La extraordinaria historia de Jason Arday (y su previsible final)
Érase una vez un niño nacido en una familia de inmigrantes subsaharianos que vivían en una vivienda social del sur de Londres. Apenas hablaba. Los médicos dijeron que probablemente nunca podría llevar una vida normal. Aprendió a leer cuando otros niños ya habían dejado atrás la infancia. Pero a fuerza de voluntad, de esfuerzo y de una inteligencia extraordinaria, fue superando uno tras otro todos los obstáculos que la vida había puesto en su camino, hasta convertirse en profesor de la Universidad de Cambridge, el profesor negro más joven de la historia de la institución. Los periódicos de todo el mundo celebraron el milagro. Las televisiones repitieron una y otra vez la historia. Cambridge encontró el símbolo perfecto. Y todos fueron felices y comieron perdices. ¡Muérete de envidia, Will Hunting!
A los seres humanos nos encantan estos cuentos maravillosos de reversión del destino, desde siempre: Cenicienta, el Patito Feo, David contra Goliat, el príncipe mendigo, el genio incomprendido que un día asombra al mundo. Hollywood ha hecho una fortuna explotando ese filón sentimental. Todos queremos creer en esos improbables finales felices.
Precisamente porque queremos creerlo, nuestros mecanismos de defensa se relajan. La incredulidad, tan activa para casi todo lo demás, se toma unas vacaciones cuando aparece una historia demasiado hermosa. Dejamos de preguntar. Dejamos de comprobar. Dejamos de sospechar. El deseo de que el cuento sea cierto pesa más que la obligación de averiguar si realmente lo es.
En nuestra época, además, los cuentos de hadas tienen una ventaja añadida. Algunos no solo emocionan: también confirman la visión del mundo de quienes los cuentan. Son parábolas morales para toda una concepción ideológica del mundo, la progre. Y cuando, además, coincide con el relato que quieren vendernos las élites, los incentivos para creer el cuento son tan fuertes que lo aceptan sin rechistar periodistas, rectores universitarios, fundaciones, departamentos de diversidad y comentaristas televisivos.
Pero no todo el mundo se tragó esta historia inverosímil. El filósofo Nathan Cofnas empezó a examinar la tesis doctoral de Jason Arday y encontró extensos pasajes extraordinariamente parecidos a trabajos anteriores. Cambridge terminó abriendo una investigación formal. Después llegaron nuevas dudas sobre otros aspectos de su trayectoria pública y de su currículo. La universidad que había presentado a Arday como una encarnación del triunfo de la inclusión acabó aceptando su dimisión mientras examinaba las acusaciones. De repente, el cuento empezaba a parecerse demasiado a la vida real.
El caso Arday nos ayuda a ver hasta qué punto las instituciones antaño más prestigiosas y exigentes han perdido la capacidad de distinguir entre una biografía emocionante y una acreditación académica o, al menos, hacer como que se lo creen. Durante siglos, Cambridge preguntó a sus candidatos qué sabían. Un día empezó también a preguntarse qué simbolizaban. Y cuando una institución incorpora criterios ajenos al mérito, el mérito deja inevitablemente de ocupar todo el escenario.
Jason Arday no es el primer caso. Harvard ya tuvo que despedirse de su presidenta, Claudine Gay, en medio de acusaciones de plagio que hicieron tambalear a una de las universidades más prestigiosas del planeta. Dos instituciones legendarias víctimas del mismo clima cultural. Las élites occidentales llevan años buscando héroes que encarnen sus convicciones con tanta ansiedad que, a veces, se niegan a hacer la pregunta más aburrida de todas: «¿Y si todo esto tan increíble no es cierto?». Porque plantear esa pregunta puede representar el despido, el descrédito profesional y social, la cancelación.
Los cuentos infantiles, entre otras muchas cosas, enseñan que no todo es como parece. El problema empieza cuando los adultos deciden utilizarlos como procedimiento de selección para dirigir universidades, empresas o instituciones públicas. Porque entonces dejan de ser cuentos para convertirse en políticas. Y las políticas, por desgracia, tienen la fea costumbre de enfrentarse tarde o temprano con la realidad.
Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.
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