Economía
ECONOMÍA

¡Precariedad intervencionista!

“¿Qué puede hacer el Estado para ayudar a los pobres? ¡Apartarse!”, Murray Rothbard.

La semana pasada les advertía de los riesgos que cotizan los principales mercados de activos, por un lado, absolutamente pendientes de su dependencia casi adictiva a los bancos centrales, y por otro ante la clara falta de liderazgo político y la grave crisis socialdemócrata en la que los gobiernos intervencionistas de occidente nos han sumido. Es evidente que esta flagrante falta de liderazgo se ha traducido en una economía excesivamente regulada, fiscalmente castigada y sobradamente adicta a la liquidez como último salvoconducto de un círculo vicioso más que peligroso.

Cuánto mayor es la deuda, más necesaria es la manipulación de los mercados financieros para contener el coste de dicha deuda y para la bajada en la calificación crediticia de las naciones. Y cuanto más barata es la deuda, más adictiva se vuelve para un Estado que hace uso de manera irresponsable de esta situación, creando adictos de papá por doquier. No es de extrañar, por ende, que la figura libertaria y anarco capitalista de Javier Milei en Argentina sea vista como un auténtico demonio, puesto que el Estado sin duda teme los cimientos de su aniquilación ahora que ha logrado el perfecto equilibrio entre necesidad (bajos tipos de interés) y chantaje (default).

Dicen los cánones de la economía liberal que el Estado social con un tipo impositivo del 100% de la propiedad privada podríamos llamarlo por su nombre, ESCLAVITUD. Pues bien, papá Estado redentor ya ha conseguido apropiarse de más del 50% de nuestra propiedad privada, creando sociedades altamente dependientes de sus encantos. Volviendo a Argentina, son 18 millones de argentinos los que dependen de un Estado, que a pesar de ello votó en su mayoría por un cambio. ¡Esperemos que se imponga!

Pero claro, ¿Cómo no va la sociedad a seguir creyéndose la milonga del Estado? Trabajar menos para vivir mejor cobrando lo mismo, es una absoluta barbaridad intelectual, sólo al alcance de la creadora de los «beneficios caídos del cielo». Poco a poco el veneno del comunismo se apodera del gobierno que empieza a disparar sin miedo mensajes populistas que, al parecer, son aceptados por una amplia base de la ciudadanía, oigan, ¡desde luego suena bien! Pero, ¿tiene sentido? NO.

El salario, por definición, es el valor descontado de la productividad marginal, y sin duda la propiedad privada del trabajador. El salario mínimo interprofesional no proporciona ningún empleo, más bien los prohíbe. La prohibición de empleos lleva por supuesto a paro y precariedad. La reducción de la jornada laboral, así como el salario mínimo atentan sobre acuerdos privados entre empresa y trabajador, obligando a cumplir ciertos requisitos que obviamente son superados siempre por el ingenio humano. Hecha la Ley, ¡hecha la trampa! Dirán algunos… Para que un proyecto de inversión sea viable, el precio del salario debe estar ajustado a la producción y si la producción no crea el salario, entonces se crean empresas fallidas o un mercado laboral fraudulento.

Este hecho termina afectando a todas las curvas de demanda, y la demanda de contratación en el mercado laboral no es una excepción. Por lo tanto, toda regulación en el marco del mercado laboral termina en la ilegalización del empleo y por ende desempleo y precariedad. Dado que la curva de demanda para cualquier tipo de trabajo está determinada por la productividad marginal percibida de ese trabajo, los trabajadores que se verán más afectados serán precisamente los trabajadores «marginales» (el salario más bajo), creando precariedad en jóvenes y en trabajos de bajo valor añadido, en concreto los mismos trabajadores a quienes los defensores del salario mínimo pretenden fomentar y proteger. ¡Irreverente paradoja!

Es cierto que los defensores del salario mínimo interprofesional se justifican en que estas conclusiones generan confusión y miedo, y que en realidad los salarios nunca han causado desempleo. Pero si esto fuera cierto, entonces ¿por qué no somos más valientes y subimos el salario mínimo interprofesional a 3.000 euros o 4.000 euros al mes? Yo se lo digo. Porque parece evidente que aquellos que defienden el salario mínimo no persiguen su propia lógica, puesto que si la llevan a su máxima expresión prácticamente todo el mercado laboral quedaría desocupado. Así que las conclusiones son simples; intervenir el mercado laboral no fomenta el empleo, lo prohíbe. Y si existe una razón empírica en el intervencionismo del mercado laboral, esa es que podemos crear el nivel de desempleo que queramos, simplemente subiendo el salario mínimo interprofesional de manera desmedida. Matemáticas, dicen.

Sin embargo, la libertad aplicada de manera decidida en todos los mercados, incluido el mercado laboral, debería valerse de la competencia. Un mercado laboral en libertad exigiría a los trabajadores un nivel de exigencia superior a la hora de formarse y competir. A su vez, las empresas deberían regular sus ofertas de empleo en el mercado, remunerando como corresponde el talento y la producción, y de tal modo mejorando las condiciones laborales a cambio de retener dicho talento. ¡Así pensamos como líderes!

Desafortunadamente, una sociedad que no reconoce los valores y las capacidades que cada individuo tiene y que debe seguir, no sabe respetar la dignidad individual y no reconoce realmente la libertad. Y es una pena, puesto que incluso les diría que la felicidad parte de la capacidad que tenemos de cumplir nuestros objetivos, de ponernos retos y en definitiva decidir en libertad, no desde el egoísmo sino desde el incentivo. En eso queridos míos, el ser humano es imparable. Somos imparables en cuanto a esa maravillosa capacidad innata de creatividad empresarial, que únicamente en libertad se siente incentivada. Permítanme decirles, que últimamente siento que nuestro Estado se ha abandonado sobre una justicia que ni es justa, ni es social.