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Vicente Aleixandre

Vicente Aleixandre, poeta español, sobre la lealtad: «Ser leal a sí mismo es el único modo de llegar a ser leal a los demás»

  • Janire Manzanas
  • Graduada en Marketing y experta en Marketing Digital. Redactora en OK Diario. Experta en curiosidades, mascotas, consumo y Lotería de Navidad.

Vicente Aleixandre y Merlo nació en Sevilla el 26 de abril de 1898 y falleció en Madrid el 13 de diciembre de 1984. Fue un destacado poeta español que perteneció a la Generación del 27. Desde 1950 formó parte de la Real Academia Española, donde ocupó el sillón correspondiente a la letra O.

A lo largo de su trayectoria literaria recibió importantes reconocimientos. En 1933 obtuvo el Premio Nacional de Literatura por «La destrucción o el amor». Posteriormente, recibió el Premio de la Crítica en 1963 por «En un vasto dominio» y nuevamente en 1969 por «Poemas de la consumación». Su carrera alcanzó uno de sus mayores reconocimientos en 1977, cuando fue distinguido con el Premio Nobel de Literatura.

«Ser leal a sí mismo es el único modo de llegar a ser leal a los demás»

Vicente Aleixandre, uno de los grandes poetas españoles de la Generación del 27, dejó a lo largo de su trayectoria numerosas reflexiones sobre el ser humano. Entre sus pensamientos destaca una frase que trasciende épocas y fronteras: «Ser leal a sí mismo es el único modo de llegar a ser leal a los demás».

Aparentemente, ser leal significa permanecer al lado de alguien y respetar su confianza y compromiso. Sin embargo, las palabras del poeta español plantean una realidad que en ocasiones ignoramos: antes de poder ser leales con los demás, debemos aprender a serlo con nosotros mismos. Pero, ¿qué significa ser fiel a uno mismo? Implica reconocer quiénes somos, cuáles son nuestros principios y qué cosas consideramos importantes.

Sin embargo, no es tarea sencilla, ya que, a lo largo de la vida, recibimos numerosas expectativas y opiniones que nos pueden llevar a actuar de una determinada manera para obtener la aprobación externa. En este contexto, podemos terminar diciendo que sí cuando en realidad queremos decir que no, aceptando situaciones que perjudican nuestro bienestar o adoptando comportamientos que no representan nuestros valores y principios. Esto da lugar a una contradicción interior al estar viviendo una vida que no nos pertenece.

Por lo tanto, tal y como refleja la frase de Vicente Aleixandre, la autenticidad es esencial para construir relaciones sinceras. Ahora bien, esto no significa ignorar a los demás ni actuar siempre de acuerdo con nuestros propios deseos sin tener en cuenta las consecuencias. La lealtad hacia uno mismo se entiende como la capacidad de mantener unos principios  al mismo tiempo que escuchamos, respetamos y comprendemos a quienes nos rodean.

La lealtad, en definitiva, no consiste únicamente en permanecer junto a alguien cuando todo resulta va bien; también implica actuar de manera coherente cuando surgen adversidades, y para hacerlo con autenticidad necesitamos saber primero quiénes somos y qué estamos dispuestos a defender. Por eso, «Ser leal a sí mismo es el único modo de llegar a ser leal a los demás» ofrece una enseñanza profundamente humana: la lealtad no empieza fuera, sino dentro de cada uno de nosotros, ya que las relaciones más sinceras difícilmente pueden construirse sobre la renuncia a uno mismo.

En definitiva, antes de prometer fidelidad, debemos plantearnos la siguiente pregunta: ¿estamos siendo fieles a aquello que realmente somos? La respuesta puede determinar la forma en que construimos nuestras relaciones y la confianza que somos capaces de ofrecer.

«Después del amor»

Tendida tú aquí, en la penumbra del cuarto,
como el silencio que queda después del amor,
yo asciendo levemente desde el fondo de mi reposo
hasta tus bordes, tenues, apagados, que dulces existen.
Y con mi mano repaso las lindes delicadas de tu vivir
retraído.
Y siento la musical, callada verdad de tu cuerpo, que hace
un instante, en desorden, como lumbre cantaba.
El reposo consiente a la masa que perdió por el amor su
forma continua,
para despegar hacia arriba con la voraz irregularidad de
la llama,
convertirse otra vez en el cuerpo veraz que en sus límites
se rehace.

Tocando esos bordes, sedosos, indemnes, tibios,
delicadamente desnudos,
se sabe que la amada persiste en su vida.
Momentánea destrucción el amor, combustión que
amenaza
al puro ser que amamos, al que nuestro fuego vulnera,
sólo cuando desprendidos de sus lumbres deshechas
la miramos, reconocemos perfecta, cuajada, reciente la
vida,
la silenciosa y cálida vida que desde su dulce exterioridad
nos llamaba.
He aquí el perfecto vaso del amor que, colmado,
opulento de su sangre serena, dorado reluce.
He aquí los senos, el vientre, su redondo muslo, su acabado
pie,
y arriba los hombros, el cuello de suave pluma reciente,
la mejilla no quemada, no ardida, cándida en su rosa
nacido,
y la frente donde habita el pensamiento diario de nuestro
amor, que allí lúcido vela.
En medio, sellando el rostro nítido que la tarde amarilla
caldea sin celo,
está la boca fina, rasgada, pura en las luces.
Oh temerosa llave del recinto del fuego.
Rozo tu delicada piel con estos dedos que temen y saben,
mientras pongo mi boca sobre tu cabellera apagada.