Hasta hoy pensábamos que era un defecto de construcción, pero hace 2.000 años los romanos ya usaban un hormigón que se reparaba solo gracias al calcio y al CO2
Los historiadores ya sabían de la potencia de la ingeniería romana, pero había detalles al observar el hormigón del Imperio Romano que todavía les descuadraban. Y es que la porosidad y las pequeñas fisuras podían confundirse con los restos de una mezcla poco compacta.
Sin embargo, parte de esa aparente imperfección era lo que ayudó al material a sobrevivir durante casi dos milenios, ya que activó reacciones capaces de mejorarlo.
Por increíble que parezca, en la Antigua Roma usaban dos mecanismos para mejorar sus infraestructuras. Al parecer, los compuestos de calcio reaccionaban con el dióxido de carbono del aire para formar calcita. Esos nuevos cristales impedían la entrada de agua y hacían más sólida la estructura interna. Es decir, el hormigón mejoraba con el paso de los meses.
Los arqueólogos descubren el secreto científico del hormigón del Imperio Romano
Para estudiar un proceso que llevaba siglos desarrollándose, los investigadores analizaron muestras de una antigua letrina de la Villa Adriana, el complejo construido durante el siglo II en Tivoli, cerca de Roma.
Esto fue fundamental para ver la evolución del hormigón durante más de dos milenios. Para lograrlo usaron tomografía tridimensional, espectroscopia a distintas escalas y otras técnicas de alta resolución.
Gracias a ello, el estudio publicado en Science Advances identificó redes de carbonato cálcico que habían crecido alrededor de los áridos y dentro de los huecos del material.
Es decir, la solidez de los muros romanos no sólo dependía de la combinación de cal, agua y cenizas volcánicas; además la calcita funcionaba como un cemento secundario.
Todo porque al rellenar espacios y conectar distintas zonas de la mezcla, mejoraba la transferencia de las cargas y reducía las vías por las que podía penetrar el agua.
Los romanos demostraron por qué el CO2 no siempre perjudica al hormigón
La cultura de la Antigua Roma ha dejado una huella enorme en nosotros, y todavía es sorprendente comprobar lo avanzados que estaban en cuanto a técnica.
Por ejemplo, en las construcciones modernas la carbonatación es una preocupación, ya que el CO2 puede dejar el acero interior expuesto a la corrosión. Sin embargo, en el Imperio Romano sabían que no siempre era así.
La diferencia es que las estructuras romanas no dependían de barras de acero y utilizaban conglomerantes ricos en cal, mezclados a menudo con materiales volcánicos.
En ese entorno, el dióxido de carbono reaccionaba con el calcio y favorecía la aparición de calcita sin desencadenar el mismo problema que amenaza a las armaduras actuales.
A medida que surgían fisuras finas, esos cristales podían crecer dentro de ellas y limitar su avance. Es decir, prácticamente era un hormigón autorreparable porque lograba sellar los daños pequeños.
La técnica que usaban con el hormigón en la Antigua Roma puede revolucionar la construcción
Más allá de la curiosidad arqueológica, la forma de tratar el cemento con CO2 en el Imperio Romano puede tener consecuencias para la industria de la construcción.
Ahora mismo, la fabricación del cemento moderno tiene una huella medioambiental elevada, especialmente por la producción de clínker. Por cada tonelada fabricada pueden liberarse alrededor de 0,83 toneladas de dióxido de carbono.
Además, cuando una estructura se agrieta y debe repararse o sustituirse, vuelve a consumir materiales y energía. Los científicos pueden aplicar la lógica romana y crear cemento con mayor capacidad para cerrar micro fisuras.
Si el carbonato cálcico puede crecer de forma controlada dentro del material, una grieta pequeña dejaría de ser necesariamente el comienzo de un daño mayor.