La costumbre más horripilante de la inquisición en la Edad Media: se usaba más de lo que la gente piensa
La costumbre más desagradable de la Edad Media: lo hacía todo el mundo
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Grandes mentiras que nos contaron sobre la Edad Media
El poder de la Inquisición se consolidó a partir del siglo XIII y su influencia se prolongó durante más de seis siglos en países como Francia, Italia, España o Portugal. En esta línea, toca hablar de la costumbre más horripilante de la inquisición. Este mecanismo de la Edad Media buscaba, principalmente, forzar la confesión de los acusados.
Y es que cabe recordar, en ese tiempo, miles de personas fueron investigadas, procesadas y castigadas por delitos que iban desde la herejía hasta la blasfemia o la brujería. Estas prácticas se convirtieron en una parte estructural de los interrogatorios y terminaron por definir la imagen oscura de aquel tribunal en la memoria histórica.
¿Cuál era la costumbre más horripilante de la inquisición en la Edad Media?
Entre los métodos más frecuentes se encontraba un artefacto aparentemente simple: el aplastapulgares. Este dispositivo metálico, que se puede apreciar en la imagen destacada, estaba compuesto por tornillos ajustables, se utilizaba para ejercer presión sobre los dedos de manos y pies hasta fracturarlos.
En algunos modelos, pequeñas púas se hundían en la carne, incrementando la agonía sin necesidad de derramar sangre.
Su sencillez lo convirtió en un recurso práctico para los inquisidores. Bastaba con girar los tornillos para que el dolor se volviera insoportable, logrando que el acusado confesara aquello que se le imputaba.
Por este motivo, pasó a convertirse en la costumbre más horripilante de la inquisición y en un símbolo del sufrimiento infligido durante los juicios.
La institucionalización del tormento
El Papa Inocencio IV autorizó en 1252 el uso de la tortura en procesos eclesiásticos, siempre con la condición de no causar la muerte inmediata del reo. Esa disposición abrió la puerta al empleo sistemático de instrumentos como el aplastapulgares. Desde entonces, la tortura dejó de ser un recurso ocasional para transformarse en parte central de la maquinaria inquisitorial.
La norma establecía que los acusados debían confesar no sólo sus supuestos delitos, sino también señalar a cómplices, encubridores o simpatizantes.
De este modo, el tormento se convirtió en una cadena interminable de acusaciones. Así, la costumbre más horripilante de la inquisición no respondía únicamente al castigo, sino también a la obtención de información que ampliara la persecución.
Testimonios históricos y casos documentados del aplastapulgares
Los registros indican que incluso caballeros templarios, formados para resistir el dolor, sucumbieron bajo la presión de este instrumento.
El historiador Primitivo Martínez Fernández, en su obra La Inquisición, el lado oscuro de la Iglesia, señala que el aplastapulgares fue una de las herramientas más eficaces para doblegar la voluntad de los acusados.
En el siglo XVIII, la Constitutio Criminalis Theresiana austriaca llegó a describir con detalle el uso de dispositivos similares, con instrucciones precisas sobre la longitud de los tornillos, el grosor de las cuerdas o el grado de mutilación permitido.
Esta regulación demuestra que la costumbre más horripilante de la inquisición no era un recurso aislado, sino una práctica extendida y documentada con precisión legal.
El final de la costumbre más horripilante de la inquisición y su legado
En España, la Inquisición fue abolida oficialmente el 4 de diciembre de 1808 por Napoleón Bonaparte. Con su desaparición, instrumentos como el aplastapulgares dejaron de utilizarse, aunque su recuerdo se mantuvo como testimonio del sufrimiento impuesto durante siglos.
Hoy, varias réplicas de este artefacto se exhiben en museos, recordando cómo este mecanismo se convirtió en un símbolo del poder del miedo y la tortura en la Edad Media. Aunque ya no se emplee, su sola mención evoca una de las facetas más oscuras de la historia europea.
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