Una furgoneta en la acera, un mástil con cámara y sensores portátiles conforman el dispositivo detectado por OKGREEN
Todo empezó con una furgoneta blanca aparcada sobre la acera en la avenida de Pío XII de Madrid
Waze la señalaba como radar móvil pero unos metros más allá había dos armarios grises sospechosos

Paso casi todos los días por el mismo tramo de la avenida de Pío XII, camino del trabajo. Por eso me fijé en ella: una furgoneta blanca aparcada sobre la acera, al final de la calle, justo donde el carril se incorpora hacia la M-30. Nada llamativo a primera vista, un vehículo de mantenimiento más.
Lo que sí me extrañó fue el comportamiento de los coches que circulaban por delante de mí. Al llegar a esa altura, levantaban el pie del acelerador y reducían la velocidad, como si esperasen encontrarse un control. Ese gesto repetido, día tras día, fue lo primero que me hizo sospechar que allí pasaba algo.
La confirmación llegó unas jornadas después, cuando la aplicación Waze empezó a avisarme al acercarme al punto. «Radar móvil más adelante», advertía la voz del navegador en cada trayecto. La mayoría de los conductores frenaba por miedo a la multa de velocidad, sin imaginar lo que de verdad se escondía en aquel tramo.

Dos armarios de más
Pasados unos días, detecté el elemento que lo cambiaba todo. Unos metros por delante de la furgoneta se alzaban, a ambos lados de la calzada, dos armarios grises instalados igual que un radar fijo de velocidad. Estaban perfectamente integrados en el paisaje urbano, casi invisibles.
Ahí estaba el detalle raro. Un control de velocidad convencional utiliza un único armario a un lado de la vía, pero aquí había dos, uno enfrente del otro. Esa simetría no encajaba con nada de lo que había visto antes en las carreteras españolas, y no dejaba de darle vueltas.
Sin un conocimiento previo de la tecnología y de la empresa que estaba detrás, habría sido imposible saber qué hacían realmente aquellos armarios. Para cualquier conductor eran un radar más; para quien sabía dónde mirar, empezaban a ser otra cosa muy distinta.

El mástil que lo delató
Al cabo de los días, iniciado el mes de agosto, decidí aparcar el coche y acercarme a mirar con calma. Fue entonces cuando localicé el dispositivo completo. Antes del radar fijo se alzaba un fino mástil metálico coronado por una cámara, orientada hacia la calzada para captar cada vehículo que pasaba por los detectores de emisiones.
Delante de la furgoneta blanca, sobre el propio asfalto, había además varios sensores portátiles colocados directamente en el suelo, junto a una cámara montada sobre un trípode al lado de la furgoneta. Todo parece indicar que el conjunto trabajaba a la vez: los equipos fijos y los móviles, apoyándose unos a otros en la misma medición.
Reuní entonces las piezas del rompecabezas. La furgoneta era de Opus RSE, un laboratorio madrileño líder mundial en teledetección de emisiones, y aquello no era un radar de velocidad: era el primer radar fijo que caza a los coches con malos humos instalado en Madrid y en España.

Un control que no busca prisas
Lo que hace este dispositivo no tiene nada que ver con la velocidad. Mientras el coche circula, un haz de luz invisible atraviesa la nube de humo del tubo de escape y mide en una fracción de segundo los gases contaminantes que expulsa cada motor.
La cámara del mástil, al mismo tiempo, lee la matrícula y permite cruzar esas emisiones reales con el registro de la Dirección General de Tráfico. Así se comprueba si lo que escupe el escape coincide con la etiqueta ambiental que el vehículo luce en el parabrisas.
Nadie de los que frenábamos cada mañana en ese tramo sabía que estábamos siendo analizados, uno a uno, por un equipo que apunta a un objetivo muy concreto: los coches más contaminantes, esos que ensucian el aire de la ciudad sin que se les note a simple vista.