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¿Cómo eran los jardines y huertos urbanos en la Edad Media?

El estudio de la Edad Media nos sigue ofreciendo datos muy curiosos. ¿Sabes cómo era el jardín urbano medieval? Aquí te lo contamos.

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  • Francisco María
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Los habitantes de la Europa medieval construían huertos domésticos al lado de sus casas y ocupaban, solos o con sus vecinos, áreas abiertas cercanas para cultivar alimentos. En Italia, era frecuente tener algunos viñedos, con los cuales hacían sus propios vinos, junto con hortalizas básicas para el consumo familiar. Por su parte, en los jardines patricios, los ricos contrataban a todo tipo de expertos para crear maravillosos jardines de flores, no solo ornamentales, sino también terapéuticos, pues oler flores era considerado una práctica saludable que mantenía alejada la peste.

Jardines urbanos en el Medievo

Las verduras, frutas y hierbas siempre se han cultivado cerca de las viviendas, con fines de sustento. El historiador Jerry Stannard cuenta que, en la Edad Media, las ciudades estaban cubiertas de “huertos caseros”.

Hasta la parcela más pequeña y labrada con mayor rudeza era preferible a no tener nada, explica, pues proporcionaban comida gratis a sus dueños, así como plantas aromáticas y medicinales.

Una parcela medieval contendría romero, tomillo, salvia, laurel dulce, ajedrea e hinojo, plantas comunes usadas con diversos fines, especialmente como remedios naturales para el dolor de estómago, de cabeza o de muelas.

Los árboles frutales y de frutos incluían manzanos, higueras, ciruelos, perales, cerezos, avellanos, nísperos y nogales, entre otros, mientras que las hortalizas y tubérculos eran generalmente coles, zanahorias y guisantes.

Los monjes cultivaban un jardín cerrado (hortus conclusus), que se encontraba en el centro del monasterio. Esta abastecía a la comunidad de puerros, habas y chirivías, generalmente, así como hierbas medicinales.

Plantas aromáticas para detener la peste

La historiadora Carol Rawcliffe señala que las virtudes curativas de los jardines medievales funcionaban de dos maneras. Se creía que el olor de las flores fortalecía el corazón y, además, era un agente profiláctico.

Los médicos recomendaban oler rosas, violetas o lirios, para protegerse de la peste. También prescribían aroma de violetas para las enfermedades de la piel, los dolores de cabeza y la fiebre.

El médico andalusí Ahmad ibn Jatima argumentaba que se debía realizar un cultivo intensivo de plantas aromáticas alrededor de las ciudades, para detener la peste. Estas también se almacenarían en la periferia, para evitar que las personas sintieran los “efluvios” de la enfermedad.

También recomendaba a los habitantes de la ciudad cortar hierbas y flores y esparcirlas por la casa, para limpiar el aire. Los colchones de paja, se podían además “refrescar” agregándoles una mezcla de flores de lavanda u otras aromáticas.

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