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Crónica de una advertencia ignorada

Crónica de una advertencia ignorada

Durante años, en España no se debatió sobre inmigración ilegal. Se debatió sobre Vox. No importaba cuántos datos se aportaran, cuántas advertencias se formularan o cuántas veces se reclamara una política migratoria ordenada. Bastaba con que Vox planteara el control de las fronteras, la expulsión de quienes entran ilegalmente o la lucha contra las mafias del tráfico de personas para que se activara el mismo mecanismo de acusaciones de racismo, xenofobia, insolidaridad y falta de humanidad. Y con ello, profesionalizar la estrategia de no responder al argumento, pero sí desacreditar al mensajero.

La cínica izquierda ha convertido la inmigración ilegal en un arma de confrontación política donde quien cuestionaba el modelo era automáticamente señalado como enemigo de los derechos humanos, levantando así un muro moral para impedir cualquier debate, y donde el análisis era vilmente sustituido por el insulto y las etiquetas. Pero la realidad tiene una enorme ventaja sobre la propaganda y es que siempre termina imponiéndose.

Hoy, las preguntas que Vox formulaba hace años forman parte del debate europeo. La protección de las fronteras exteriores, el refuerzo de los mecanismos de retorno, la lucha contra las mafias y la necesidad de distinguir entre inmigración legal e inmigración ilegal ocupan hoy un lugar central en la agenda de la Unión Europea. Lo que no significa que Europa se haya radicalizado, sino que los hechos han terminado desmontando un relato construido durante demasiado tiempo sobre la descalificación del adversario.

Quienes llamaban «inhumano» a cualquiera que defendiera el control de las fronteras son los mismos que hoy reconocen la necesidad de reforzarlas. Quienes calificaban de «discurso del odio» la lucha contra las mafias hablan ahora de cooperación internacional para desmantelar las redes criminales. Quienes negaban el efecto llamada admiten hoy que las políticas migratorias tienen consecuencias sobre los flujos migratorios y que la gestión exige respuestas coordinadas, mutando así el discurso de quienes, en definitiva, durante años prefirieron negar el problema.

El verdadero drama nunca fue que existiera un partido dispuesto a hablar de inmigración ilegal. Fue que demasiados responsables políticos decidieran silenciar ese debate utilizando la estrategia, profundamente hipócrita, de presentar cualquier propuesta de control migratorio como un ataque a la dignidad humana.

Como resultado, acumulamos años en nuestro haber en los que las mafias siguieron enriqueciendo sus redes criminales explotando la desesperación de miles de personas.

Según Europol, el tráfico ilícito de migrantes constituye una de las actividades más rentables del crimen organizado en Europa. La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) lleva años documentando decenas de miles de muertos y desaparecidos en las rutas hacia Europa. Y Frontex insiste en que combatir estas organizaciones es una prioridad para la seguridad de las fronteras exteriores de la Unión.

Quién ha sido realmente inhumano habría que preguntarse. Quién pedía acabar con las mafias que comercian con seres humanos o quién prefirió convertir ese debate en un tabú ideológico mientras esas organizaciones seguían obteniendo beneficios millonarios.

Frente a la inmigración legal, nunca sometida a discusión, España no puede normalizar bajo ningún concepto una inmigración ilegal gestionada por organizaciones criminales, sin orden ni regulación, incompatible con las necesidades de nuestro mercado laboral y con la capacidad de integración de nuestra sociedad.

Y precisamente por defender esa diferencia, Vox fue objeto durante años de una campaña de estigmatización política sin precedentes, cuestionando la legitimidad para formular sus propuestas. La izquierda comprendió muy pronto que era más rentable construir un cordón sanitario alrededor de quien planteaba el debate que responder a las preguntas incómodas.

Sin embargo, el tiempo ha acabado erosionando ese relato y a día de hoy nadie puede negar que Europa está revisando su política migratoria. Gobiernos de distinto signo político han endurecido controles, impulsado acuerdos para frenar las salidas irregulares y reforzado las actuaciones contra las redes de tráfico de personas. El Pacto Europeo sobre Migración y Asilo refleja ese cambio de enfoque, poniendo de manifiesto que asuntos que hace pocos años eran presentados como moralmente inaceptables forman hoy parte del consenso sobre cómo gestionar un desafío complejo.

Conviene recordar una lección que la política olvida con demasiada frecuencia. Y es que se puede desacreditar a quien lanza una advertencia, caricaturizar su discurso e intentar destruir su reputación, pero lo que no se puede hacer indefinidamente es ocultar la realidad. Esa que siempre termina dictando sentencia.

Solo la coherencia convierte una advertencia en credibilidad. Y, quizá, una de las mayores fortalezas de Vox sea haber soportado años de descalificaciones sin renunciar a sus principios, trabajando con la convicción de que servir a España consiste, antes que en seguir las encuestas, en mantener la palabra dada. Cuando la política vuelve a poner el interés general por encima del cálculo partidista, siempre gana España.

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