El castigo más absurdo que existió en la Europa medieval
Son famosos los castigos y torturas en la Edad Media. Pero ¿cuál es considerado el castigo más absurdo de la Europa medieval?
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Cuando pensamos en la Europa medieval, casi todos visualizamos lo mismo: castillos enormes, caballeros con espadas, reyes mandando mucho y catedrales que te dejan con la boca abierta. Pero ese mundo también tenía un lado rarísimo, sobre todo cuando entramos en el terreno de la justicia. Porque sí, además de castigos duros y ejecuciones públicas, existieron penas tan extrañas que hoy parecen una parodia. Y entre todas ellas, hay una que se lleva la corona de lo absurdo: los juicios y castigos a animales.
Cuando la justicia medieval no hacía excepciones
En la Edad Media, la justicia no iba solo de castigar a quien hacía algo mal. La idea era mantener el orden del mundo, un orden que se creía establecido por Dios. Si algo se salía de ese guion, había que corregirlo, y mejor si era delante de todo el mundo. El castigo tenía que verse, sentirse y dejar claro quién mandaba.
Con esa mentalidad, no solo las personas podían “delinquir”. Los animales también entraban en el saco. Hoy nos suena absurdo, pero durante siglos se pensó que un animal podía ser responsable de un crimen si causaba daño grave a alguien o a la comunidad.
Entre los siglos XIII y XVII, en muchas zonas de Europa, sobre todo en lo que hoy sería Francia, Alemania, Suiza o Italia, se celebraron juicios oficiales contra animales. Y no, no eran improvisados. Había jueces, actas, testigos y sentencias escritas. Todo muy serio.
Cerdos en el banquillo: los acusados estrella
Si hubo un animal que salió perdiendo en esta historia, ese fue el cerdo. En la Edad Media, los cerdos vivían prácticamente sueltos, compartiendo calles y plazas con las personas. Cuando alguno atacaba o mataba a un niño pequeño, la reacción no era sacrificarlo sin más.
Lo que se hacía era arrestarlo y llevarlo a juicio
Uno de los casos más conocidos ocurrió en 1386, en la ciudad francesa de Falaise. Una cerda fue acusada de matar a un bebé. El proceso fue tan surrealista como real: el animal fue encerrado, llevado ante el tribunal, vestido con ropa humana para el juicio y finalmente condenado a muerte. La ejecución se realizó en la plaza pública, delante de los vecinos.
La idea no era que el cerdo “aprendiera la lección”. El objetivo era demostrar que la justicia funcionaba para todos y que el desorden no quedaba sin castigo.
Animales con abogado: nivel Edad Media
Aquí la cosa ya roza lo increíble. En muchos de estos procesos, los animales tenían abogados defensores. Sí, personas formadas en leyes que argumentaban a favor de ratas, insectos o cerdos.
Esto era especialmente común cuando se trataba de animales en grupo, como ratas o langostas acusadas de destrozar cosechas. En esos casos, los juicios solían ser eclesiásticos y se debatía si los animales debían ser castigados, expulsados o incluso excomulgados.
Uno de los abogados más famosos en este tipo de casos fue Bartholomew Chassenee. En un juicio muy citado, defendió a unas ratas acusadas de comerse los cultivos. Su argumento fue brillante dentro de la lógica medieval: las ratas no habían acudido al tribunal porque el camino estaba lleno de gatos y era peligroso para ellas. El juez aceptó el razonamiento y aplazó el juicio.
Hoy parece un sketch, pero en su momento fue una defensa perfectamente válida.
¿Por qué esto tenía sentido en su cabeza?
Para entender todo esto hay que cambiar el chip. En la Edad Media, el mundo se explicaba mezclando religión, leyes y superstición. Los animales no eran vistos solo como seres sin razón, sino también como posibles instrumentos del mal o señales de que algo no iba bien a nivel espiritual.
Si una plaga arrasaba una cosecha o un animal mataba a alguien, no se veía como un accidente. Se interpretaba como una advertencia, un castigo divino o un desequilibrio que había que corregir.
Además, la justicia era muy simbólica. No actuar ante un “crimen” podía interpretarse como debilidad de la autoridad. Y en una sociedad tan jerárquica, eso era impensable.
En los juicios religiosos, el castigo habitual era la excomunión. Se leía una sentencia en la iglesia ordenando a los animales abandonar el lugar bajo amenaza divina. En algunos casos, incluso se les asignaba oficialmente otro territorio para que se “trasladaran”.
No eran los únicos castigos raros
Aunque los juicios a animales son lo más llamativo, la Edad Media fue bastante creativa con los castigos. Algunos ejemplos bastante curiosos fueron:
- La máscara de la vergüenza, que se ponía a personas acusadas de chismear o causar conflictos, obligándolas a pasear así por la ciudad.
- El castigo del barril, donde el condenado era metido en un tonel y exhibido públicamente.
- Las jaulas colgantes, usadas para mostrar a criminales durante días como advertencia.
En todos los casos, el objetivo era claro: humillar públicamente para mantener el control social. El miedo al ridículo era casi tan efectivo como el castigo físico.
Por suerte, esto terminó
Con el paso del tiempo y la llegada de la Ilustración, estas prácticas fueron desapareciendo. La justicia empezó a basarse más en la razón y en la responsabilidad individual. Poco a poco, la idea de juzgar a un animal como si fuera una persona dejó de tener sentido.
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