaciones de racismo. El sistema que había convertido al profesor en emblema pudo presentarse finalmente como víctima de quienes cometieron la grosería de mirar detrás del emblema.
Treinta mil personas acudieron al funeral de Jason Arday. Sin saberlo, celebraban otro entierro bastante más importante: el del expediente sobre la Academia DEI y su gigantesco sistema de vanidades, intereses creados y fraude consentido. Había flores suficientes para cubrirlo y más de cien mil personas dispuestas a perseguir a quien intentase desenterrarlo.